Ensayos | De ratas, miedos y capitalismo zombie - Por Ro Novello

Sólo puedo empezar confesando que éste NO era el comienzo original de lo que pretendía ser una breve crónica sobre «Ciudades sin Miedo. El municipalismo frente al avance neoliberal», charla que tuvo lugar hace una semana atrás en Distrito Siete, en el marco de la visita de Gerardo Pisarello (vicealcalde de Barcelona) a nuestra ciudad y que, a su vez, convocó a Caren Tepp (militante y concejala por Ciudad Futura) y Franco Bartolacci (Decano de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales).

Confieso esto porque la coyuntura política de nuestro país —y de nuestra ciudad— me impide ya expresarme de otra forma. El avance de las políticas neoliberales deja ver cada vez más sus nefastas consecuencias económicas, sociales y políticas en el territorio. Frente a un panorama nacional que sólo parece consolidar ganancias para unos pocos y pérdida de derechos para muchos otrxs, la posibilidad de repensar nuestras prácticas políticas en el siglo XXI se vuelve urgente. Es en este plano que, creo/creemos, el municipalismo como convicción viene a convidarnos futuro, futuro que no se reduce a una mera retórica, sino que se presenta —desde Barcelona a Valparaíso, pasando por Nápoles o Varsovia— como una posibilidad cierta de construcción material y colectiva en las ciudades. Ahora bien, para poder seguir por este camino el municipalismo desde el inicio nos plantea un desafío: resignificar la ciudad. Esto es, poder pensarla políticamente. No estatalmente. No electoralmente. Sino desde otra concepción de la política.

Hace apenas unos días —el jueves 30 de agosto— momento en el que cientos de miles de estudiantes y docentes universitarixs marchabamos a Buenos Aires en defensa de la #UniversidadPúblicaSiempre, y en el que se continuaba desencadenando una brutal devaluación que condena a muerte a nuestros salarios reales, en el interior del Concejo Municipal de Rosario parecía que no pasaba nada. Puede que el silencio de los representantes locales se haya refugiado en la falta de atribuciones sobre la macroeconomía o puede que haya sido la complicidad con un modelo económico desértico lo que incendió nuestras palabras en el recinto. «Volvé, rata». «No nos van a dejar país y no tienen la valentía de quedarse a debatir. Ésta es la democracia que proponen el PRO y Cambiemos.» Y si hablo en plural, más allá de que fue Juan Monteverde el que pronunció estas palabras, es porque cada sílaba nos contiene. Lo que pasa en las calles nos pasa por el cuerpo. Nos afecta. Nos moviliza. Porque si la política no puede al menos expresar la angustia que hoy sentimos muchxs, no puede hacer nada. ¿De verdad van a seguir sosteniendo que la política se termina en los límites de su jurisdicción o que se reduce a sus atribuciones legislativas? ¿De verdad van a seguir diciendo que la Política depende exclusivamente del poder del Estado Nacional?

En todo caso, una buena pregunta sería ¿qué puede una ciudad ante al neoliberalismo? O, en otras palabras, ¿qué puede un territorio ante la creciente mercantilización de la vida?

En este punto, hablar de capitalismo zombie y ratas huyendo del Concejo tiene mucho que ver con la urgencia de apostar por un municipalismo feminista. Y es en este punto en que la propuesta de compartir una crónica sobre «Ciudades Sin Miedo» cobra aún más sentido, ya no en tanto crónica sino como una herramienta más para hacerle frente a la necesidad de cambiarlo todo.

Ciudades sin Miedo

Ciudad: campo de disputa e hipótesis política

Hoy el 50% de la población mundial habita espacios urbanos y, si observamos a América Latina, vemos que la tendencia se agudiza. Nuestra región se convirtió, a partir de un proceso de urbanización tardía y profundamente desigual, en el continente con mayor porcentaje de población urbana del planeta: el 80% de las personas vivimos en ciudades. Este proceso se desarrolló al calor de la implementación de nuevos instrumentos de política habitacional y de planificación urbana que —junto con la restructuración del accionar del Estado en sus diferentes niveles— resultaron fundamentales para expandir las fronteras del capitalismo financiarizado sobre nuestros territorios, favoreciendo la privatización de bienes comunes colectivos y por ende empobreciendo lo público.

Así, el presente se empecina en paralizarnos. La profundización de las desigualdades y la exclusión social, la explotación desmedida de recursos naturales, los escenarios catastróficos que va generando el cambio climático, las recurrentes crisis económicas, la pérdida de derechos fundamentales, el rearme del patriarcado, el aumento de la xenofobia y el racismo y la crisis de representatividad que agobia a las mentadas democracias liberales no sobrevuelan en una abstracción fatalista zurdi-norcoreana del fin del capitalismo ni se reducen a un relato sobre el apocalipsis zombie. Por el contrario, muchos de estos procesos nocivos que produce el sistema neoliberal en la actualidad se encarnan a nivel local. Y ahí nos encuentran a nosotrxs, llenándonos de miedos.

Entonces, ¿qué hacemos con esta angustia y con estos miedos? Una hipótesis política retoma fuerza en la historia y nos enciende para apostar por ella. La ciudad se revela como un campo de disputa central frente al capital transnacional, frente a los poderes fácticos, porque a lo mejor no se trata sólo de resistir sino también de crear otra cosa. «Las ciudades tenemos el enorme reto de ser la primera trinchera para hacerle frente a esa ola de miedo que nos quieren imponer» nos dice Gerardo Pisarello ante un D7 repleto de militancias diversas.

Lejos de querer entrar en guerras conceptuales, creo que lo primero en lo que podemos reparar es en que cuando hablamos de municipalismo no nos referimos a los gobiernos locales desde una perspectiva institucionalista, no es el último escalón inferior de la administración estatal. Para Pisarello «el municipalismo es defender el espacio local como espacio de construcción de la democracia política, del autogobierno, pero también de la democracia económica, de la democracia feminista, de la democracia ecologista». Porque entonces, hablar del/los municipalismo(s) es hablar del poder. Es, mejor dicho, hablar del poder de lo próximo, el cual se nutre del empoderamiento de cada una de las personas que viven en nuestras ciudades. Así, las ciudades se nos presentan como «el laboratorio más fecundo para construir alternativas para frenar al capitalismo zombie y al autoritarismo de las derechas». ¿Con límites? Miles. ¿Incertidumbres? ¿Riesgos? Miles también. Apostar es un poco esto. Ganar la ciudades en más de un sentido.

Llorar, desear, luchar: la feminización de la política

El municipalismo nos habla del poder y por eso nos redobla la apuesta. Es poder construir poder con otrxs. Es, insoslayablemente, asumir el reto de feminizar la política. Pero —¡atenti!— esto no sólo se trata de que haya más mujeres en las instituciones. Es, ante todo, como nos enseñan nuestras compas de Barcelona en Común, cambiar las formas de hacer política. No es una reivindicación de la feminización como una determinada sensibilidad, opuesta al coraje. Por el contrario, lejos tanto de la lucha sin escrúpulos por el poder como del purismo paralizante, la feminización de la política  tiene un enorme componente de valentía política, de decir lo que se siente y bancarse las consecuencias.

Gerardo se adentra en la experiencia de Barcelona en Común —plataforma municipalista constituida por diversos movimientos sociales locales en junio de 2014 y que llegó al Ayuntamiento en 2015— y nos cuenta: «Somos un gobierno que se arrojó al feminismo. El propio sistema patriarcal de la política representativa nos hizo entender que éramos un gobierno feminista. Nuestras propias compañeras nos fueron mostrando el nivel del opresión y de micromachismos a los que se enfrentaban ahora también en las instituciones. Uno de los ejemplos más fuertes que vivieron dentro del Ayuntamiento fue el momento en el cual Ada Colau, alcaldesa de Barcelona y activista de la PAH, dio a conocer que estaba embarazada de su segundo hijo. «Sin buscarlo, fue todo un hecho político. Nos trastocó a todos como un terremoto, porque la política institucional no está pensada para resolver ni contener esto». Algo similar pasó cuando Ada reconoció en un programa televisivo del corazón su bisexualidad, algo que la política patriarcal si no condena al menos tapa.

No es todo color de rosa. Las instituciones se manifiestan así como una trinchera difícil de habitar y no sólo por las inercias burocráticas más conocidas. En lo que personalmente fue una de las clases magistrales de política más apasionadas que viví, Pisarello no duda en reconocer que, si bien fueron hackeando el sistema con algunos elementos nuevos como las asambleas ciudadanas con agenda abierta, nada es fácil: «La institución nos sigue enfermando, nos sigue deprimiendo». Fundamentalmente, porque «están pensadas para generar una distancia con lo que pasa afuera». «Pensar nuevas formas de institucionalidad no es nada sencillo pero desde el ámbito local es más factible que ocurra. Tuvimos que crear nuevos hábitos frente al “siempre se hizo así”, porque sino terminábamos teniendo la agenda repleta de reuniones con bancos y ni una con organizaciones sociales». Para Pisarello, el poder crear y hacer un poco «lo que no estaba previsto» es importante: «No podemos confiarlo todo a la virtud moral de los nuestros y nuestras. Es un gran error porque todxs estamos expuestos a desarrollar inercias que pueden degradar el funcionamiento democrático. Entonces necesitamos reglas nuevas que nos obliguen a rendir cuentas frente a la ciudadanía».

La clave está en lo pasa afuera, básicamente en lo que cada unx de nosotrxs hace. «La feminización de la política ha sido posible gracias al movimiento feminista que estaba afuera y que nos conectó con uno de los procesos más transformadores que hemos visto», nos dice Pisarello. «Por eso la clave está en lo que la comunidad autoorganizada pueda generar y lo que podemos hacer nosotros desde las instituciones es intentar acompañar, no bloquear, ni cooptar ni generar vínculos clientelares, porque eso sería el fin del municipalismo». «A veces -como diría Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia- la revolución es ganar tiempo. Es ganar tiempo para que pasen cosas y cuando pasen estar a la altura».

Dicen por ahí que no hay nada más global que lo local, y a lo mejor por eso la sintonía política entre experiencias separadas por un atlántico nos acerca más a un clima de esperanza entre tanta desolación. Caren Tepp comparte las sensaciones de habitar las instituciones y lo hostil del estado. «Me sentí muy identificada con lo que estás contando. La invitación por parte del sistema es constante para que una se convierta en parte del paisaje. En esto, hay momentos en los que es muy explícito por parte de la corporación política pero hay otros que son muy sutiles y eso tiene que ver con las construcciones sociales y con los imaginarios que tenemos los propios ciudadanos de lo que esos roles institucionales deberían ser. Muchas veces terminamos pidiendo que nuestros representantes se comporten como los funcionarios que no nos gustan». «Es también, pensar qué podemos hacer desde las ciudades y qué no. Pero que en ese “no podemos resolverlo” no implique asumir una actitud indiferente sino de compromiso de lucha y acompañamiento». «Esta es una de las tareas más difíciles que vivimos como militantes e incluso aprovechamos nuestras asambleas de Ciudad Futura para poder compartirlo. Para poder contar cuando lloramos en una reunión de la Comisión Parlamentaria porque nos enojamos frente al hastío que se vive, por cómo se toman las decisiones. Te dicen que sos débil y en realidad es que nos enferma esa dinámica. Lo tomo como el mejor síntoma para saber que no nos estamos convirtiendo en parte de esa maquinaria zombie». En definitiva, la feminización de la política es reconocernos vulnerables, interdependientes, con miedos, con deseos, pero sobre todo, valientes y comprometidxs con lxs otrxs.

Ilustración: ganarleganes.org

«El municipalismo será internacionalista o no será»

Si nos faltaba integrar otro elemento a este intento de crónica sobre Ciudades Sin Miedos, es hablar del internacionalismo que alienta a los municipalismos. Es en ese sentido que Pisarello afirma que «lo que hace treinta años podría ser utópico, hoy —con la digitalización de la vida— es una práctica posible. Tenemos que pensar local y globalmente. Tenemos que actuar local y globalmente». De esta forma, desde que asumieron funciones en el gobierno de la ciudad en 2015, Barcelona en Común fue cartografiando e intercambiando experiencias con más de un centenar de organizaciones municipalistas de todo el mundo.  En junio de 2017, confluimos por primera vez en el primer encuentro de la municipalista, Ciudades Sin Miedo, que tuvo lugar en Barcelona y que, a partir de este año, se va replicando regionalmente por todo el mundo. Dicho evento, que reunió a más de 700 participantes de todos los continentes, fue un punto de inflexión. «Fue el ejemplo vivo de que no estamos solas, de que cada iniciativa municipalista individual forma parte de un incipiente movimiento mundial que trasciende los límites locales y nacionales».

Pisarello cierra lo que era ya una noche de esas que te electrifican un poquito la piel diciéndonos que «el corazón del municipalismo es la radicalización de la democracia en el ámbito local. Pero sabemos que no podemos pelear solos frente al neoliberalismo y por eso es necesario crear una red de ciudades, como un espacio de innovación municipalista que vaya más allá de la escala de lo local, pero sin perder el arraigo en lo local. Necesitamos de las dos cosas: de fuertes alianzas internacionalistas y de movimientos sociales potentes en cada territorio. La batalla la damos en ambos frentes».

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