Crónicas | A los hachazos con la canción - Por Diego Carballido

Una silla antigua con un tapizado rojo lo está esperando sobre el escenario. Hay una silla y un soporte para apoyar la guitarra. Nada más. No hay instrumentos, cables u otros objetos sobre las tablas de la sala Lavarden que sirvan de preludio para la salida a escena de Gabo Ferro. En la era de los sonidos entretejidos por bits y amplificados por enormes torres como tótems a los costados de los artistas, este poeta licenciado en historia pretende salir a escena armado de su voz y una guitarra.

Las luces de la sala empiezan disminuir. Sonidos difusos y lejanos, como de un bosque a la distancia, empiezan a invadir el espacio. Una delgada figura abandona las sombras profundas del escenario y se sienta casi en la punta de la silla. Carga el plus de la guitarra de manera exagerada, como quien con rabia carga un arma que pronto vaciará sobre las decenas de personas que lo observamos desde todos los ángulos de esta añejo teatro. Sus agudos son las primeras balas que rompen el silencio.

Foto: La Voz

En la era de la conectividad y el imperio de las maquinas, Gabo, viene con una receta del siglo pasado. Es un trovador de versos y guitarra, pero muy consciente de que la era «Silviorodrigueana» ya vivió su cuarto de hora. Es un epílogo del rock; un poseso. Sus pies se mueven al compás de sus alaridos, que lo acercan y lo alejan del micrófono. Canta, suspira, aconseja, describe, asusta, advierte. El aire solo se corta con el gemido de una criatura que está entre el público a quien Gabo contesta con una sonrisa.

Sus canciones son como hachas que se clavan en el silencio de la atención. Su origen de urbe no se trasluce en su poesía rupestre. Imágenes de hojas, lluvias, gotas y viento, vienen una y otra vez. «Lo que te da temor te describe mejor» sostiene, y más tarde asegura que es mejor «soltar el dolor».

«Hoy estoy poco parlanchín» piensa en voz alta, «mejor para ustedes» concluye. Entre tema y tema, gira las hojas de su cancionero que descansa frente a sus pies. Su guitarra es el depósito de un frenesí que va desde un valsecito susurrado a un rasgueo que parece arrancar las cuerdas.

Algunas melenas canosas entre el público son el reflejo de que su pasado heavy todavía le guarda adeptos, estos sobrevivientes del metal comparten butacas con todo una progresía de barba y mucho lente, sumados a lxs atravesadxs en su fibra más íntimas que no le quitan la mirada desde su lugar de privilegio en la primera fila.

Para Gabo todo es un recurso aprovechable en pos de esta especie de rito que monta en cada uno de sus recitales. Su voz explota en alaridos y susurros, sus pies danzan al costado de la silla casi al punto de caerse y, en un momento, deja su guitarra y se disfraza de poeta decidor. Nos lee uno de sus poemas plagados de imágenes pesadas, naturales y tangibles, para volver a batir sus dedos entre las cuerdas de su guitarra.

«Esa peste que ardiste pudrió la tierra,
el pasto, los frutales, las cosas buenas.
El árbol de naranjas, seco por siempre,
no ha dejado ni una simiente»

¿Quién es este juglar de la posmodernidad? ¿Es el académico que se pelea con las versiones de la historia escrita por los triunfadores? ¿O es el poeta que con su barba es un déjà vu de Horacio Quiroga? asegurando que «siempre luchó por recordar» aunque en el medio de un padecimiento, a veces, «es un lindo regalo olvidar». O tal vez, es el músico al que Ariel Minimal tuvo que obligar para que hiciera las paces con su talento después de la crisis existencial y armónica que tuvo con su banda «Porco» a finales de los años noventa.

Aquejado de amor, en carne viva y en su versión más urgente. Como debe ser para un artista. Nada de pochoclos, Netflix y cómodos almohadones de sillón. El amor como la experiencia que inmoviliza y clava un puñal en el tiempo.

«Te cazo una flor, le cambio el color, le enseño tu nombre ¿y qué?
No te alcanza.
Me dejo morir cuando vos querés, te enjuago en mi boca
y no te alcanza»

Gabo Ferro | Plataforma Lavarden

Luego de noventa minutos donde dejó todo el escenario correado de versos y acordes, hizo el falso final de protocolo para que todos de pie le pidamos el famoso «una más». Aseguró que «irse es volver a volver», arengó a su público con la invitación de que «hay una guerra allá afuera» y pidió que las luces se apagaran para el final.

En el medio de un profundo silencio, la luz cenital mostraba la silla que lo había albergado durante todo el recital, ahora vacía. Gabo llevó su delgada figura hasta el borde del escenario, se sentó y mientras sus piernas le colgaban confesó que «dios le había pedido un beso», y casi como un mantra sus agudos a capela hipnotizaron la sala. Su retirada se llevó un puñado de manos batidas en un encendido aplauso.

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