Crónicas | Nadie quiere dormirse aquí - Por Javier Galarza

Miguel Abuelo sube al escenario. Está vestido de moño, camisa blanca y saco. Lleva un pantalón de vestir. Sus rulos están perfectamente armados. El público delira. Grita muy fuerte. Es el año 1984, y el Luna Park desborda de gente. Miguel sonríe. Habla exultante. Está feliz. La vida es una sucesión de momentos generalmente apáticos con algunos picos de felicidad. Si hiciésemos las películas de nuestras vidas, una especie de biopic en la que contemos nuestra historia, para el final, probablemente elijamos alguno de esos picos. Inmediatamente después, los créditos finales. Como si no hubiese nada más que pueda superar ese momento en que somos capaces de lograr la eternidad. Te recibiste, te tiran huevos. Créditos. Sala de partos, nace tu hijo/a. Créditos. Ganaste la Copa Libertadores por primera vez en la historia de tu club. Y si, listo, créditos.

La película de la vida de Miguel Abuelo debería terminar ahí, en ese momento de gloria para siempre. Pero no. A Miguel lo vimos disolver ese supergrupo, lo vimos sacar otro disco, sin la mística de antaño. Lo vimos contagiarse de HIV. Lo vimos morirse. Quizá por eso el documental que estamos viendo, que trata sobre un período entre 10 y 15 años antes, comienza con ésta escena. Para recordarnos que la vida no es una película y que la gloria te puede llegar al principio, en el medio o al final de tu vida. O no llegarte nunca.

Miguel Abuelo

Agustín Argento, Juan Manuel Muñiz Oribe y Facundo Caramelo son jóvenes directores de cine y nos quisieron contar una historia, ésta historia que se está proyectando en las pantallas gigantes ubicadas detrás del escenario, y que estamos viendo las ciento y pico de personas que estamos en el Galpón de la Música, este viernes a la noche. Nos quisieron contar una historia, con la dificultad de no tener material audiovisual para contarla, porque en ésa época tener una filmadora no era para cualquiera, y porque a decir verdad, tampoco tenía demasiada relevancia lo que estaban haciendo un par de argentinos al otro lado del charco. Esta es la historia de un fracaso.

«No todas son rosas en el campo del rey.
No todas las rosas del campo son del rey.
No todos los reyes saben mucho sobre rosas.
No todas las rosas quieren saber de algún rey.»

Miguel Ángel Peralta nació el primer día del otoño del peronista 1946 en Munro, Provincia de Buenos Aires. Tras sus primeros intentos por hacer carrera musical en Buenos Aires, se dio cuenta que la dictadura de Onganía no era el mejor lugar para un náufrago pelilargo como él y se fue a Europa: en Francia, en 1973 graba uno de los mejores discos de la historia del rock nacional. Un disco de grandes composiciones, que mezcla en partes iguales canciones y experimentación, que tiene enormes arreglos musicales y corales, y que se codeaba con lo que estaba pasando en la escena rockera de entonces: Deep Purple, Jethro Tull, Led Zeppelin. Un disco que suena a años luz de otros discos de ésa época del rock nacional (Pescado 2, Confesiones de invierno, Pappo’s Blues vol 3) y que al escucharlo, da la sensación que pudo haber sido grabado ayer. O mañana. Un disco al que le pasó…nada. Casi no lo tocó en vivo y ni siquiera se editó en Argentina, si no hasta 25 años después. Pero el tiempo hizo lo suyo y hoy «Miguel Abuelo Et Nada» es una obra de dimensiones legendarias.

La proyección del documental arranca mal: está desfasado el audio del video. Muy desfasado, como 10 segundos. Aguantamos lo más que podemos (pudimos un montón, como 5 minutos) hasta que el soberano finalmente se expresó: «¡está desfasado!» grita un héroe anónimo hacia algún encargado de la organización que resuelve rápidamente el problema técnico.

Ahora sí, lo que queda es meternos en el mundo de este documental, que es el mundo de Miguel Abuelo: cómo llegó a Europa, cómo trabajó de lo que pudo, desde tocar en clubes, hasta cosechar la uva, cómo vivió en cualquier lugar (Francia, Bélgica, Holanda, España), cómo conoció a Moshe Naïm, productor francés que había trabajado con Salvador Dalí (!) y que fue el que bancó la jodita del disco, cómo se cruzó con Daniel Sbarra, otro argentino que andaba dando vueltas por Europa y que es la otra mitad de este proyecto, cómo salieron de gira y cómo lo arruinaron todo.

Himno de mi corazón, Miguel Abuelo

La mayoría de los que estamos acá tenemos entre 25 y 35 años. Muchos no estuvimos ni cerca de ver en vivo Los Abuelos de la nada. Hablame de legado. Sin embargo es curioso cómo los homenajes a la figura de Miguel tienen que ver más con reconocimientos oficiales, que populares: en Buenos Aires están la Plazoleta Miguel Abuelo, o el proyecto para denominar a una estación de Subte con su nombre, por decir algunos. No obstante, no vemos jóvenes con remeras de Miguel, ni grafitis en las paredes (en Rioja y Oroño hay una pintada que dice «Buen día, día»), como sí ocurre con, por ejemplo, Luca Prodan, otro contemporáneo.

«Nos habían prometido unas fotos y algún video» dice uno de sus directores, en una charla posterior a la proyección, y lo que a priori parecía un punto débil, terminó siendo el fuerte del documental: cada canción era representada con imágenes y animaciones que los directores creían pertinente y que transmitían el universo de la canción. Así pasamos de la psicodelia acuática de «El muelle» al heavy de «Señor carnicero» o la felicidad campestre de «El Largo día de vivir». Alguien de la fila de atrás es rotundo: «Esto te puede hacer flashear fuerte con la droga correcta».

Tu eres farol.
En mi guía.
Tu eres la luz.
De mis mares.
Tu eres color en mis sueños.
Por ti real es la vida.

Juani Favre es un músico rosarino que viene sacando grandes discos desde fines de la década del 90 y no hay en este galpón alguien que tenga esta noche un trabajo más difícil que él: debe interpretar a Miguel Abuelo. Junto a su grupo La Paz Ciencia van a ser los encargados de recrear el espíritu de esas canciones. Así, vamos recorriendo algunos temas de ésta obra y si lo que se propusieron es sonar parecido y distinto al disco, es decir, ser respetuosos con el original, pero tener una personalidad propia, lo lograron. Percusión, batería, teclado, guitarra, bajo y vientos. Todos hacen coros. En medio de las canciones, alguien de saco verde recita las letras de Abuelo como lo que son: poesía. Un delirio hermoso.

Rosario, esquina San Juan y Maipú

No obstante, el cantante se toma una pequeña licencia: olvida el disco que venimos a escuchar y se queda solo con la guitarra eléctrica y canta «Oye niño», primera canción del primer simple publicado por Miguel en 1968 y el silencio fue estruendoso: Todos escuchamos, nadie siquiera respira ¿Cómo seguir entero si el que está arriba del escenario nos está entregando las tripas, vomitando aquello de que «todo lo que te ata es asesino»? Ya está Favre, ganaste para siempre.

«No te enamores de aquel marinero bengalí» fue el yang del yin «Oye niño» e hizo levantar al tipo que estaba sentado en la fila 2, a las 2 chicas que estaban al lado, y por consiguiente a todos, mientras quienes estaban atrás coparon la pista y se pusieron a bailar, con una sonrisa de oreja a oreja, el denominador común de quienes estuvimos ahí convocados por la belleza inconmensurable de la obra musical del paladín de la libertad, un juglar de metro y medio llamado Miguel Abuelo.

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