Ensayos | La palabra prohibida / no dirás - Por Rosana Guardalá

                                                                                                           una mujer ha muerto
en un hospital

todo el día escucho la radio
no vuelven a nombrarla

muy poco
el cuerpo
de una mujer
en pecado mortal

nosotras
también lo hicimos
ocultas en el silencio

cada nombre
en la radio
es el nuestro. 

Laura Forchetti

 

Retazos de sol cosen el césped. Algunas mochilas quedaron tiradas cerca. Un pequeño número impar lleva pañuelos verdes. Estamos en la sobremesa. Hablamos para darle tiempo a la digestión y traer la torta. El mate está por arrancar. Somos unas treinta personas. Es un cumpleaños grande si pienso que las reuniones se hacen más íntimas y pequeñas a medida que cumplimos más años. Estamos a tres día de que se vote la ley. La ley que puede darnos voz, permitirnos hablar del deseo.

En la puerta de la casa de mi amiga, al lado de la entrada, hay un plinio con una virgen de manto celeste. Alta en el cielo un águila guerrera, celeste el color de la bandera, del mar que no tenemos en esta ciudad, de los otros pañuelos. No hay pañuelos celeste en ese cumpleaños. Los verdes se cargan como insignias, como banderas en el cuerpo, en los bolsos, en los días. Los celestes son más discretos, olvidan el cuerpo, borran los días. Son una reacción, un símbolo del miedo. Las mujeres que desean, que hablan de sus deseos, dan miedo.

La madre de mi amiga mira a uno de los chicos que juega cerca. Lo observa como si esperara que el niño le dijese algo, algo que lo ayudara a comenzar a hablar. Me descubre mientras la miro que mira. Estoy sentada a su lado. Ella cuenta con la mirada los pañuelos y me susurra:

—Con Ricardo, hicimos eso. No tuvimos al bebé que venía antes de Romi.

No dice hicimos una aborto sino «eso». Un algo indefinido que no necesita referencia, que ambas entendemos. Como las malas palabras o los hechizos, la palabra aborto estuvo clausurada durante mucho tiempo por fuera de la lucha feminista. El aborto no se nombra. Sobre el aborto no se habla. Era una mala palabra o una maldición, como me habían enseñado en la escuela. ¿Y si nombrarlo lo hacía aparecer, hacer que existiera? Después de todo, «¿quiénes éramos nosotras para decidir sobre la vida de otro, en este caso indefenso?», nos repetían una y otra vez las monjas. Éramos las nadies de la historia universal.

Ilustración: Sarah Jones | Proyecto «Línea Peluda»

Las mujeres no menstruamos nos «viene el período», «estamos en esos días», «estamos indispuestas». Las mujeres no nos calentamos sino que nos «apasionamos» o somos «fogozas», como decía mi abuela. Todo lo referido a la corporalidad, la sexualidad, el deseo de las mujeres es una paráfrasis. Somos dichas como si fuéramos un tema, algo externo a nuestra propia existencia y si logramos decirnos, nos decimos sin decirnos. Se nos nombra y hemos encarnado esa forma. Las mujeres somos habladas y nos hablamos mediante eufemismos o paráfrasis. Se nos ha dado una lengua escasa, pequeña y susurrada en la que el lenguaje corriente no es nuestro territorio. Hemos sido desterradas de la lengua, de poder nombrarnos por haber hablado demás en el Paraíso. Por querer, saber, hacer, ser. Aún hoy, tomar las riendas de la lengua y decir es el desafío. Dejar de hablar en el cuchicheo, el susurro. En esta lista de palabras susurradas o no dichas, se anota entre las primeras: aborto. No dirás aborto.

Hace unos pocos días una amiga me contó que su madre le confesó un domingo, en medio del almuerzo familiar, que antes de haberla tenido a ella y a su hermano mayor, se había hecho un aborto. Le habían preguntando incansablemente pero siempre lo había negado. El aborto doblemente negado: no existe, no sucedió y si sucedió, fue olvidado. Doblemente culpable: por ser ilegal y por ser un estigma social. Negar, no decir, no darle entidad en un mundo en que nos asumimos como sujetos de palabras. Y si no decimos aborto en lo diario, en los días; ¿acaso lo decíamos en otros lugares, en otros discursos? Esa fue la pregunta que empecé a merodear cuando en cada flaca con un pañuelo verde, veía una aliada, una compañera.

No decir en el ámbito doméstico, en el público, en el laboral. No dirás. Callar para que el paso del tiempo lo desintegre o se lo lleve un viento fuerte. Pero entonces, ¿dónde se narran los abortos? ¿A quiénes? Si la literatura es el lugar en el que se le puede hacer trampa al lenguaje, a las normas; ahí debía encontrar la palabra maldita. Los largos meses anteriores a la votación de la ley, una marea verde plagó las calles. Cada cual, desde su hacer, quería ser parte. Quienes escriben, no fueron la excepción. Así comenzaron a aparecer relatos y poemas que le daban cuerpo, lengua a los abortos. La experiencia comenzaba a ser comunicable, compartida y pública por medio de la literatura. Sin embargo, qué había pasado antes. ¿Había relatos, poemas anteriores? En Rosario, en Santa Fe, ¿se había hablado del aborto?

El libro de Dahiana Belfiori fue al primero que llegué de la mano de la militancia poética de otres poetas. «Tenés que conocer a Dahiana. Se van a encantar», me decían. Antes de conocerla, la escuché y luego, la leí. Compré una edición casi agotada de su libro Código Rosa. Relatos sobre abortos, editado en Buenos Aires por La Parte Maldita en 2014[1]. Diecisiete relatos que cuentan que abortar es un hecho, una decisión que nos permite pensarnos como sujetos no sólo con posibilidad de reproducir sino y sobre todo, como sujetos deseantes y ya no sólo sujetas al deseo ajeno. Que desear esté entre nuestras posibilidades, es desatender a la «ley natural, social». El otro día en la radio, un periodista le decía a un abogado provida que en esa lectura de la ley no estaba contemplado el deseo de las mujeres. A lo que el abogado respondía que la ley no se ocupa del deseo, «no es su territorio».

En Código Rosa…, Belfiori acopia y recupera una serie de testimonios particulares y diferentes de mujeres heterosexuales que han abortado. La escritora y militante convierte las voces en relatos en un afectivo y respetuoso trabajo en el que lo privado y lo íntimo se vuelven público al ser dicho, re-conocido. Este corrimiento que lo vuelve palabra, permite hacer de la experiencia particular un lugar colectivo en el que se puede ayudar a otras. En este gesto amoroso de Dahiana, ponerle palabras, volver relato lo que era balbuceo o decir fragmentado, sale a la luz que el aborto se practica sobre un cuerpo pero en realidad, abortamos todas, las que acompañan, las que escuchan, las que asisten. Las mujeres hacemos del vínculo, una práctica.

Dahiana Belfiori abre el libro con un relato que se llama «No te quiero». Allí es el deseo el que teje todo y desteje también los preceptos y mandatos culturales. El deseo puesto en primera persona en la palabra: no quiero esto para mí. Así como en otros relatos de este libro en los que se narra cómo abortar es también: «Aquel encuentro en la plaza frente al monumento, con un grupo de mujeres hablando […] me di cuenta que ellas hacen lo mismo que hago yo: acompañan a otras mujeres». Abortar es una práctica, una situación compartida. Como bien dice otro de los relatos «Toda decisión es un contexto. Todo aborto también». La maternidad como destino se lee en otro de los relatos: «Mirá querida yo estoy a favor de la vida. No te puedo ayudar. Tenelo y lo das en adopción». La doble moral del discurso médico, en tanto el ginecólogo en su «no poder», le da el dato de «la revuelta» [2], un grupo de mujeres que pueden ayudarla. La protagonista de este aborto piensa que «Todas las mujeres deberían hacerse esta pregunta: «Si algún día me pasa, ¿qué hago?» Lo tenés, no lo tenés. Yo siempre dije: «No lo voy a tener. No es mi momento. ¿Por qué tengo que tener algo que no quiero?» Pareciera ser que lejos del deber ser, la pregunta origina un derecho. Pensarnos para poder decidir libremente.

Ilustración: Juan Paz | Disculpen la Molestia

La ficción funciona tanto como re-creación de la realidad pero también como re-presentación, habilitando la posibilidad de darle lugar al aborto, de darle un cuerpo, nombres, espacios en los que se practica, circunstancias por las que se lo decide.

Una lectura similar se desprende del relato «Cirugía pequeña» de Ana María Shua que aparece en la antología, Buenos Aires. Una narrativa de antología argentina (1999), compilada por Juan Forn. En una casa parecida a otras de la cuadras, muchas mujeres, algunos hombres. Un Doctor que parece un jefe o el dueño de una rotisería. Una a una, por turno de llegada, las mujeres van entrando al consultorio con sus acompañantes y salen enseguida, con un papelito verde en la mano. Gerardo entra con Laura pero ella sabe que a partir de ese momento, estará sola. Una decisión clara de la que ahora duda. Imagina cómo sería si siguiera adelante con el embarazo. Entonces, ocurre: una cirugía menor. La depositan suavemente en una de las camitas de la habitación contigua donde algunas mujeres la miran con curiosidad y otras evitan mirarla. Laura sigue obedientemente las etapas previstas, acostada, sentada en la cama, sentada en la silla, yéndose por fin mientras la enfermera pone en su mano un papelito en el que se indica hacer unas horas de reposo, tomar tetramicina, seguir cierta dieta.

Laura se pierde entre los cuerpos que se miran pero no se nombran. Abortar aparece ligado a un deseo del que se duda: «Laura, que había querido abortar con desafiante orgullo, se siente avergonzada hasta los huesos por haber cambiado de idea». Abortar nunca es una decisión fácil. El aborto atado al miedo: «Laura teme un aborto espontáneo, el justo castigo por haber querido desprenderse de ese hijo que ahora tanto lo desea». Abortar como una práctica expuesta, manoseada, en una casa ajena. Una cirugía dolorosa y violenta: «Como los golpes de un martillo sobre un escoplo introducido en su carne, esculpiéndola, labrándola por dentro, el dolor abriéndose paso a través de la niebla amarillo-verdosa que la inunda mientras Laura trata de respirar hondo, más hondo, para disolverse en el gas que entra por su boca y su nariz y sin lograrlo, oyendo a pesar de todo las voces lejanas hasta que su mano derecha consigue desatarse de las ligaduras que la mantenían prisionera al costado de la camilla y alzarse en un pedido mudo, sin tratar de interferir con el castigo, de interrumpirlo». El dolor es ajeno menos a las otras mujeres que vendrán, a las que también esperan con el papelito verde. No hablan entre ellas. Todas están ahí para abortar pero «mejor no hablar de ciertas cosas».

Tejidos con los hilos del dolor, del no decir, del hacer mal pero hacer; se encuentran en relación al cuento de Shua y continuando una palabra que habilitó Belfiori, los relatos de las escritoras rosarinas Rosario Spina y Vanesa Gómez. Dos textos inéditos que parecieran ser gestados en las tramas de una ley por el aborto legal y gratuito. Rosario Spina escribe «Yo tampoco» (2015). Abortar cuidando a un hijo que sale de cuatro operaciones de pulmón. Dos mujeres. Una, retorciéndose de dolor en el sillón en el que se vela por la salud del primogénito. La otra poniéndole voz al tránsito, a una práctica clandestina y necesaria. Antes fueron dos hermanas en un bar queriendo saber cómo hacer para no morir en el intento:

Las chicas eran dos y se habían citado con mi hermana en una esquina del sanatorio, diez días atrás. Para cuando llegué, ya estaban terminando y ella había apuntado todo en una agenda vieja. Miré la hoja: me había olvidado de la letra de mi hermana. En trazos redondos había anotado dos formas de hacerlo. Su letra me recordó la época que hacíamos cartelitos con fragmentos de canciones. Le gustaba Patricio Rey. Vivir solo cuesta vida.

Diez días luego del encuentro, en el baño de la casa de mi madre, mi hermana expulsaba sangre, coágulos y finalmente algo minúsculo y blando.
No dejé que lo desechara en el inodoro. De camino a casa, lo enterré al costado de una calle que va al puerto. Mientras cavaba un pequeño hoyo, pensaba cómo hacen las que están solas, cómo crían a sus hijos, cómo abortan…

La narradora cumple el rito que le han enseñado: entierra ese algo minúsculo y blando. Mientras, aparecen las preguntas, cómo se hace en la soledad. ¿Cómo hacemos las mujeres para llevar adelante el deseo? El deseo de tener hijos y de no tenerlos. La soledad, el silencio, el ocultamiento. El acompañamiento es entre mujeres, en las voces de las mujeres. Las mujeres son las que cuidan, los que ocultan, las que relatan pero también las que hacen. Las que sin saber cómo hacer y en el miedo, hacen. Las mujeres son las que acompañan la decisión de abortar pero también el oscurantismo que pareciera rodear a toda la práctica. Spina cierra el relato descansando en ese encuentro: «Pasaron dos años del alta de Facu y de la interrupción del embarazo de mi hermana. En un cajón conservo una tarjeta que, con letra redonda, me escribió para mi último cumpleaños: Gracias por acompañarme en la oscuridad. Hoy, en la luz, no me olvido».

Abortar es y sigue siendo, en la mayoría de los casos un saber hacer casero que pasa de generación en generación como cuenta Claudia Piñeiro en «Basura para gallinas» (2010):

En casa de su abuela había tres perros. Su abuela también usó una aguja, pero no la bolsa de plástico sino uno de los dos baldes. Lo que largó su hermana fue al balde de las gallinas. Ella vio a su abuela sacárselo a su hermana, por eso sabe cómo hacer: clavar la aguja, esperar, los gritos, los dolores de vientre, la sangre, y después juntar lo que salió en el balde y tirarlo a las gallinas. Ella aprendió viendo a su abuela. Y así lo hizo hoy, igual que como se acordaba.

Ese saber que habla de una práctica antigua realizada en la intimidad del hogar, en el aullido del dolor, fue y sigue siendo ilegal. Manifestar el deseo de no ser madre parece estar fuera de la ley y ese mandato deja su condena en el cuerpo: parirás o no, pero siempre será con dolor. El dolor como una marca defectuosa que llevamos por querer ser.

Abortar en el silencio, en la clandestinidad y en la vergüenza. Así también lo muestra en «Rayuela» (2018) cuento inédito de Vanesa Gómez. Abortar en un barrio pobre, en el bullicio del juego de los hijos, de la asistencia de la tía-víbora, de la desafección del oficial que está parado en la puerta. Jugar para evitar el fantasma de la muerte:

No le gusta jugar con sus hermanos. Prefiere estar con sus amigos. Pero ellos, desde hace unos días, desde el momento en que regresó la madre, pálida, delgada, desde el momento en que el oficial estatua se plantó a la puerta de la casa, ya no se acercaron. Sus mamás no los dejaban, dijeron. Que era una vergüenza, dijeron.

La sentencia y el castigo por hacer lo que no se debe, lo que está prohibido:

Luis sale de la rayuela y se acerca, despacio, al borde de la calle. Ve los autos pasar. Ve la piedra. Con un perejil, dijeron sus amigos. Se va a ir al infierno, dijeron sus amigos. Y la sangre se iba del cuerpo de mamá, como si toda mamá fuera una canilla abierta. Y el olor nauseabundo ocupó la casa. Y la fiebre.

Hacer en la desesperación, bajo la mirada de quien entiende y no, del que lo único que ve es la extravagancia del día que corre (jugar con quienes no lo dejan, la tía mala en la casa, el oficial extraño en la puerta, su madre pudriéndose):

Luis mira el auto que se acerca a toda velocidad. Avanza unos pasos. Siente el impulso de tirarse de cabeza, como en una pileta. Ve a su madre, en la cama, llorando. La ve como en una película: las hermanas le acarician la cabeza. —¿Qué hiciste? —dicen. — ¿Qué hiciste? —repiten. Y mamá llora en silencio.

Ilustración: ChiariB | Revista Cactus

«Yo no quería tener hijos» le dice a los hijos la narradora del cuento inédito de Lorena Aguado. Ir contra la imposición, contra la ley. Poder decir que sí al deseo propio y hacerle frente a los ajenos. Ponerle el cuerpo al aborto y a la maternidad. A los sí y a los no. Las mujeres batallamos con los cuerpos y en los cuerpos. Llevamos las palabras que nos han negado, la posibilidad de decirnos, el lenguaje que hace visible los hechos y las cosas, en el cuerpo, en los vínculos, en el hacer de los días.

Las mujeres que hemos sido educadas para el silencio y el ámbito privado, encontramos en la literatura un modo de comenzar a decirnos, de tomar la palabra. Un gesto mínimo y potente en el que usamos y revertimos el mismo procedimiento al que nos han condenado: ser una paráfrasis, hablarnos con eufemismos. Las mujeres hacemos y en ese hacer mostramos. Que nos roben las palabras, que se queden con la rusticidad y la transparencia de la lengua; nosotras tenemos el deseo que teje el suelo y el techo del mundo.


[1] Reeditado a principios de este año. Será editado por primera vez en España, por el mismo sello y
distribuido por Traficantes de sueños a partir del mes de octubre.

[2] Fragmentos del Manifiesto socorritas. Para leer entero visitar:

 

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