Cuentos | La Edad Mágica - Por Sol Barrionuevo

Pensamos que vivir cerca del bosque sería garantía de serenidad. El año pasado nos fuimos de López cansados y dispuestos a encontrar un lugar mejor donde ver crecer a los chicos. Colonia Violeta fue el lugar elegido, entre otras cosas, por la calidad de vida que nos ofrecía. Por ese entonces añoraba salir de las estructuras que durante tanto tiempo habían dominado mi vida, me había propuesto curar la jaqueca crónica y evitarles a Lupe y a Juan las enfermedades que propaga la ciudad. Llegar a Colonia fue migrar a un paraíso escondido.

Al poco tiempo de llegar ya estábamos instalados en una casa sencilla pero perfecta, de adobe y techos bajos. El ventanal de la cocina era sin dudas el detalle más hermoso: un bosque violeta asomaba como un cuadro de acuarelas y hacia el fondo podía contemplarse, brillante, la Gran Pileta. Enseguida conocimos a Celina, fue ella quien nos llevó a la Gran Pileta y me habló de la Edad Mágica. Al principio Emi no quiso saber nada, decía que él no creía en esas cosas y que para qué nos íbamos a meter en eso, que vivir donde vivíamos ya era suficiente. Me enojaba su reacción y sin darme cuenta comencé a persuadirlo cada día más, le contaba las historias que en ella sucedían y le hacía notar sus nuevos logros.

Fue un domingo, ahí cuando todo se aprecia tranquilo. Se arrimaba la primavera y esa mañana salió el sol después de muchos días. Salió furioso y llenó las flores desde temprano. Nuestro jardín era un lamento, las plantas abatidas por un invierno hostil y brumoso parecían ya sin vida, como ropa mal colgada en un perchero viejo. Ese sol que notaba desde la cama me animaba, auspiciaba la fuerza. La calle angosta que bordeaba el bosque estaba especialmente iluminada, la había visto apenas salí del cuarto y me detuve frente al ventanal de la cocina. Llamaba la atención el brillo de ahí afuera, una fotografía hermosa pero algo saturada. Emi preparaba mates en pantuflas y los chicos dormían. Yo lo miraba atenta porque en esos instantes volvía a enamorarme locamente de él. Me gustaba verlo así, desprolijo y dormido, agitando el mate para quitarle el polvillo, destapando la pava para precisar el punto justo del agua. Me calentaba saber que él no pescaba mi mirada y me apuraban las ganas de amarlo encima de la alacena en silencio.

El primer atisbo fue suyo. Mientras tomaba el mate mirando hacia afuera dijo, casi susurrando, qué luz extraña la de hoy. Yo, que lo estaba indagando deseosa, miré afuera resignada. Era cierto. Volví a sentir el paisaje peculiar, ahora la luz se me volvía invasiva. Es invasiva, le dije, dame un mate.

Celina estuvo desde el principio. Fue quien nos dio la bienvenida y nos consiguió una casa para alquilar ni bien llegamos a Colonia. Era una mujer sencillamente bella, con voz suave y mirada afectuosa. Estaba siempre vestida de colores claros y llevaba yuyos colgando de sus bambulas. Pronto se llevó muy bien con Lupe y solía llevarla al bosque junto a otros niños del barrio, a veces teníamos que ir a buscarla porque Lupe no quería salir por nada del mundo. Celina decía que exagerábamos, que Lupe necesitaba separarse de nosotros e insistía en que no la fuéramos a buscar porque invadiríamos su espacio. Un día se había hecho de noche, era muy tarde y no había cómo comunicarse. Emi estaba muy nervioso y me dijo que Celina no le cerraba, me da mala espina esa mina, me dijo. Me ofendí y me sentí angustiada, no entendés nada Emi, le dije. Cuando Lupe llegó lo abracé y le pedí perdón. No la dejamos ir más hasta el verano.

Al salir al patio esa mañana me inundó un olor nauseabundo. Revisé las plantas y observé el aire, estaba denso como lo era en López los días de calor. Por la vereda pasaron dos personas que nunca había visto, una mujer y un hombre. La mujer miraba hacia arriba y él hacia abajo, estaban descalzos. Me quedé mirándolos por unos minutos y ellos se alejaron a paso lento. Pensé que quizás volvían de la ceremonia de Umanita.

Entré y fui hacia la pieza de los chicos para despertarlos. Juan dormía con un bracito cruzándole la cara y el otro abrazando su perro de peluche. La tele estaba encendida con los dibujitos y el sol entraba por la ventana. Lupe no estaba en su cama. Me extrañó no haberla visto levantarse. Me acerqué al baño y golpeé la puerta, la abrí y no había nadie. ¡Lupe! dije, subiendo la voz.

—Qué pasa.
—¿Dónde está Lupe?
—Acostada.
—No, no está en su cama.
—Debe haber salido al patio.
—Tampoco está en el patio… ¡Hija!

Al cruzar la cocina vi a Emi paralizado, de cara al ventanal. Qué es esto, susurró despacio. Afuera comenzó a aparecer gente, de un lado y del otro. Gente descalza. Mujeres y hombres desconocidos, todos adultos, terriblemente descuidados. Se chocaban y se pisaban, se miraban desorbitados. Ninguno miraba hacia nuestra casa. Parecían caídos del espacio o salidos de lo más hondo de la tierra. Iban callados aunque su aspecto era perturbadoramente ruidoso. Emi atinó a cerrar los vidrios inmediatamente. Lupe, dije muy despacio,y un frío helado sacudió mi espalda. Emi me miró serio, su cara dibujó una expresión dudosa. De dónde mierda salieron estos.

—¿Por qué decís mierda, pa?
—Hijo, te levantaste.
—No se dicen esas palabras, papi.
—Sí, mi amor perdón, se me escapó, vamos a tu pieza. Hijito, ¿dónde anda la Lupe?
—Se fue a la Gran
—¿Cómo a la pileta? ¿Sola?

Lo último me lo dijo a mí y ahora su rostro era de desconcierto.

—Emi por favor quédate con Juan, me voy a buscar a Lupe.
—Qué mierda pasa, Julia, la concha de la lora. Vos me estás ocultando algo.
—Por favor, no me putees. Y no salgas con Juan por nada del mundo.

Salí de la casa torpe y apurada, con la impresión de un peligro salvaje. Afuera pude ver más y más gente, ¿era gente? Algunos llevaban bolsas de residuos e intentaban atrapar la luz, o el aire. Cuando lo lograban, llevaban el orificio de las bolsas a su boca, cuidando no perder el contenido, y lo aspiraban como quien toma del pico de una botella. Otros estiraban sus remeras por delante para pescar lo que cayera del cielo. Los más ágiles corrían sin rumbo, desesperados. Buscaban algo, enseguida lo supe, buscaban su Edad Mágica.

La primera vez que me acerqué a la Gran Pileta fui llevada por Celina, a los pocos días de habernos mudado. Emi no quiso ir. Tuve una sensación rara, ambigua, una mezcla de atracción y susto. Estaba llena de agua violeta, despejada y calma. Mirarla unos segundos era suficiente para quedar cautiva. Su profundidad era inconcebible, parecía infinita. Alrededor de ella se practicaban rituales, uno de ellos era el de Umanita, la planta sanadora del bosque. Celina había dicho que sólo podía tomarse una vez que se alcanzara la «vuelta madurativa». Esa tarde me habló de la Edad Mágica y de que ella podía, cuando fuera el momento, facilitarme. Me encantaría introducirte en la Edad Mágica. Le había contado mis diferencias con Emi y ella había dicho que le faltaba madurar. Los hombres no dan la vuelta madurativa al tiempo que las mujeres, Julia, tendrás que hacer las cosas para tu propio crecimiento, estás desoyéndote. Yo quería compartir eso con Emi y quería, también, estar segura. En Colonia se decían muchas cosas acerca de sus rituales, algunas encerraban cierto espanto.

La multitud de ahí afuera parecía no registrarme, observé a uno de ellos de cerca y sentí nauseas. Una certeza arrasadora me tomó el cuerpo: supe que a mí no me harían nada. Me adentré en el bosque lo más rápido que pude, esquivándolos. Ahí estaba el bosque violeta, quieto e imponente. Corrí sin dirección gritando su nombre, el rocío mojó mis sandalias. Tenía la garganta seca y mis piernas temblaban. Lupe, hija, dónde estás. Grité más fuerte y el vacío se ocupó de todos mis años. Me sentí ciega en la desmesura de ese verde. Hasta que la vi. Estaba parada con su pijama color beige, descalza.

—¡Lupe! ¡Hija! Por el amor de Dios, hija, qué haces acá.
—Estoy yendo a la Gran.
—No mi amor, hoy no podes ir a la Gran, tenemos que ir a casa.
—No quiero. Chau.
—Lupe no me hagas enojar. Nos vamos a casa ya.
—Celina me está esperando.
—¿Cómo? Hija necesito que me escuches, mi amor, mirame, ¿Celina alguna vez hizo algo que vos no quisieras?
—Celina es buena.
—Bueno, pero ¿alguna vez no fue buena con vos?

La voz se me cortó como una tanza que se vence de tanto estirar. Comencé a llorar desconsoladamente, me arrodillé en el césped y la abracé tan fuerte como nunca antes. Miré para todos lados y murmuré disculpas. Ella se sonrió y mirando hacia la pileta me dijo, No llores, ahora la tienen ellos.

 

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