Cuentos | Mirar la espuma - Por Rosario Spina

Un fragmento de cielo sin nubes densas que lo taparan se abrió esa mañana mientras enrollaba las cortinas de la cocina. Después se preparó un café y fue hasta la habitación de su hijo. En la mesa de luz había dos revistas, un vaso de agua y sobre la alfombra vibraba la alarma del celular. Desde hacía un par de meses su hijo ya no esperaba que ella fuera a despertarlo. Decidió que iba a ser mejor saludarlo luego.

Volvió a la cocina. Observó el fragmento de cielo; había comenzado a opacarse. Se sentó junto al café y comenzó a untar algunas tostadas. 

            Luego de un rato de dar vueltas por la casa tomó la correa y buscó a Tomy. El perro comenzó a sacudirse de alegría cuando detectó el sonido tintineante de la medalla.

En el parque todo estaba como siempre: la morocha de sonrisa panorámica con los perritos blanco y negro, la mujer de pelo crespo con el frizbi enganchado en la cartera marrón; la del pitbull bebé, que lleva las llaves colgando en un collar y camina dando zancadas como si el parque fuera suyo.

―Marina, linda, ¿cómo estás? ―Se le acercó la de sonrisa panorámica―. ¿Venís esta tarde? Vamos a festejar el cumple de Zeus.

Marina la observó. La morocha parecía una de esas mujeres que se rodeaba de animales para no olvidar lo que es lidiar con otro ser.

―No sé si llego. Tengo sesión de fotos hoy.

―Qué lástima, gordi. Bueno, si podés, ya sabés que Tomy está invitado. Va a haber unos sandwichitos para nosotras y unos caramelos de balanceado para ellos.

Marina imaginó por un momento a los perritos sentados en hilera para recibir su dulce, con bonetes de distintos tamaños y colores, tan dóciles. Tan a la vera de los vaivenes humanos. Y ya no quiso imaginar más.

Se sentó debajo de un árbol. Recordó al hombre que llevaba un galgo viejo y solía ir al parque el año anterior. Había rescatado al animal de la calle y suponía que lo habían usado para apuestas en carreras. Lo adoptó, lo curó y ahora el galgo era una flecha blanca, corriendo con las demás mascotas. Nunca se alejaba más de dos metros de su dueño.

―Son como el pucho, los perros. Dependés completamente de ellos ―le había dicho el hombre. Ella ya conocía esa clase de dependencia. Era madre. Sabía eso de la incomodidad placentera.

Después, aquella tarde mientras se alejaba, el hombre le dijo, acariciando a Tomy: ―Cuidálo mucho. No sé si tenés hijos, pero estos son mejores. No traicionan.

            A la vuelta rogó que Norma estuviera con la comida lista. Entró y fue directo a sentarse en la barra para chequear el correo desde su celular. No había olor a comida. Norma debería estar en el súper, era la hora de los mandados.

Después, abrió la heladera: nunca sabía qué buscaba. Sacó un pote de dulce de leche y del primer cajón, unas galletitas de agua. Untó dos o tres. Tiempo atrás, eso hubiera sido un placer extremo e impensado. Por nada en el mundo se hubiera sumado gramos a la dieta que le daban.

En la habitación de su hijo las persianas estaban levantadas y la cama deshecha. Supuso que estaría cursando porque en el placard no estaban las carpetas de la facultad.

En ese mismo momento, en dos facultades no tan distantes, había dos hombres suyos. Aunque suyos de un modo diferente.

Volvió a la barra. Vio las migas de las galletas sobre el plato blanco. Los restos de dulce de leche parecían pintitas de dibujo hechas con dedos de criatura. Chequeó de nuevo su correo, pero nada. Quizá cursaría toda la mañana. O no tendría ganas de escribirle. O quizá no le escribiera nunca.

             Lo que le gustaba de la fotografía era que por fin podía estar detrás de la cámara. En ciertos momentos, cuando el lente enfocaba demasiado un punto, sentía que eso era exactamente su matrimonio. El foco en un solo objetivo, una foto multiplicada en cientos de fotos iguales. Pero no se culpaba a sí misma. No podía culparse.

La pareja de esta sesión había elegido hacer las pre-boda en el tren del distrito centro. Ella llevaba una pequeña capa de gasa, la misma que –le dijo– usaría en el civil. Él, en cambio, parecía que venía de hacer un trámite en la Anses. Jeans, camisa, mocasines. Le faltaba la carpetita transparente y el suéter en la espalda. Su marido hubiera dicho que se vestía como un pueblerino.

Y ella… tan… hada madrina. ¿Por qué lucir virginal para el comienzo de una etapa de sexo regular y pautado? Era una pareja que quizá, de tan opuestos, se encontrarían en los extremos. Sí. Quizá fuera eso.

La chica se sentó en un banco de madera:

―Acá estaría buena una foto, Marina ―dijo mostrando los dientes de una manera suave, con las comisuras levemente hundidas. Apenas la chica se apoyó, saltó a su lado un gato blanco. Todos se sobresaltaron excepto ella, que lo tomó –una mano en la panza, otra sobre el lomo– y lo sentó en sus piernas. El animal la observó lentamente, mientras ella le devolvía la misma expresión. Como si en alguna otra vida hubieran sido criaturas exóticas, suaves y blancas, y ahora volvieran a reconocerse en otra piel.

Quizá el marido también sintió el erotismo que flotó unos segundos en el aire, porque de inmediato se acercó y le dio al gato un pequeño golpe en el estómago que hizo que el animal lo enfrentará unos segundos,  para luego cruzar la avenida y huir.

Durante la sesión, la mujer tuvo el rostro iluminado. Se veía renovada. Su marido, en cambio, reflejaba una mirada difusa. Había algo triste en sus ojos.

―Nada que no se arregle con un poco de Photoshop. O con un divorcio ―pensó Marina en el taxi de vuelta a su casa.

            Al caer la tarde comenzó a prepararse igual. Pensaba depilarse antes de que llegara su marido, ponerse la ropa que tenía en uso y bañarse después de la cena.

Fue hasta la habitación de su hijo. La cama estaba hecha pero lo demás permanecía igual. Supuso entonces que no había vuelto en todo el día. Estaba enojado y su forma de demostrarlo era no aparecer. No mostrarse.

Se despellejó las cutículas y calentó un poco de cera. Se paseó semidesnuda por el espejo. Se palpó un rollo inexistente en los costados del vientre plano. Ojeó un análisis sobre política internacional pero casi al instante tiró el diario a un costado. Su marido leía siempre Perfil y a ella le daba náuseas sólo pensar en el olor de ese diario. El mismo olor a tinta en los dedos todas las mañanas, cuando la besaba antes de irse a trabajar.

Se descalzó, sintió en los pies un polvillo suave pero no le importó. Le encantaba descargar energía en los cerámicos fríos de la cocina, o en el parqué tibio del living.

«Actúa como si el mundo fuera tu hobby». Recordó su cuarto de soltera. En el espejo del pasillo tenía un cartel que cada dos o tres meses cambiaba.

Afuera se escuchaban gritos, bocinazos. Cerró la puerta del balcón y volvió a revisar el correo desde el celular.

Hola amor. Vuelvo al depto a las 12. Tuve clases todo el día. Llamame antes o venite. Tengo ganas de verte. Muchas ganas. Muchas. 

Le gustaba actuar como si el mundo fuera su hobby. Sobre todo si en ese mundo estaba Nicolás.

            Durante la cena su marido miró los titulares mientras ella jugaba con el tenedor sobre el plato. Odiaba que lo molestaran cuando escuchaba el noticiero, así que ella se limitaba a sonreír, masticar y preguntar si quería algo más.

Luego de las nueve llegó su hijo, le dio un beso seco y se encerró en su habitación diciendo que tenía que estudiar.

             Después, como su marido fumaba en el patio, recorrió las habitaciones presionando las perillas de la luz y  abriendo las ventanas: el escritorio, la biblioteca, los cuartos, el balcón y hasta las dicroicas del vestidor. Sabía que era imposible que todas se vieran por los ventanales pero necesitaba mucha luz alrededor. Y no quería que su marido imaginara dónde estaba en ese momento.

Al irse del vestidor, se miró las nalgas en el espejo. Ya no tenía veinte.

En el baño abrió los grifos, tapó la bañera y echó un chorro de espuma que fue creciendo poco a poco. «Relajante», leyó en el envase mientras lo cerraba. Entonces volvió a destaparlo y vació el contenido en el agua.

La espuma comenzó a formarse alrededor de la canilla y a subir sin permiso por sobre la bañera, tocando los azulejos. Le gustaba mirar la espuma. Sentía que todo, a veces, podía reducirse a eso.

Frente al espejo se recogió el pelo, observó la curvatura de los brazos tensos (años y años de gimnasio; a veces se preguntaba para qué) y se hizo un rodete sin dejar mechones afuera, enroscándose las hebras rojizas. Luego se olió las axilas, se quitó la bombacha y se sumergió de a poco en la bañera. El agua estaba muy caliente así que por unos instantes dejó abierta la fría. Una vez adentro, recostó su cabeza. Pero las palabras retumbaron. A veces pensaba que la habitaba una colonia de pájaros carpinteros.

A diferencia de otros momentos en los que corría al gimnasio o al shopping, esta vez quiso escuchar qué tenían para decir esos negrísimos bichos. Cerró los ojos. Necesitaba barajar y dar de nuevo.

Mientras tanto la espuma fue formando a su alrededor un frágil escudo perfumado. El agua parecía contenerla. Los vellos de los brazos y del vientre se le erizaron al contacto de esa humedad tibia. Los pezones se le endurecieron como dos botones rosados. Sus pechos sobresalían a través de la espuma: mitad blancos, mitad tostados. El agua golpeaba suave en ellos. También sus rodillas, que no cabían en la bañera, cosquilleaban.

Había sido la estatura lo que determinó su destino. Como si nacer alta y con una cara razonable –eso pensaba ella de su cara– fuera el pasaporte directo a la pasarela. No le faltaba nada, repetían su tía, su madre, sus hermanas. Hasta su abuela se lo decía, en una mezcla de italiano y español, cada vez que la veía atravesar el patio de su infancia: la casa baja, el patio cubierto de enredaderas y plantas. Sabía que no olvidaría nunca más el olor de los malvones de su abuela. Y la tarde después de una lluvia fuerte, que juntas mataron caracoles. Su abuela apuntaba con el bastón y ella pisaba fuerte, con una rabia que no sabía que estaba.

El agua parecía agitarse un poco más a medida que ella se entregaba en sus brazos húmedos. Le bastaba relajarse para que él la asaltara con su sonrisa amplia. Entonces ya no necesitaba nada. Sus horas junto a él eran peces dorados recorriéndole los muslos, atravesando su vientre y subiéndole a la cabeza. Nicolás la hacía vibrar. Hasta su nombre la reconfortaba. Tenía un brillo poderoso. Como su casa en este mismo momento: por todos los rincones aire fresco y luces.

Los otros hombres, en cambio, le parecían bocetos de algún artista frustrado. Por momentos creyó que su marido también había logrado iluminarla. Pero sólo eran destellos de una brillantina vieja, resquebrajada.

Qué loco todo esto –pensó– la brillantina es muy de los 90. Estoy envejeciendo. Ahora los nenes dibujan en Paint, en Corel… Pero en un mundo digital también hay que cuidarse. Y entonces recordó el tema de las fotos. Este mundo digital con todo al alcance de la mano.

Se alarmó. Hacía rato que no le pasaba. Había tenido que consultar a un abogado pero el hombre solamente le había pedido el material y le había dicho que mientras nada tomara estado público, era conveniente quedarse en el molde.

Pero el silencio también vale dinero. Todo en este mundo lo vale. Eso siempre decía su marido.

¿Sabía su marido? ¿Cuánto?

Desde siempre ella supo que iba a tener que tener cuidado. Desde el momento en que él comenzó a involucrarse con los sectores más poderosos de la ciudad. Pero los años pasaron y al final, era la primera vez –a sus 40– que podía animarse un poco al delirio.

*

Si tuviera que buscar el comienzo del final, quizá fuera durante las charlas con sus dos amigas. Cuando estaba con ellas había sentido el coraje. El corazón repleto, palpitaba.

Pero después llegaba y las palabras se volvían hebras de cabello a punto de caerse: débiles, cada vez más finas. Las veía rodar, lentamente, en el baño, en la cocina, en las habitaciones. No se animaba.

*

Media hora después salió del baño. Se secó y se puso un vestido negro corto, unos centímetros debajo de las nalgas. Explicó a su marido que tenía cine con sus amigas de tenis, hizo un gesto desde lejos con la mano y cerró la puerta sin mirarlo.

*

Su boca. Su lengua. Lentos fuegos artificiales humedeciéndole todos sus orificios, sus cavidades, su piel porosa. Su lenta lengua joven tapándole las venas de deseo. Cuando él no está todo es inconveniente, impuro. Su lenta lengua moviéndose como una serpiente. La cinta de moebius que más de una vez la incorpora sudada en su cama, enroscada a las sábanas, sola.

Perder su cuerpo no sería perder cualquier cuerpo. Un lanzarse sin redes ni arneses y encontrarse vacía en medio del salto. Como esa escapada juntos cuando contrataron tirolesa pero ella al final no tuvo el coraje. Y ahora sí, ahí estaba en un salto vacío que ella sentía completo, cercano. Lanzarse sin redes a la piel lozana.

Pocos años más que su hijo.

Pero el goce de su sexo húmedo trastornándola. Meciéndole los senos, las nalgas. Perdiéndole la razón. El momento del encuentro como el momento de decir basta, aquí me quedo.

Luego, el resto, un apretar la espuma. Un escurrirse entre los dedos y ver cómo se deshace. El mundo como su hobby. El mundo, desde ahora, sin redes, sin arneses. Sin nada que la amarre.


*Texto publicado originalmente en nuestros Folletines*

Magalie Ors | Triptyque reflets

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