Cuentos | Mi abuela y el soldado - Por Horacio Çaró

Recorriendo agencias de noticias, observando cómo marcha el mundo, queriendo ver, además de lo estrictamente informativo qué tanto más locos podemos estar en nuestra Argentina, o no, respecto del resto del mundo. Y un título –en la portada de una agencia rusa– me impacta de lleno: «75 años de Kursk, la mayor batalla mecanizada de la historia».

La agencia Sputnik, en su reseña, pone en contexto la batalla de Kursk: «Después de la batalla de Stalingrado, donde el Ejército nazi sufrió su primera gran derrota, Hitler ordenó reunir en el frente oriental sus tropas más preparadas y potentes, el grueso de sus fuerzas acorazadas, sus más modernas armas y sus generales más prestigiosos. Todo con el fin de frenar el avance soviético y recuperar la iniciativa perdida tras la inesperada derrota en Stalingrado».

Más adelante, la agencia rusa resume el final de esa batalla: «Los alemanes utilizaron casi todas sus reservas en cuanto a carros de combate se refiere. Más de 6.300 tanques y unos 4.400 aviones de ambas partes fueron concentrados en una estrecha franja alrededor de la ciudad de Kursk. Pese a eso, la decisiva victoria soviética marcó el inicio de su avance, que no mermaría hasta la caída de Berlín en mayo de 1945».

Siempre me impactó la II Guerra Mundial. La desmesura de las cifras de soldados movilizados, de víctimas, de recursos, las implicancias geopolíticas, el mapa mundial que dibujó el quinteto aliado primero en Postdam y luego en Yalta me impresionaron desde muy chico. Luego me di cuenta de que el interés por esa conflagración era un rasgo bastante común entre los peronistas, particularmente los de mi generación.

Mi abuela, que era muy peronista, me decía, cuando yo tenía unos diez años y ya era un ávido lector: «No te vayás a creer que eran muy diferentes (los Aliados y el Eje). Unos más asesinos que los otros, y todos querían quedarse con el mundo para ellos». Una simplificación, quizás, teniendo en cuenta las atrocidades inigualables de los nazis en la Shoá, pero a mi abuela no le gustaba omitir el crimen de guerra que los yanquis cometieron en Hiroshima y Nagasaki, por ejemplo.

Pero volvamos a Kursk, ese nombre propio que a muchos les suena conocido porque lo relacionan con la tragedia del submarino nuclear ruso que se hundió en el mar de Barents el 12 de agosto de 2000, episodio en el que murieron sus 118 tripulantes.

El sumergible llevaba el nombre de aquella ciudad en la que se desarrolló la batalla de tanques más grande de la historia, como me recuerda ahora la agencia Sputnik, que despliega en su despacho una pequeña pero impresionante colección de fotografías de esa lucha.

Soldados de infantería, soviéticos y alemanes, tanques de ambos ejércitos, población civil retornando a sus hogares tras la batalla, aviones atacando posiciones enemigas, enfermeras curando a heridos, realmente un compendio de registros fotográficos impactante, en la mayoría de los casos con el crédito de los reporteros de guerra que los tomaron.

Pero una de esas fotos me causó especial interés. El copyright le pertenece a la agencia Sputnik, y es atribuida a Jakov Rumkin, un reportero gráfico ruso que tiene en su haber fotografías alucinantes, como aquella en la que un soldado soviético, luego de vencer a los alemanes, hace flamear la bandera roja de la URSS en el centro de Stalingrado.

En este caso, el registro de Rumkin es el retrato de un soldado soviético de reconocimiento militar que participó en la batalla de Kursk, con uniforme de combate. Por supuesto hay fotos de otros soldados, algunos identificados con sus nombres y apellidos, pero en este caso se trata del sargento Alexéi G. Frolchenko.

Nada especial. Pinta de veterano, el birrete calzado medio de costado, que deja ver sus cabellos rubios, unos bigotones que remiten a Mark Twain, los binoculares colgados sobre el pecho, el subfusil automático PPSh-41 en la mano. Un típico ruso posando para la posteridad, y para la propaganda soviética, que sacaba lógico provechos de sus héroes.

Fotografía: Jakov Rumkin | Agencia Sputnik

Pero el bueno de Alexéi, me cuenta Sputnik, tiene algo más para pelar que sus pertrechos y su mirada de guerrero que todo lo vio: el tipo recorrió el camino desde Stalingrado hasta Berlín. Obviamente me lanzo a googlear la distancia que separa a la hoy Volgogrado de la capital alemana: 2.775 kilómetros.

Casi tres mil kilómetros a tiro limpio, mirando con sus binoculares las avanzadas del enemigo, corriendo a refugiarse a algún pozo de zorro o trinchera, caminando o al trote detrás de un tanque, colgado de un camión de abastecimiento, el sargento Alexéi Frolchenko un buen día entró a Berlín y disparó los últimos tiros de esa, su guerra propia.

Me pongo a hurgar, a ver si encuentro datos biográficos de Alexéi. Y encuentro poca cosa, y toda escrita en ruso o inglés. Pero me alcanza para saber, al menos, que nuestro héroe sobrevivió a esa monstruosa guerra que se cobró la vida de entre cincuenta y cinco y sesenta millones de seres humanos.

También surge que el sargento nació en 1905, de tal modo que cuando le sacaron la foto, tras la batalla de Kursk, en 1943, tenía apenas 38 años, aunque parecía cargar con más de cincuenta.

En un breve recordatorio publicado por el sitio History Wars, en inglés, termino de reconstruir el trazo grueso. Nació en la Óblast o región de Belgorod, cerca de Kursk, era sargento de la Guardia de Exploradores del Ejército Rojo, y recibió la Orden de la Estrella Roja por su actuación en la batalla de la que hablamos.

Alexéi murió en 1967, a los 62 años. Yo tenía apenas seis o siete, y por entonces mi abuela todavía no me contaba aquellas cosas de la Segunda Guerra que más adelante le preguntaba luego de leer las efemérides del diario La Capital, donde publicaban sucesos ocurridos veinticinco y cincuenta años atrás.

Entre 1945, cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, y el día en que Alexéi se despidió de este mundo, pasaron veintidós años y pasaron cosas, algunas muy ajenas al mundo que vieron los ojos del explorador a través de sus largavistas.

Me imagino al veterano en 1957, diez años antes de morir, extasiado ante las noticias del Pravda que daban cuenta del lanzamiento del Sputnik 1, el primer satélite artificial de la historia, lanzado por la Unión Soviética.

Veo el pecho de Alexéi inflarse de orgullo cuando se enteró de que un compatriota y medio tocayo suyo, Yuri Alekséyevich Gagarin, fue el primer hombre en viajar al espacio exterior a bordo de la nave Vostok 1, aquella gran pelota tecnológica lanzada un 12 de abril de 1961.

Pienso que nací veinte días después de la hazaña del gran Yuri, y pienso que mi abuela, que nació cuando aún no circulaban automóviles por las calles, bien podría haber sido una de esas mujeres que seguramente le sirvieron una sopa caliente a Alexéi cuando éste volvió, después de recorrer casi 6.000 kilómetros, con sus binoculares colgando sobre su pecho y la mirada triste de todo soldado, a su Santa Madre Rusia.

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