Poesía | Cabeza de vaca - Por Marcos Mizzi

valle calchaquí

el camino se retuerce por la entrepierna de la montaña

más allá del desierto hay un valle
habitado por misterios simples, florecidas mozas
y paisanos tronando en silencios

¿qué azahar de azares nos guió hasta esta mesa
donde la coca entrecierra sus párpados
y el vino hace andar a la guitarra
meciendo su cintura con una paz que estremece?

no es la paz definitiva de los cementerios
ni el falso zen de los dotores
lo que nos colma el vaso, el futuro
si no la calma de aquel perro siestiando en el umbral
la armonía de la llovizna que amansa los arenales
y vuelve húmedo al río seco

¿qué azar en los azahares inundó la quebrada
juntándonos en torno a la carne asada
y los espíritus que todavía cantan en los cerros
sus historias de dolor, de gozo, de luz y de gloria?

la amistá como montura, el ocio como sombrero
y la rima como bandera; las cantinas, las parras
los chañares, unas sutiles ruinas

y el camino acariciando
las faldas de la montaña
hasta el valle

tan verde que arborea


Dios te selva, campesina

levantón del Sol
por la mañana

me voy a la zafra, me voy
a buscar el oro
dentro de la caña

alcohol y tabaco, tabaco y alcohol
¡qué dulzura amarga
la de la distancia!

lejana, ¿dónde andarás?

¿dónde estarán tus ojos?
esos que eran
lo más cercano al agua

 

última carta

y es que por ser ciertos mi final no fue
en los campos de Auvers

aquel verano me fui
a las Indias del Sur

en el monte no había molinos
pero el viento seguía andando

conseguí yancho, yifle, peyo
una guayna gorda, de piel cobriza
como las que conoció Gauguin

mi sangre fue sanando, lentamente
se hizo parda por el mate, dorada de tigres
perfumada por laureles de olvido

¡qué de pájaros! ¡los colores!
los cuarzos, jaspes y topacios
el camino rojo desvirgando la selva verde

cada árbol tenía un drama
que traté de cantar con mis pinceles

lloré con ellos la muerte de Quiroga

quise hacer eternos los ejércitos del agua
la espesura, los ojos campesinos
sus manos y su silencio

hermano, creo que fui feliz

una mañana el viento se demoró
espiralándose en mi única oreja
y me arrebató un suspiro
último, montaraz


cabeza de vaca

os lo juro por el siglo de mi madre
nunca habéis visto nada igual

joder, que me temblaron las patas
señor, frente a semejante agua

invitadme a beber, dejadme evocallo
que sólo puedo recordar
lo que alguna vez olvidé

cierto, sí

en el principio fue el ruido
un rumor indefinido
una cigarra gigantesca
que a lo lejos susurraba

era durante cierta hora de la tarde
en la que el Yguazú se vuelve cobre
y todo alrededor habla

aquella vez, sin embargo
yendo por el dicho río
nada nos hablaba

sólo la agua que gritaba
a medida que avanzábamos

ya no pudimos escuchar otro asunto

la corriente corría
poseída entre las peñas

necesario fue hacer tierra las canoas
y ciertamente así lo hicimos
proseguimos, pues, por la selva
tras el fluvioso grito

así llegamos al milagro

donde el río de improviso se partía
se hallaba un salto colosal

creedme que casi me devuelvo

hube de azotar algunas espaldas
para saberme que existía

largo tiempo quedé contemplando
la fuerza inmensa del agua
que se precipitaba infinita
dueña de mil brillos
en el abismo

¡me gustaría poder referille esas luces!
¡aquel torrente de diamantes en la espuma!
¡la cabellera de la Vírgen de los Ríos!

joder, señor, que aquí me callo
que aunque vuesa merced
me invitase otras diez rondas
no podría referille todo aquel fulgor

ocurre
que no soy digno de mis ojos


la noche del fin del viaje

algún día voy a aprender cómo
se llaman las constelaciones
el idilio muerto del vacío y de la luz
las estrellas indiferentes
que hoy me ven volver

llevo en mi mochila unos poemas de Castilla
los ojos de las niñas jipis
la magna tierra, el vino blanco y dulzón
el enigma de los coyuyos

el valle que ayer conocí hoy entró en el pasado

en simultáneo, alguien que yo no soy
está recorriendo esas arenas

mañana otro las nacerá también

hay un laberinto llamado tiempo
anduve sus caminos
rastriando el hilo de los que me precedieron
con mejor suerte que la mía

cuando llegue a casa el valle va a seguir ahí
bajo el cielo estrellado
sin nombres que lo abarquen
sin mañanas que puedan volverlo recuerdo

no soy yo el que esto afirma
son las cenizas

Fotografía: José M. Ciampagna

 

* Poemas incluidos en Cabeza de vaca, uno de los fanzines que editará Pesada Herencia.

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