Cuentos | Desde la cima - Por Pablo Bigliardi

Creo que mi forma de cortar el cabello es de las más raras del circuito peluqueril. Nunca empiezo por el punto habitual de la cabeza sino que voy cortando lo que sobra desde el lugar menos pensado y eso desconcierta a los clientes. Si encuentro una punta seca o dañada en la nuca, la corto antes que el resto del cabello y será la mecha guía que continuará con el corte, procedimiento que no funciona en el marco de las técnicas establecidas. Hay veces en que empiezo por la nuca, otras por los laterales o parietales, pero nunca recurriré al viejo método de la cima por ser el más frecuente del peluquero tradicional. Si voy a un curso de peluquería y veo que la estrella de turno trabaja en el escenario haciendo un corte que comenzó por la cima y continúa corriendo con el peine mecha por mecha hasta la coronilla, será caso perdido y buscaré distraerme con algo hasta el siguiente corte. Si es reiterativo en la técnica mi tolerancia de grado cero sentenciará mi partida porque no encontré nada nuevo para aprender. Incluso sé que algunos viajantes de productos de peluquería hacen apuestas sobre cuánto tiempo me quedaré, parece ser que formo parte de algún club de los huidizos y los veo riéndose, mirándome y sacando dinero de sus bolsillos. Gente a la que no le interesa ninguna cuestión creativa, ni discusiones técnicas, sólo hay que comprarles sus productos y serán felices. Es que me cansa ser un peluquero mediocre de cortecitos medidos con técnicas seguras y tinturas cenizas, por eso busco el resultado más provocador o más distinto.

En esos cursos o atelieres como suelen llamarlos aquellos que creen ser artistas, se ve la repetición constante e interminable de técnicas seguras cuyos resultados generan la tranquilidad mediocre que me rebela, que me ha llevado a lo largo de los años a ensayar distintas alternativas por el hecho de no ser uno más. Porque mi rebeldía brota desde la tranquilidad de los otros y mis interminables conflictos han formado un temperamento peluqueril que actúa como un payaso o un distinto adentro de la peluquería cuando en casa vivo la calma más normal que pueda mantener una persona común. Y pese a que vivo a prueba y medido por el posible error, busco la forma de atención distinta que suavice situaciones incómodas. Es que la peluquería tiene eso de la salida laboral rápida en donde no hizo falta la secundaria y no hay muchas materias para estudiar, ni otras para educarse. Al que verdaderamente le interese el servicio con todos sus significantes y conjeturas, le llevará un máximo de diez años de aprendizaje entre perfeccionarse y saber atender a un cliente. Luego la rutina irá llevándose puesta a la monotonía que alternará con algunas sorpresas de modas y la originalidad no es algo que se luzca últimamente por este nuevo siglo: el resultado de una copia del siglo anterior termina siendo lo más original hasta hoy.

Hay ocasiones en que desconcierto a mis clientes y aunque sean distintos hora tras hora, evito ser una maquinita repetitiva y poco original. Claudio Martín fue uno de los que más recalcó ese procedimiento, tanto que un día se cansó y no vino más a la peluquería. A lo mejor porque quería que continuara con un solo método de corte. La cara de contradicción de Claudio era de las más divertidas de la peluquería. El tipo ha manejado su vida al criterio de un líder nato por la forma en que empezó de laburante en la súper tienda «La Favorita», continuó recorriendo la ciudad de Rosario de taxista, hasta lograr el estado de figura internacionalmente conocida por haber sido un referí ecuánime y está culminando su carrera nuevamente arriba del taxi. Quisiera imaginarme un viaje con él y sus charlas, en especial sus consejos a lo gaucho Ortiz. Cuando voy a tomar un taxi pienso en encontrarme con él en otra situación porque las oportunidades en que le cortaba el cabello me intimidaba y este caso sería al revés: yo, cliente que paga, situación que podría crear una charla más pareja. Recuerdo el día en que lo escuché dar uno de los consejos más perfectos que me haya tocado presenciar. Se trataba de Brian, el pibe que limpiaba la peluquería. Hablaba a los gritos sobre el próximo tatuaje que se haría y del expansor que pondría en su oreja para ampliar el agujero de ese pobre cartílago que no resistía más estiradas. Vivía a dos cuadras de la peluquería en una villa de emergencia y le ofrecí el trabajo para que dejara de mendigar porque lo veía a diario molestando a los vecinos en la calle. Esa oferta le cambió la vida porque con el tiempo trabajaría haciendo limpiezas, mandados, comisiones, pago de impuestos hasta crear una agencia de cadetería. Tenía la costumbre de pararse con el escobillón en mano y participarnos de lo que hacía de su vida frente a los clientes o a quien fuera sin enterarse de con quién hablaba. Sólo quería contar su asunto y jamás escuchar al otro. Sus problemas eran de público conocimiento, pero no había forma de que se integrara. Esta Situación veleta molestó a Claudio y fue la primera vez que el Brian se quedó quieto escuchando a alguien, inclusive le preguntó cómo era entonces que tenía que proceder para tal o cual situación.

Claudio contaba con el título que pocos tienen en su haber que suele denominarse Institución Calle, en donde nos criamos algunos y trabajamos atendiendo gente, circulando, padeciendo el asfalto o la vereda en la que nos sentamos con una coca en la mano a charlar. Su tono urbano, distinto al de los pueblos en donde lo habitual es la espera y las circunstancias se van dando en el transcurso de los días, iba a más de ciento veinte kilómetros por hora mirando a cada minuto al espejo retrovisor, apretando el volante de un auto que funcionaba con la velocidad de la tensión. Sus oraciones empezaban revolviendo la llave del tambor de arranque de su taxi y ponía primera con palabras estilo tanguero de vozarrón grave producto del cigarrillo, vicio que se advertía desde la última línea de sus labios porque a los fumadores se les ennegrece la boca anunciando la oscuridad que vendrá después por consecuencia lógica. «Escuchame pibe», «Yo te voy a decir una sola cosa», decía señalando con el dedo de una mano y con la otra metiendo los cambios. La segunda marcha era la pausa para llamar la atención del oyente, en donde el motor asentaba la velocidad para lo que vendría. Con la tercera puesta había que sentarse a escucharlo porque es el cambio más largo que se mantiene en la ciudad y pocas veces se vuelve a la segunda, sólo en caso de frenada brusca o semáforo en rojo por lo que deberá reiniciar la marcha para aclarar el concepto. La tercera sostenía la cadencia de la charla paternal que no tenía desperdicios de ningún tipo, hasta yo a veces creía ver al padre que nunca tuve al lado de Claudio. ¿Algún jugador de primera se habrá dado cuenta de esto cuando los sancionaba? Doy fe de que el locazo los amonestaba en el momento justo y en situaciones injustas pude escuchar a jugadores y periodistas que juzgaban la imparcialidad del Claudio. Parecían luchas de nenes de ocho años peleando por la pelota o el postre cuando Claudio desde su altura de metro noventa, sacaba tarjeta sin miramiento, pero con la sonrisa que determinaba el paquete y la mirada de asesino tan clara que intimidaba. Su nariz de águila salía para adelante en la carrera con su uniforme negro de aguafiestas directo a pinchar con el pico o deshacer el pedazo de rodilla de algún jugador. Cuando torcía la cabeza hacia arriba para mirarme sentado en el sillón de la peluquería en la que yo me encontraba parado, me veía agujereado por la nariz y la mirada de ojos oscuros y solía trastabillar con cuatro tristes palabras casi chistosas al grado de boludo. Él no movía ni una de las pobladísimas cejas que acentuaban su fulminante reto.

—¡Loco! Me cambiás la bocha en todos los cortes. Hoy empezás de acá atrás, la última vez fue de adelante y la anteúltima le diste un hachazo acá en la patilla que me quedó torcida.
—Te va a quedar bien igual —contestaba, pero desde el interior de la tapa de una olla semi-abierta en donde había algún guiso hirviendo, asomaban mis dudas creativas con todos los fideos y chorizos.

Cada letra de su palabra tenía la sentencia del pitazo y a su vez uno sabía que no estaba enojado, que sus palabras eran imparciales, sólo correcciones de un referí que no puede vislumbrar al otro como creativo o distinto porque moralizaba desde su criterio de reglamentos y de su sabiduría callejera. Para colmo, por la demanda de muchas clientas que distraían mi atención, no podía reccordar cómo había empezado el corte anterior y él se daba cuenta. Era un asiduo problema: yo quería atenderlos a todos a la vez porque estaban apurados, y fallaba.

Hoy temprano iba en bicicleta hacia la peluquería y lo vi caminando a zancada limpia con sus trancos de gigante como apurado para pegar el pitazo hacia el garaje en donde guarda el taxi y me surgió la pregunta sobre qué habría sido de su vida. Hacía más de dos años que no lo veía, sus hijos siguen visitándome y soy testigo de su niñez y de la edad adulta que florean con restos redondeados de la adolescencia que ya se les fue pero con miradas menos intimidantes que la de su padre. Puedo creer que Claudio dejó de visitarme por mis constantes ineptitudes o desplantes de peluquero distinto, aunque escuché de sus hijos que había conseguido un trueque de peluquería en un programa de televisión en donde se lo veía opinar de brazos cruzados al estilo Víctor Hugo con un traje gris que le quedaba pintado. Sabía también que había incursionando en distintas disciplinas, que lo habían llamado de Rosario Central, el club de nuestro amor eterno para colaborar y que se había ido porque no le habían gustado «algunas cosas». Uno entiende que les habrá cantado las cuarenta dejándolos con la nariz mirando hacia el norte a más de uno, de la misma forma en que quedó Brian cuando le explicó su teoría sobre las aptitudes que uno debe de mantener en la vida, palabra que sólo los sabios callejeros saben aplicar en el momento justo cuando deben hablar de la verdadera vida que nos toca en el sorteo eterno. Me dieron ganas de parar la bicicleta y contarle lo que había estado haciendo estos últimos años como el hijo que ve al padre luego de llegar de Europa y quiere decirle diez novedades de una sola vez, ahogándose por la emoción del reencuentro. Pero me clavó su mirada fulminante por menos de un segundo y siguió camino sin saludar. Yo dejé crecer mi barba y el pelo también, dos cosas que al Claudio no lo convencían y quise creer que no me reconoció o que el locazo iba apurado. Su cuerpo estaba distinto, había engordado y perdido la elasticidad de pantera negra que vi en otra época de deportista de alto rendimiento, motivo que me vendría de perillas para cuando vuelva a retarme por el inicio de un corte desde la cima y podré contestarle: peor vos que estás gordo y lento, viejo cabrón.


* Cuento de Al pie del sillón. Relatos de peluquería (inédito).

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