Cuentos | Circo - Por Walter Abaca

A una cuadra de mi casa hubo por años un desarmadero. Los pibes de las cuadras que rodeaban el predio solíamos, cuando los dueños del lugar se descuidaban, entrar por debajo del alambrado para perdernos dentro de ese laberinto de autos desguasados y botellas de litro apiladas. Pero lo que en realidad nos llevaba a entrar en forma clandestina era un rincón en donde se amontonaban los tambores de doscientos litros. Nos queríamos robar uno desde siempre. Nos atraían los tambores. Los veíamos como a una casa. Como cucha de perro. Como rueda en donde hacer equilibrio caminándole encima para cagarnos a golpes por sobre el pasto o la tierra hasta lograr dominarlo y hacer varios metros sin parar. Eran también muy solicitados por la mayoría de los padres de mis amigos porque que casi todos eran de profesión albañil. Los cortaban a lo largo para fabricarse los cachimbos en donde se hacia la mezcla.

Los tambores de doscientos litros en el barrio tenían esa función y no sabíamos qué habían contenido originalmente. Llegaban al desarmadero como chatarra para ser negociada. Un día, unos pibes de un barrio que lindaba con la ruta, bastante lejos del desarmadero, saltaron el alambrado y todavía hoy me pregunto cómo hicieron para sacar un tambor, tarea imposible para nosotros. Lo llevaron rodando hasta un montecito a unas pocas cuadras tirando para el sur. El tambor les había resultado más pesado de lo imaginado. Se dieron cuenta de que unas de las tapas estaba atada con alambre de fardo. Cuando lo desataron notaron que era pesado porque estaba relleno con cemento. A alguno incluso, se le ocurrió la broma de que seguro lo había llenado un albañil impaciente que no había ni esperado a cortar el tambor para hacerlo cachimbo. Pero la risa se les cortó cuando vieron que de la mezcla sobresalían dos pies desnudos al que a uno le faltaban dos dedos.

Cartel & Ilustraciones Festival de Circo de Albacete

Después de lo que pasó me aleje un tiempo del desarmadero y de los pibes. La policía había visitado algunas casas del barrio preguntando boludeces, las suficientes como para que me borrara. A los otros pibes nunca más se los vio. Días después en un descampado no muy lejos de mi casa montaron un circo como ya lo habían hecho en años anteriores. Pero a éste había decidido no ir.

—¿Viste el circo Lorenzo?
—Sí, lo vi.
—¿Vamos el sábado?
—Ni en pedo.
—¡Cagón! Nosotros con los chicos vamos.
—Hagan lo que quieran. Pero no es en lo que habíamos quedado, loco. ¿No se acuerdan del último? ¿Eh?

Generalmente, a los parques de diversiones y a las carpas circenses las ubicaban en un predio más cerca del centro, pero cuando a la municipalidad se le complicaba cederlo los mandaban al barrio. El primer circo que recuerdo en ese lugar era chiquito y pobre pero la novedad del suceso nos había excitado de tal manera que estuvimos horas y horas mirando el movimiento de los trabajadores que lo armaban. Ese año habían pedido por la radio del pueblo personas jóvenes, fuertes y dispuestas al trabajo duro. Incluso, la paga por hora era importante y enseguida la oficina que funcionaba en una de las casillas se pobló de muchachones fornidos.

La gente de los circos suele ser rara. O al menos esa es la imagen que uno ve de ellos o que a esas personas les gusta provocar. Andaban por las calles de tierra anoticiando de su llegada a los que habitábamos el barrio. Tocaban la puerta de las casas y te hablaban como los mormones. En un volante que dejaban decía que la inauguración iba a ser en la calle, la que daba al frente de la carpa. Primera función gratis con caramelos, chocolate caliente y gaseosas para los que fueran. Y ahí fuimos. Llena de pibes y pibas estaba la puerta de la carpa. Un payaso flojo de traje hacia malabares y arengaba a que nadie se perdiera lo que en un rato iba a suceder. El circo era pobre pero el refrigerio no. Llenamos nuestras panzas con los dulces, líquidos y sólidos hasta más no poder. Salíamos corriendo hacia algún árbol porque nos meábamos todo el tiempo. Las pibas entraban al baño del circo de a dos a las carcajadas y salían al rato hasta hacer cansar a las cuidadoras que enojadas las mandaban a los árboles. Ahí se rodeaban entre ellas para que nadie las viera hacer.

Cuando el payaso soltó su última bola al aire acompañada por un estruendoso grito dos o tres pibitos cayeron de culo del susto e inmediatamente las risotadas resonaron en todo el predio. El anuncio convoco a todos los niños y a casi todas las niñas. Las rezagadas aún permanecían en cuclillas totalmente descubiertas por el apuro de las que las protegían de las miradas de los pibes. Y ahí lo vi. Un señor petisito escoltado por un séquito desprolijo se acercaba al tumulto haciendo rodar un tambor de doscientos litros. ¡Atención! ¡Atención, señoras y señores! Aullaba el payaso. ¡El circo Papelito se presenta en el barrio para deleite de todos!

El dueño del circo era el petiso que comandaba la barra circense. Detrás de él un tipo alto, con la cara pintada de blanco, una pareja de enanos montados sobre dos ruedas con pedal y al fondo dos señoritas caracterizadas como si fueran bailarinas de valet. La rubia arrastraba los pies como si estuviera cansada, muy seria y despeinada. La otra un tanto más alta tenía un aspecto raro. El pelo le caía sobre sus hombros y le ocultaba la mitad derecha de la cara. De vez en cuando, con un movimiento de su cabeza corría el mechón y se le veía todo el rostro. Tenía una forma particular en sus movimientos femeninos. Me daba la sensación que hacia un esfuerzo para lograrlo. Movía sus caderas como una odalisca al ritmo de la música que salía de los parlantes. Un movimiento árabe que no se condecía con el estilo musical que inspiraba el baile, una cumbia de los Wawancó. Mis ojos no podían dejar de mirarla. Por momentos era una mujer y por otros, un hombre.

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A cada rato volvía a poner atención en ella. No podía descifrar el misterio y mi última mirada hacia su cara fue recibida con un guiño de su ojo destapado. Cuando el dueño del circo rompió la primera botella con la que iba a iniciar la prueba depositando los pedazos dentro del tambor, una pequeña esquirla me pegó debajo de uno de los ojos. La extraña mujer de caderas bamboleantes me miró y siguiendo su bamboleo se acercó hacia donde me encontraba. La miraba llegar, se dirigía directamente a mí. Apoyó la yema de su dedo anular en mi pómulo ardiente, se miró la sangre que había limpiado y se lo chupó. «Ahora poné el tuyo así, para la sangre. No te impresiones con esto porque lo que vas a ver en un rato va a ser bastante más chiquito» me dijo y volvió a su lugar en el séquito.

Crac, crich, crim. Tuc, tuc. Crac, crich, crim. Tuc, tuc, tuc, tuc.

El petiso dueño del circo ahora estaba en cueros. El payaso anunciaba la prueba más peligrosa del mundo. El hombre alto tomaba botellas de litro que le alcanzaba el enano en bicicleta. La mujer caderuda, de labios rojos pintados, llevaba en sus manos un cajón de madera en donde estaban acomodadas las botellas. La mire una vez más y creí notar barba en su cara. La chica despeinada se quiso agarrar un cajón pero la mujer caderuda se lo impidió. Quedo sentada la chica despeinada con cara de odio. La mujer caderuda sonrió. El hombre rompía las botellas en el filo de la boca del tambor. La mitad de la botella caía dentro. La otra mitad despedazada la juntaba la enana. El payaso vociferaba. Decía. Contaba. Que el dueño del circo Papelito iba a meterse dentro del tambor repleto de vidrios rotos y que iba a girar cincuenta metros dentro y que al salir ningún rasguño poseería. «¡Ningún rasguño poseerá!» Decía. El petiso dueño del circo cubrió con una manta su cabeza y lentamente se introdujo dentro del tambor. La gente hacia gestos. Muecas de impresión. El chirriar del vidrierío se escuchaba y una niña soltó su llanto. La madre le tapo los ojos y siguió mirando. ¡La prueba más difícil del mundo! Taparon la boca de entrada con una chapa redonda y la ataron con alambre de fardo. Los pibes nos miramos de reojo. ¡Ahora!, dijo el petiso y todo su séquito comenzó a empujar el tambor. ¡La prueba más difícil del mundo!

Crac, crich, crim. Tuc, tuc. Crac, crich, crim. Tuc, tuc, tuc, tuc.

Antes del terminar el segundo giro el tipo pegó un grito y la mujer caderuda se tiró sobre el tambor, abrazándolo, deteniendo al instante el movimiento. Desataron el alambre mientras entre todos levantaban el tambor y lo apoyaban en forma vertical. Los pibes volvimos a relojearnos mientras la chica despeinada se metía en una de las casillas. Los vidrios llegaron al fondo cubriendo los pies del tipo. El dueño del circo se destapo la cabeza, hizo una seña y el hombre alto le quitó los pedazos rotos de las botellas incrustados en la espalda. Hizo una seña, se volvió a cubrir y lentamente voltearon el tambor.

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¡Dale, ahora! Ese dale ahora era la orden para comenzar otra vez el giro. Despacio. Una. Dos. Tres. Cuatro vueltas. El segundo grito fue más potente que el primero y un tanto desgarrador. La mujer caderuda reaccionó al instante, pero tuvo la mala suerte de tropezar con la rueda de la bicicleta del enano que había tenido parecida reacción. La rueda siguió sola unos metros y el enano dio de lleno con la cabeza en el piso. Los gritos del dueño del circo no se detuvieron. El tambor seguía su derrotero con ayuda de una bajada que de pronto se presentó en el terreno. Iba el tambor a los saltos. El ruido de los vidrios en la chapa resonaba estrepitoso. Crac, crich, crim. Tuc, tuc. Crac, crich, crim. Tuc, tuc, tuc, tuc. Y los Wawanco. No te vayas corazón No me niegues tu reír No te vayas corazón Que sin ti voy a morir.

«¡Que alguien lo pare!» Gritó la enana y un viejo, que estaba pitando un armado y miraba de lejos, de pronto se encontró con el tambor dirigiéndose hacia él. «¿Así que te haces el rebelde?», dijo y le puso una pata encima. Cuando lo rescataron al valiente del circo, la sangre le cubría el cuerpo. Escupía pedazos de vidrio con sangre. Los tajos de la espalda se habrían como rosas rojas. Los gritos de auxilio duraron la media hora que tardó la ambulancia en llegar al circo. Lo sentaron en la camilla y lo último que vi fue a la mujer caderuda que le pasaba una toalla por la cara. La chica despeinada salio de la casilla. Se acerco a la mujer caderuda y por lo bajo le dijo que era una hija de puta. Los pibes retrocedimos desorientados. La mujer caderuda me miró por última vez y una media sonrisa se dibujó en su boca. Cerraron la puerta de atrás y la sirena se escuchó un rato largo. Uno de los pibes me miró. «¿Qué pasa?», le dije. «¿No te diste cuenta, boludo?» «No», le contesté «¿De qué?» «Le faltaban dos dedos de la pata. ¿No viste?»

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