Cuentos | La vaca atada - Por Rubén Leva

De nada sirve seguir hablando, dijo. Acto seguido se paró, colgó la cartera de su hombro izquierdo, se agachó a recoger la carpeta con los apuntes de inglés que había dejado sobre la mesita ratona, la tomó con la mano derecha, la alzó y la apretó con fuerza contra su pecho. Fue este gesto dictado por el enojo, supongo, lo que provocó que uno de sus pezones, empujado desde abajo por la tensión del abrazo, asomara como un ojo indiscreto que me miraba, fulminante, por sobre el borde del escote de la blusa azul que tanto me gustaba. Luego dio media vuelta y comenzó a andar. Apenado la vi alejarse en dirección a la puerta del living. Caminaba enérgicamente haciendo sonar sus tacones sobre el parquet de roble con rabia y decisión. En sólo algunos pasos, no más de nueve o diez, alcanzó la puerta. La abrió, dobló a la izquierda encarando el pasillo inexorable y desapareció de mi vista. Después, como un punto final, sonó el portazo.

Pero hubo un tiempo en que fuimos felices. ¡Ah, esa época en que vivíamos en el pueblo! La cosa se derrumbó del todo cuando nos mudamos a la ciudad. Claro que  ya no había posibilidades de permanecer en nuestro pequeño pueblo. Sobre todo después de la muerte de Clarita. Es que Clarita había sido muy importante para nosotros. Sin ir más lejos, fue gracias a ella que Julieta vino a vivir conmigo.

Clarita había llegado a mi familia como resultado del azar, o al menos eso parecía al principio. Fue en aquella ocasión de los piquetes. Aquella rebelión agraria contra un impuesto que los chacareros consideraban excesivo. Aunque la verdad es que a ellos cualquier impuesto les parecía excesivo. Recuerdo que cuando no estaban quejándose del gobierno de turno estaban conspirando con el Cura para torcer la decisión Divina de suspender las lluvias hasta nuevo aviso. Sin embargo, en esa oportunidad, yo no sabía si porque realmente estaba al borde de la quiebra o porque quería ponerse a tono con la protesta, la gorda Parnisari nos ofreció un número de la rifa. Mi viejo, que era un empedernido adicto a la quiniela, el peor de nosotros, compró. Pobre gorda –me acuerdo que dijo– no tiene ni para comprar yerba para llevar al piquete. Organizó la rifa para pagarse los gastos y aguantar el paro. Mirá si no vamos a darle una mano. Es cosa de buenos vecinos, vieja. Mi vieja lo miró con desconfianza pero, como ella también se tentó, no le quedó más remedio que aceptarlo. Lo sorprendente fue que, por primera vez en la vida –y única, me atrevo a profetizar–, mi viejo resultó ganador. Claro que todos nos preguntamos para qué carajo podíamos querer una vaca. Sí, cualquiera diría que, si no la queríamos ni la necesitábamos, no deberíamos haber comprado el número. Pero participar en toda clase de sorteos y juegos de azar era lo que se dice un verdadero vicio de la familia, un sino del destino, un caso de fatalidad inevitable, se resignaba mi vieja.

Al no tener espacio suficiente para criarla y teniendo en cuenta que no sabíamos ordeñarla, pensamos que lo mejor era venderla. Y esa parecía ser la decisión más sabia aunque mi hermanita Andrea llorara y pataleara porque la quería como mascota. Pero quién podía querer comprar a Clarita, como enseguida la bautizamos.

Clarita era una vaca de color indefinido. Ostentaba –el verbo no es caprichoso– por momentos, un celeste desvaído con leves tonos blancuzcos o plateaditos pálidos. Como máximo, cuando se enojaba o se deprimía, su color subía  hasta alcanzar el vainilla con más agua que crema de los helados que Andreíta  compraba en la heladería de don Antonio. Era una vaca que, saltaba a la vista, no podía servir para ninguna de las cosas para las que uno espera que una vaca pueda servir. Por eso la gorda la había puesto como premio de la rifa. Ella no aclaró, ella puso: Primer Premio: una vaca, no puso: Primer Premio una vaca Xenoide. Cierto es que ella tampoco lo sabía, así que no podía aclararlo. Lo que ella sí sabía, y nosotros todavía no, es que esta vaca rarita, como la calificó la misma gorda, apareció un día en el campo sin que nadie supiera de dónde había salido y se puso a  seducir a Sinforoso, el toro campeón de la última exposición. La gorda creía, puedo imaginar por lo que supe después, que fue a partir del amorío con Clarita que Sinforoso quedó estéril. Pero eso nunca lo pude establecer con certeza. Sin embargo, una cosa sí era segura, la gorda quería sacarse a Clarita de encima cuanto antes y el piquete agrario y la excusa de la rifa que, comenzamos a sospechar después, se componía sólo de un número: el que le vendió a mi viejo, le vino como anillo al dedo. Sólo así se explica que el papi haya ganado, dijo mi vieja.

Hasta ver qué hacíamos con ella la instalamos en el fondo de la casa, al lado del gallinero. La atamos a la planta de naranjas porque era el lugar donde había más pastito. Calculamos que no iba a durarle mucho pero luego veríamos como resolver el problema de su alimentación. Grande fue nuestra sorpresa al día siguiente cuando comprobamos que el pastito seguía intacto pero el naranjero había desaparecido. Y no sólo eso, unos metros más allá, el limonero había perdido su copa y sólo quedaba de él el tronco pelado. Fue ver eso y salir corriendo toda la familia en malón a golpearle la puerta a la gorda. Al principio no abrió, pero insistimos porque sabíamos que estaba ahí. Ya en otras oportunidades habíamos visto que se escondía de las visitas inoportunas, como las del cobrador del club de bochas, por ejemplo. Insistimos tanto que casi le tiramos la puerta abajo. Al final salió.

—¿Qué pasa, vecinos?
—Es por la vaca, por Clarita.
—Ah, Clarita le pusieron. Qué lindo nombre, nunca se me hubiera ocurrido.
—Se comió una planta de naranjas y un limonero.
—Ah. Y sí… en el campo a veces se comía algún que otro poste del alambrado. Pero después capaz que pasaba semanas sin probar bocado, así que quédense tranquilos. No gasta mucho y es buenita, ya van a ver, ténganle un poco de paciencia.
—Cómo paciencia, cómo paciencia, la rifa decía una vaca, esto no es una vaca.
—Sí, claro que es una vaca, una vaca un poco rarita, es cierto, pero una buena vaca al fin. Para que no tengamos más problemas tome, mire, consulte con el Dr. —le entregó a mi viejo una tarjeta y cuando él bajó la vista para leer cerró la puerta de golpe y le echó llave—. Mirá lo que me dio, dijo mi viejo, la tarjeta de un veterinario, ¿vos podés creer?

Mientras seguíamos debatiendo qué hacer con Clarita, Andrea ya había comenzado a apropiársela y a hacerla participar en sus juegos. Un día, el mismo en que un camionero furioso aplastó a la gorda en el piquete, Andrea jugando a la peluquería le rebanó limpita una oreja con la navaja que mi viejo usaba para afeitarse. Eso le produjo una gran impresión. Me acuerdo que entró a la cocina llorando  a los gritos y con el arma homicida aún chorreando sangre en la mano. La tranquilizamos lo mejor que pudimos y fuimos a ver a  Clarita. La cosa no es tan grave, Andreíta, dije yo, después de todo tener una sola oreja no es ningún impedimento para una vaca de patio. Una vez que lo dije, recapacité: si ya le pusimos nombre y ahora la llamo vaca de patio como asignándole un lugar, debe ser que la estamos adoptando. Mejor hagámonos cargo, pensé, y me hice el firme propósito de plantear el asunto esa misma noche, una vez que hubiéramos escuchado los resultados de la quiniela que daban por la radio. Pero esa noche hubo que poner cara de circunstancias y asistir al velorio de la gorda, así que no pudimos hablar.

Al día siguiente, la oreja había vuelto a crecer. Estábamos todos muy asombrados, mi vieja, mi viejo, mi hermano Gustavo, Andreíta y yo. Mirá que es rara esta vaca, dijo mi vieja. Che, ¿no será qué…? agregó, Gustavo. Ese día almorzamos puchero de cola. Y al otro día la cola estaba otra vez en su lugar.

A partir de ahí nuestra vida fue un festival de colesterol, y eso que yo estaba intentando una dieta vegetariana por consejo de mi cardiólogo. Carne de vaca todos los días, y pensar que la queríamos vender, dijo Gustavo una vez. Que hoy un bife de cuadril, que mañana unas milanesas de nalga a la napolitana, que pasado peceto al horno con papas,  en fin. Le cortábamos lo que sea y al día siguiente, a veces antes, volvía a estar entera. Eso sí, con las achuras nunca nos metimos, nos daba lástima, pobrecita. Así fue que en medio de un guiso carrero regado de vino tinto  y cerveza negra, la nueva afición de mi vieja, surgió la idea.

—Che, ¿y si ponemos una carnicería?
—No da, para una carnicería no da. Es una sola vaca. Pobre bicho.
—Ya sé, una rotisería, el sueño de mi vida —dijo mi vieja.
—Sí, una rotisería especializada en manjares bovinos. Como esas que hacen ahora. Algunas  sólo de sushi, otras sólo de comidas vegetarianas y así. Esta sería sólo de manjares bovinos.
—La vaca atada, podría llamarse, en homenaje a Clarita.

A Julieta le encantaban los escalopes de lomo al Marsala. Una vez por semana, al menos, venía y se llevaba una buena cantidad. ¿Todo eso vas a comer? —le pregunté una vez—. No —me dijo— los guardo en el freezer y los voy consumiendo de a poco. Ah, pero si es por eso no te preocupes. Yo te los puedo llevar a tu casa cada vez que quieras. Así los comés siempre fresquitos. De esa manera comenzó el servicio a domicilio. Para estar a tono con la moda lo llamamos Delivery de joyas bovinas. Claro que yo sólo le llevaba los escalopes a Julieta, del resto se encargaba Gustavo. Y ahí empezó la historia con Julieta. Una vez los escalopes estaban tan buenos que no le pareció suficiente pago el dinero y agregó un piquito como yapa. Otra vez, para el día de su cumpleaños, le regalé los escalopes más una porción extra de albóndigas con salsa roja, más un vino patero que le afané a mi viejo. Sí, le dije a Gustavo que parecía alarmado cuando me vio salir con el pedido, es el que el papi tenía guardado del viaje de bodas a Mendoza con la intención de chupárselo a los cuarenta años de casados, pero no te calentés, si ahora ya ni se acuerda de la fecha de su casamiento y la mami, ya sabés, está más que arrepentida.

Una noche la Juli llamó a las doce pidiendo puchero de osobuco. Justo estábamos cerrando pero yo calenté unas sobras y rajé para allá. Cuando me vio me agarró de las solapas, me metió para adentro y cerrando la puerta de una patada, dijo: Má que osobuco ni osobuco, vení para acá, osito mío. Y bue… esa noche comimos  osobuco con champagne a eso de las cinco de la mañana.

Cuando Julieta se incorporó a la familia y al Secreto, el negocio prosperó aún más. Porque ella trajo ideas nuevas. ¿Y qué hacen con todo el cuero que sobra? —preguntó—. No sé, Andreíta lo usa para jugar, a veces les fabrica tapaditos a las Barbies o camperas de cuero a Kent. ¿A quién? A Kent el novio de  Barbie, nena —aclaró Andreíta— Ajá, dijo, ¿y no les parece un desperdicio? ¿Y qué podríamos hacer? —pregunté yo.

Hubo que clausurar la cochera para instalar el anexo de artículos de cuero artesanales. Pero valió la pena. El curtido no era problema porque bastaba con dejar los trozos de cuero un rato al sol para que quedaran listos para trabajarlos

Por esa época éramos, lo que se dice, una familia feliz. Mi viejo, más que el resto de nosotros, seguía con el vicio de la quiniela pero eso ya no era un problema porque la guita sobraba, mi vieja había encontrado el sentido de su vida desde la inauguración de la rotisería, Gustavo se la pasaba de joda porque las minas que antes no le daban bola ahora se volvían locas por él; Andreíta estaba feliz con la vaca, con su nueva amiga Julieta y con el oficio que estaba aprendiendo y yo, bueno para qué hablar de mí, ¿acaso podía aspirar a algo más? La sola presencia de la Juli iluminaba mi vida.

Un día Clarita amaneció desmejorada. Parecía triste, deprimida, no tenía ese espíritu juguetón que mostraba habitualmente parándose en dos patas, moviendo la cola y mugiendo de alegría cada vez que nos veía. Por el contrario, ese día su color se había vuelto de un amarillo cremita depresivo muy alarmante. Estaba echada con las orejas bajas y sus redondos ojos bovinos más tristes que nunca. Algo pasa, dijo mi viejo, mientras pelaba la cuchilla para rebanarle el lomo. Pero apenas le infirió el primer corte ocurrió algo inédito, Clarita mugió de dolor como nunca antes lo había hecho. ¡Epa! —dije yo—. Pará, pará. Debe estar enferma. Capaz que hoy es mejor no abrir el boliche. Mi viejo me miró, metió la mano en el bolsillo y sacó la tarjeta que le había dado la gorda, Voy a llamar al veterinario –dijo-. Pero yo me opuse, Esperemos, mejor esperemos, en una de esas se mejora sola —acoté—. En realidad, yo no quería que nadie descubriera el Secreto. Yo soñaba con emular a Mc. Donald’s y  probar suerte inaugurando algunas sucursales, pocas al principio, quizás una o dos. Hasta tanto consiguiéramos tener descendencia de Clarita pensaba utilizar las mismas recetas y mezclar su carne con carne de vaca común. Descartaba que, con el tiempo, tendríamos todo el patio lleno de sus crías y el negocio podría florecer. Ya me veía millonario y con nuestras acciones cotizando en Wall Street. Mirá si justo ahora vamos a empezar a avivar giles, me acuerdo que pensé. Cerramos el negocio, por hoy cerramos el negocio —dije—. Pero no fue fácil, la insistencia de la gente casi nos desborda. Hacían cola en la vereda y ya daban la vuelta a la manzana cuando, en un momento dado, empezaron a golpear la puerta y la vidriera hasta casi romperlas. Es obvio —dijo Julieta—, yo ya me di cuenta, la carne de Clarita es adictiva, te hace hacer cada cosa… y me miró de una manera que me produjo un escalofrío. La cuestión es que tuvimos que llamar a la Comisaría pero la revuelta se había hecho casi incontrolable, tanto que la fuerza pública tuvo que hacer uso del armamento antidisturbios que tenían guardado desde la época de los saqueos. El gas lacrimógeno invadió nuestra casa y el patio. Tuvimos que improvisar una carpa para proteger a Clarita. Tomamos también la precaución de desenchufar el teléfono fijo, apagar los celulares y recluirnos en nuestro hogar con  las puertas y las ventanas cerradas.  Ahora, por primera vez, veíamos nuestra felicidad amenazada. Densos nubarrones grises se cernían en el horizonte con promesa de abundantes lágrimas a corto plazo. Y eso no sólo por las nubes de gas lacrimógeno.

Clarita estuvo echada y dormida todo el tiempo, no se enteró del quilombo que se armó en la calle ni de nuestra pena y temor. Andreíta fue la única que se quedó a su lado, se acostó con ella y se pasó las horas acariciándola y pidiéndole perdón por haber sido la primera en cortarle un pedazo desencadenando así las sucesivas mutilaciones. Es curioso, hasta ahora nunca se me había ocurrido llamarle así a las rebanadas de carne que cada día le quitábamos a Clarita.

Esa noche, antes de acostarme, decidí darme una última vuelta para ver cómo estaba. Al acercarme escuché una voz mugiente que me llamaba: Carlitos –yo me quedé duro—. ¿Cómo? ¿también habla? —pensé.

—Sí, Carlitos, soy yo, Clarita, como me llaman ustedes, aunque mi nombre verdadero es Xelina.—¿Celina?
—No, Celina no, Xelina. De donde yo vengo todos tenemos nombres que empiezan con esa letra que ustedes llaman equis.
—¿Cómo de donde yo vengo? ¿Qué querés decir, Celina? Digo, XeXelina.
—No soy de aquí, Carlitos, soy de Xenox.
—¿Y eso qué es?
—Es un mundo desconocido para vos y los tuyos. Un planeta en otra dimensión. Un planeta  en un universo paralelo.
—Disculpame, Clarita o Xelina, creo que me estoy volviendo loco.
—No, Carlitos, no. Escuchame, por favor. Te necesito.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué se trata?
—Yo vine a este mundo con la intención de iniciar una nueva raza para que dentro de  algunos años, según ustedes miden el tiempo, se lleve a cabo una colonización. Pero, eso sí, siempre por el bien de la humanidad, no vayas a creer otra cosa, por favor. Para ayudarlos a evolucionar espiritualmente, para evitar las guerras, para que se hagan vegetarianos y dejen  de comer carne de vaca, que es tan mala para el sistema cardiovascular.
—¿Qué?
—Sí, escuchá, que no me queda mucho, por favor. Yo fui una adelantada. Debía elegir un buen exponente macho con quien pudiera reproducirme. Entonces elegí a Sinforoso, el toro campeón que estaba en el campo de la gorda. La idea era iniciar una especie nueva que al final nos abriera la puerta para la invasión, digo, la colonización para el progreso de la humanidad. Pero algo falló. No sé si fue la combinación de razas o fue que  Xinfo, como yo lo llamaba cariñosamente, no servía. La verdad es que lo había sospechado apenas se me subió encima la primera vez. Lo noté medio flojito, no sé. Pero bueno, la cuestión es que la preñez no se produjo. Yo creo que él era estéril, a pesar de que lo hubieran elegido campeón. La verdad es que ustedes eligen a cada uno… Mis oportunidades ya estaban disminuyendo cuando la gorda me entregó a tu familia, porque mi misión tenía un tiempo límite, mucho no podía vivir en este planeta sin ayuda. Ahora ese tiempo está excedido. Fue gracias a ustedes que viví un poco más.
—¿Gracias a nosotros?
—Sí, porque la carne que cada día me quitaban, al obligarme a regenerar las células, me revitalizaba. Por eso viví un poco más. Pero mi tiempo ya se acaba, Carlitos.
—¿Y en qué te puedo ayudar?
—Tenés que entregar un mensaje. En el campo de la gorda, a la izquierda del tercer bebedero del chiquero de los chanchos que está al lado del galpón donde guarda la cosechadora, hay una puerta dimensional.
—¿Cómo?
—Sí, Carlitos, escuchá. Tenés que ir hasta ahí y dar tres golpes con el puño en el centro del poste que está a la izquierda del final del bebedero. Alguien va a salir. Entonces vos entregale lo que yo te voy a dar ahora.

Clarita se apretó la ubre con la pezuña delantera derecha y con un chorro de leche azul fluorescente que manó al instante (menos mal que nunca la habíamos ordeñado), dibujó algo en una alfombrita que Andrea usaba para sentarse a su lado las tardes de sol en que se quedaba a jugar con ella. Las letras (supongo que lo eran) tenían la forma de unos símbolos extraños donde prevalecía un signo parecido a la X. Cuando terminó su mensaje me miró con esos ojazos tristes que tienen todas las vacas —aunque los de ella eran verdes— y me dijo: Hacé lo que te pido, por favor, Carlitos. Hacelo en pago por todo lo que yo hice por ustedes, por la forma en que los ayudé. Y dejó de respirar. Yo me quedé muy impresionado, duro de asombro y de miedo. Pero apenas me recuperé un poco, pensé: Minga que les voy a pasar el mensaje. Vos me habrás ayudado mucho, Clarita, sin ir más lejos te debo mi pareja con Julieta pero, ante todo, soy un ciudadano del mundo, un terrícola convencido, un ser humano leal  y, sobre todo, un carnívoro relapso, minga que me voy a convertir al vegetarianismo. Agarré la pala que mi viejo usa para puntear la quinta, hice un pozo, enterré la alfombrita, di media vuelta, me dirigí a la cocina donde todavía estaba toda la familia escuchando los resultados de la quiniela de media noche, abrí la puerta y dije: Che, crepó Clarita. ¿Qué? —dijeron a coro—. Que Clarita cagó la fruta —y para evitar confusiones, agregué—: se murió, bah.

Ahí fue cuando Julieta empezó a cambiar. Que ya no aguanto más esa cara de culo que tenés, que la gente de este pueblo se la pasa chusmeando y nada más, que estoy aburrida, que quiero irme a la ciudad a estudiar inglés y que si no me acompañás me voy sola. Por supuesto, la acompañé. La plata que había ahorrado con el negocio la usé para comprar un par de departamentos. En uno vivíamos y el otro lo alquilábamos para tener dinero para la subsistencia. Yo no tengo oficio ni profesión, mi único título, gracias al  capricho y la insistencia de mi vieja, es el de Perito Mercantil, pero no tenía ganas de andar buscando un trabajo de cuarta después de haber estado a punto de iniciar un imperio gastronómico. Extrañaba a Clarita y estaba deprimido, por otra parte.

Un día Julieta apareció con la noticia de que se había enamorado de un compañero de la Facultad y que quería separarse. Dijo que ya no me quería, que su enamoramiento no había sido más que el efecto del  consumo diario de la carne adictiva de Clarita y que ahora que me miraba bien y me conocía mejor, veía que yo no era gran cosa y que ella tenía otras aspiraciones. Traté de hablarle, pero todo fue inútil, no pude convencerla.

 

 

 

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