Poesía | Serenata a los 90 - Por Federico Oña | Ilustración: Francisco Toledo

A Gerardo Lianza

Fueron los mejores,
los más afectados por la ninguneada de la ciencia,
los que comían laberíntos
cibernéticos
de las manos de las ruinas.

Fueron los empleados en negro del tiempo,
los hijos bastardos de la gloria,
los hipopótamos del silencio.

Era el cáncer de mi madre mirando al ángel cosificado
de mi padre cuarentón y desempleado.

Era mi madre luchando contra el cáncer como una bestia
para ser la hipótesis inconmesurable del misterio
en el lenguaje fantasmagórico de los vivitos y coleando.

Eran mis partículas en patas por lo que no tiene nombre;
decir «muerte» hoy, en un día así,
suena como una trivialidad
digna del mayor desprecio.

Es decir los segmentos de tu desgracia
cogen como un enfermito de los nervios.

Es decir Dios y zafar un día del laburo para ir
a donar sangre, justamente, sangre.

Es tener los huevos mojados en el cuenco
lagrimal de una lagartija parecida
a la que atraviesa en el movimiento desquiciado
de una cámara en mano las paredes
sucias del balcón de tu
departamento.

Es pensar rabiosa a la lengua de las cosas,
como bajo el efecto de una droga,
y asumir lógico el descubrimiento de
que Papá Noel no existe.

Es ser la basura tecnológica
de los espantapájaros.

Todos ellos con sus caras de cuis,
los que se inyectaban diccionarios
de inglés español en las hormonas
para asistir con dignidad al umbral
de la globalización;

Fueron los mejores
los que murieron de sida, como
onomatopeyas,
para nada.

Ilustración: Francisco Toledo

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