Cuentos | Tormenta de perros - Por Wachi Molina | Fotografía: Agos De Mileto

I

 —Pará, que no doy más. Estoy todo chorreado —gritó Juanito.
—Yo tampoco. No puedo respirar.

Los chicos detuvieron la marcha, en medio de potrero. A lo lejos, la calle y, a un costado, apenas un rectangulito sobre la línea del horizonte, la casa. Arriba, un colchón de nubes densas que daban vueltas, deshilvanando blancos sobre el celeste, y también grises, azules, negros. El sol apenas se traslucía, tapado en humo. Y el aire sofocaba; parecía sacar el oxígeno de los pulmones y meterse, adentro, caliente y pesado, pero de vacío. El cielo agitado era lo único; ni una brisa, nada que aplacara el infierno, se movía. Las manos sobre las rodillas y el jadeo de un abdomen encorvado. La remera roja con rayitas amarillas. Juanito. Las otras manos que se despegan una blusa verde del cuerpo y la sacuden, para ventilarse. El volado en el cuello. Juanita. Se miran y es suficiente. Otra vez a correr, sin pausa. Adelante, el monte. Un manchón oscuro que se levanta con protuberancias turbias sobre una pendiente del potrero y ellos dos que no se frenan y parecen dispuestos a atravesarlo.

—Apurate, que falta poco.
—Es que ya no puedo, así.
—Si nos agarran; ahí sí que no vas a poder…

Y Juanita apura la marcha. Voltea la cabeza y no se detiene. Su hermano tampoco. Se pierden en el monte, devorados.

II

 Parecen cascaritas de papas peladas, amarronadas y en montones sobre el piso, las hojas secas. Lo corta todo, el sofocón; hasta el aliento y el plano: los tronquitos finos y pelados de unas plantas que crecen bajo las sombras de otras espinosas y altas; desconocidas ambas o sin nombre, lo que es lo mismo. Un chasquido de hojarasca pisada crece a un costado. Se ven apenas, cortados, bajo los espinos altos, y entre los troncos pelados, los campos, allá lejos. Cuatro piernas se mueven angulares de derecha a izquierda. Con los tronquitos, se confunden; pero tienen soquetes y caminan. Compases cinéticos.

Desde arriba, vemos el piso en puntillismo marrón y sobre él círculos de cilindros de madera. Un sombrero rosa y una gorra celeste. Las manos que se toman de los tubitos e impulsan el movimiento. Ahora las caras de los chicos otra vez. Ni un filtro de luz acá abajo, por la tormenta. Parece el crepúsculo y es apenas el mediodía.

Juanito se sienta en un árbol derribado, en descomposición. Juanita a un costado, en el sotobosque. Casi sin respirar; no hay aire. Retumba sordo y cóncavo, un trueno, entre las ramas. Tiembla el piso. Los ojos grandes; cuatro huevos fritos, de yema negra, como el cielo que gira, furioso, arriba.

—Hubiera sido mejor que nos quedáramos —agrega Juanita.
—Sos loca vos. Nos van a cagar a palos…
—Sí; pero hay tormenta y…
—No seas cagona.
—No me quiero quedar a vivir acá —y baja la cabeza, con dos lágrimas que caen y estallan en el suelo—. Extraño…
—Los palos que nos dan. Yo no vuelvo, si vos querés, andá. A mí no me pegan más —los ojos al horizonte, bajo los árboles, donde se ven los rayos estrellarse en el suelo.
—Pero es que ahora todo va a ser peor; tendríamos que habernos quedado…
—¿Con lo que hicimos?

Más oscuro, se ha opuesto. Es la noche en el día, en la infancia. Cámaras de fotos que chisporrotean, enceguecen. Y el viento que llega y trae un respiro, fresco; pero con fuerza, tanta, que se oyen las ramas quebrarse en el monte y se ven otras pasar, por la panorámica cortada, volando sobre los campos.

III

 La tormenta se veía levantarse, lenta, desde la tierra, y bajo la rama de un árbol que cruza el plano superior de la visión. El calor aún venía e iluminaba desde arriba, potente. Había un banquito bajo la rama. Las voces de los chicos se acercaban. Juanito, que tiraba de las manos del cartucho en el plano inferior. La cabeza del perro, con expresión asustada; luego, el cuerpo y, detrás de sus patas Juanita, que empujaba exhausta. Lo acomodan, a un costado del banco. Juanito lo inmoviliza.

—Sentalo en el banco —ordena Juanito.
—Pero no puedo; si no tengo fuerzas —afirma Juanita; la frente cruzada de transpiración.
—No seas inútil. Apurate.

El cartucho sacaba la lengua y respiraba con dificultad. Llenaba y vaciaba los pulmones, agitado. Las manos del chico en el abdomen del animal que subía y bajaba.

—Dale, subilo; mientras yo lo hago en la planta.

Juanita se agachó, abrazó al perro y lo estrechó contra la pollera. Intentó levantarlo, pero las manos escaparon por los intersticios de sus brazos. El perro quiso escapar; sin embargo, Juanita volvió a tomarlo. Un último intento, hizo y consiguió subirlo en las sillas. Otra vez la lengua al costado; pero es Juanita quien infló el torso, entonces. Juanito estaba trepado en la rama, la soga también.

—Atalo. Dale; yo termino de ajustarlo cuando bajo.

Era rugoso el árbol y había hormigas. Juanito bajó de él como gato que había cazado un perro. Término de atar el cartucho. El perro tenía los ojos vidriosos.

—¡Qué bueno! ¡Va a volar, el cartucho!
—Sí, va a volar; pero falta una cosa todavía…

Entonces, una patada tiró el banco al césped. Un grito sordo y lastimero de perro retumbó y tembló el campo. La tormenta cortaba en dos el cielo allá, sobre la cabeza. Volaban los alguaciles y los chicos jugaron, hamacaron al cartucho colgado de la planta. El perro inmóvil. Juanita aplaudía y daba gritos eufóricos y su hermano columpiaba al animal. Viento y hojas bailaron bajo el árbol. Fiesta. La tormenta había cubierto casi todo el cielo. Juanito cortó la cuerda y el cartucho se desplomó en el césped. Inmóvil. Juanito se acercó y le dio una patada.

—No se mueve…

Los ojos abiertos, grandes. Un sacudón. Ninguna respuesta. Entonces, el niño desató la soga del cuello.

—Se murió —sentenció.

Juanita dejó caer los brazos a un costado y miró la casa, en frente del árbol, del árbol en el que tiempo atrás ataban a su abuelo. Para molerlo a palos. Por borracho. Se oían voces adentro.

—¡No! ¿Cómo que se murió?
—Sí, ¿no ves? —y volvió a patear el cuerpo.
—El papi nos va a morir a nosotros; nos va a dar con el látigo; nos va a encerrar. Abajo del árbol, como al nono, le hacían ellos. No, no puede estar muerto…

El llanto se desparramó en la mañana. Juanito se reía, nervioso. La tormenta había sombreado el día.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó la hermana.

En ese momento, vieron el monte. Nubes negras acostadas en la llanura. No lo dudaron.

IV

 El viento arquea las plantas y hace que vuelen hojas y ramas en el aire. No hay calor que corte el mundo ahora, sólo un viento que fluye y al que no le importa arrastrar un poco de monte. Es fuerte, por cierto. Juanita está asustada y tiesa observa cómo los rayos caen. Juanito trae cañas y las dispone en un tronco de espino; arma una choza. Hay silencio; no se oyen cantar los pájaros. Lo único que se escucha es un silbido seguido de una inhalación que devuelve su compostura vertical a los tronquitos. Juanita mira en dirección a la casa que ni se ve tapada por los árboles. Un trueno ronca en la penumbra y Juana se agita como el Cartucho, hace apenas un rato.

—¿Te falta mucho? —pregunta a su hermano.
—Y, si vos no me ayudás.
—Es que tengo miedo…
—Dale; vamos al cañaveral; así me ayudás a traer un poco más y terminamos.

Salen. Los zapatos y las alpargatas crujen en las cascaritas secas de las hojas. Cada tanto, un helecho o una rama se interponen en el camino. Los brazos las corren. Avanzan. Ahora la visión se pierde en el claro: una llanura de pastizales que crecen rodeados del monte. Enfrente, se doblan las cañas y Juanito corre sin obstáculos en el camino. Cuando Juanita los ve, hace lo mismo. Llegan y se pierden entre las cañas. Algunas tan secas, pero otras, en cambio, mueven sus chalas filosas. Juanito escoge las verdes y comienza a doblarlas, las pisa lo suficiente hasta que están quebradas y, luego, forcejea hasta que logra arrancar una. Primero esa y, más tarde, otra y luego otras y otras y… Juanita las amontona en el claro. Comienzan a caer nuevamente algunas gotas. Si el agua los agarra fuera del monte, se hacen sopa.

—Apurate, que se está por largar.

Se apresuran. Ademanes que se repiten con las cañas: cortar, sacar y juntarlas y cortar, otra vez. Las nubes se adensan, negras, arriba. Ahora, los chicos corren hacia el monte y sucede. Un relámpago cae, brillante, en uno de los árboles. Las pupilas se encandilan con la serpiente eléctrica que se dibuja en el cielo convulsionado. Ahora el árbol arde como una fogata. Se derrama en chispas sobre el suelo y comienza a arder la gramínea. Juanita se paraliza y mira a su hermano que, también, queda inmóvil. Comienza a juntar los troncos que encuentra en el suelo. Aterrorizado, se yergue con la leña en los brazos y dice:

—Nos vamos; le decimos que vinimos a juntar leña. Nos vamos ya.
—Pero, ¿y el Cartucho?
—Le decimos que nosotros no fuimos.
—Pero Juani…

No puede terminar, su hermano atraviesa los espinos, hacia el llano, en dirección a la casa. El fuego crece como una aureola de luz. Es inútil protestar y ni pensar en quedarse sola en el lugar; pero ¿y el castigo?; ¿pero sola? No. Lo sigue, veloz. Ahora corren otra vez en el trigal. Un chaparrón se descompone en gotas pesadas y melodiosas. Puntos de agua plateados y después lineítas. Los chicos bajo ellas, con la leña en los brazos. Cerca de la casa, una luz en la ventana resplandece. Recorta una figura humana, turbia y con gorra, y que tiene algo así como un palo en la mano.


«Tormenta de perros» forma parte del libro inédito La Juanita. Su película. Ha sido seleccionado en el concurso de la Editorial de la UNR en 2007, para la antología de Cuentistas rosarinos. En 2018, fue adaptado en el capítulo audiovisual Los narradores, de Ignacio Blaconá. 

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