Cuentos | La casa de dios - Por Francisco O'Boyle | Ilustración: Francisco Toledo

[Texto e ilustración publicados en nuestra novena revista]

A la vuelta de casa, en el campito de los González, nos juntábamos a jugar al fútbol todos los días después de las seis de la tarde. Le decíamos así porque estaba al lado del tapial ellos, pero en realidad era un terreno fiscal abandonado que esperaba con yuyos que alguien le pusiera un mango encima. El baldío era bastante grande y para llegar había que atravesar un cunetón de dos metros de profundidad que, salvo los días de lluvia fuerte, siempre estaba vacío. Tenía las paredes de tierra agujereadas como un queso, de donde salían y entraban los ratones, que eran los verdaderos dueños del lugar. De vez en cuando alguno se animaba y cruzaba corriendo la calle, con la cola larga sacudiendo la piedra caliza, y los perros de la cuadra corrían desesperados por el botín, hasta que el bicho se perdía en las cuevas del cunetón de en frente. Después de la persecuta, quedaban solamente los ladridos agónicos de los cuatro o cinco perros flacos que metían sus patas en los charcos de la cuneta y salían gruñendo, embadurnados de mierda y podredumbre.

Nosotros, que éramos como diez, nos habíamos compro­metido a terminar de una vez la canchita porque todos los años amagábamos a dejarla lista y siempre quedaba por la mitad. Pero aquella vez fue en serio. Primero había que cor­tar el pasto, porque si bien no estaba tan largo donde pateá­bamos la pelota, alrededor medía más de un metro. Cada vez que alguno la tiraba lejos, los demás lo puteábamos y mientras la iba a buscar, nos cagábamos de risa escuchando las quejas sobre los abrojos. Se pegaban en las medias, en los pantalones, en la remera. Pinchaban todo el cuerpo. Las piernas quedaban con ronchas y de tanto rascarnos empe­zaban a sangrar. Después, seguro alguna de las madres jodía con que tengamos cuidado y que ojo porque puede haber cualquier cosa en esos pastos y que ya veo que te enfermás y no sea cosa que haya que internarte.

Así que le pedimos una bordeadora, de esas que llevan nafta, al padre de Emiliano, que trabajaba en la municipali­dad. El viejo primero dijo que no. Que era peligroso. Luego prometió que lo iba a cortar él. Y al quinto día, cuando ya le habíamos roto los huevos durante una semana, nos dio la máquina y un bidón. Dos de los pibes se encargaron de esa parte, mientras los demás arreglamos las paredes de las cune­tas para cruzarlas más rápido. Clavábamos la pala y armába­mos una escalera de cada lado. El cunetón quedaba atrave­sado por peldaños de tierra, como si fuesen pequeñas terrazas incas, por las que corríamos como ratones pero sin perros.

Con lo que sobró de nafta marcamos las líneas de juego. Walter, a quien no le gustaba tanto jugar al fútbol, insistía en que tomemos las medidas pero nadie le dio bola, y a ojo y contando los pasos elegimos las dimensiones. El área de la cuneta era bastante más chica que la del interior de man­zana pero a nadie le importó. Sólo a Walter que, como era el más grande, decía que teníamos que hacerle caso.

Cuando quedó lista, le faltaron los arcos. Pablo y Darío, que eran hermanos, propusieron chorearlos de la plaza Colón, que estaba a diez cuadras. Walter les explicó que era una pelotudez porque iban a encontrarlos enseguida. Además tienen una base de cemento, con qué los vamos a traer, preguntó en voz alta a todos y como nadie contestó se quedó con el silencio final que le daba el lugar de auto­ridad que siempre buscaba. Pilu, el hermano más grande de Diego, que trabajaba en el frigorífico, nos dijo que en la parte de atrás del galpón había varios postes tirados que eran de una obra que no se había terminado. Nos dijo también que si íbamos a la tardecita, después de las ocho, el cuidador se iba para la garita de la ruta y podíamos pasar saltando el alambrado. A todos nos pareció razonable pero había un detalle, el frigorífico quedaba tres kilómetros. Un jueves de marzo, cerca de las siete de la tarde, nos pusimos de acuerdo para ir. Habíamos planificado que tenían que ser cuatro postes como mínimo y si podíamos, dos más para armar los travesaños. Porque no hay nada más fiero que una cancha con arcos sin travesaño. Además después empiezan los pro­blemas porque nunca queda claro por dónde pasó la pelota.

La flota para el atraco contaba con nueve personas y ocho bicicletas. Mi hermano y yo íbamos juntos. Lo llevaba sentado sobre el portaequipaje, que era de metal. Él hacía fuerza con los pies sobre los pedalines porque la estructura no aguantaba el peso y en cualquier momento podíamos ir a parar al carajo. La bicicleta era de mi vieja. La usaba para ir todas las mañanas a trabajar. Se la habíamos sacado sin permiso, pensando que podíamos dejarla en el mismo lugar sin que ella se enterase. Las otras eran playeras viejas, con los manubrios anchos y la gomaespuma que los recubre gastada. El plan era simple. Después de esconder las bici­cletas en la banquina, Darío, Diego y Emiliano saltaban el alambrado y ensayando un pasamanos sacábamos los pos­tes. Teníamos que acomodar cada palo sobre el manubrio y la pierna derecha y volver al campito. La otra parte era más fácil de imaginar. Agujerear la punta de los postes con el taladro del papá de Darío, hacer los pozos, clavar los palos y por los agujeros pasar el alambre para sostener los trave­saños. Después habría que conseguir las redes, pero no era algo tan complicado. Le íbamos a pedir al Luis, porque en la verdulería tiraban siempre los bolsones de papas y cebo­llas. Con una tijera los cortábamos a la mitad y con hilo de chorizo los atábamos a los palos. A la red suelta la fijába­mos al piso con las piedras del cunetón y listo. El estadio estaba terminado.

Traer los postes costó mucho más de lo que suponía­mos. Medían casi dos metros y eran muy pesados. Sacamos solamente cinco porque se escucharon unos ruidos desde la planta del frigorífico y los tres que estaban adentro salie­ron asustados y no quisieron volver a entrar. Turnábamos el esfuerzo. Parábamos al cabo de algunas cuadras para rotar y los que no llevaban palos usaban la bicicleta de mi vieja. El boludo de Diego no puso los pies en los pedalines y cayó de culo al suelo con el portaequipaje entre las piernas. Cuando llegamos al campito lo atamos con alambre y llevamos la bicicleta para casa. Eso iba a ser un problema más tarde. Armamos la cancha. Tardamos casi un mes. Por votación, el único arco que tuvo travesaño y red fue el que daba a la cuneta. Algunos decían que teníamos que a ir al frigorífico a buscar el poste que faltaba pero nadie tenía ganas de vol­ver a hacer semejante esfuerzo. Pasábamos todas las tardes, hasta que oscurecía, en la cancha. Venían de otras cuadras a jugarnos algún partido y apostábamos trofeos viejos, que teníamos guardados de los torneos infantiles de fútbol. Fue el furor del barrio hasta que a los chicos empezaron a gus­tarles otras cosas.

Ilustración: Francisco Toledo

El primero en dejar de ir fue Walter. Las primeras dos o tres veces que lo buscamos, la madre nos dijo que estaba en la pieza leyendo, que no quería salir. No le creíamos pero no teníamos opción. Unas semanas más tarde, ni Pablo ni Darío aparecieron. El abuelo dijo que estaban con Walter. La madre de Walter nos pedía que no molestemos, que los chicos estaban adentro y si salían nos íbamos a enterar. Dejamos de juntarnos con ellos. Pasaron varias semanas y una tarde de mucho sol, que estábamos sentados contra el tapial de la casa de los González, asomaron. Los tres venían en silencio con un disco de metal en la mano, caminando hacia nosotros. Emiliano les pegó un grito y Walter levantó la mano. Cruzaron la cuneta y se sentaron. Hacía un calor de cagarse. Traían un tablero con letras, unas cintas tren­zadas rojas y blancas y una copa de vidrio. Mi hermano les preguntó qué era todo eso y Darío contó que era para jugar al juego de la copa. Así que esto es lo que dice tu vieja que estás leyendo, le preguntó Diego a Walter, mientras lar­gaba una risa. Walter no le contestó. Acomodó el tablero en medio de la ronda. Tenía las letras del abecedario pega­das alrededor. Después de la zeta venían los números, del cero al nueve. En el centro, tres papeles pegados con cinta scotch que decían sí, no y adiós y una cruz donde iba la copa dada vuelta.

Walter nos indicó que pusiéramos el dedo en la copa a todos los que queríamos jugar. Vamos a hablar con algún muerto, dijo. Mi hermano volvió a reírse y Walter le amagó una piña. Salté a defenderlo sabiendo que tenía todas las de perder porque era mucho más grande que yo. Pablito y Darío nos frenaron y empezaron a explicar el juego. Según decían, había que poner el dedo en la copa y preguntar en voz alta si había algún espíritu que quisiera conversar con nosotros. No se puede levantar nunca, explicó Walter, y si se rompe estamos hasta las bolas.

Los ocho que estábamos esa tarde jugamos. Habían pasado más de quince minutos y no pasaba nada. Nos mirá­bamos entre todos, mientras algunos se burlaban de Walter que seguía preguntando si había algún alma que quiera hablar con nosotros. Preguntale si quiere jugar al fútbol porque ustedes ahora hacen estas pelotudeces, le dije. En ese momento la copa se movió. La puta copa se movió sola. Fue para el lado del no. No qué, pensé yo pero no dije nada: ¿no hay nadie o no querés jugar al fútbol? Walter empali­deció. Se mueve, se mueve, gritó y enseguida bajó la voz. Darío tomó el mando. Le dijo a eso que estaba moviendo la copa que no queríamos ningún problema, que estábamos viendo de charlar con alguien. Que si quería conversar un rato. Parecía una entrevista radial. La copa fue para el sí. Walter estaba cagado en las patas. Porque en el fondo él creía en todas estas cosas pero nunca las había experimen­tado. Ahora tenía que hacerse cargo. Le preguntó el sexo, y después de decir que era mujer, le consultó el nombre. Sofía. Mi hermano y yo mirábamos en silencio. Los demás charlaban con Sofía de cualquier estupidez, hasta que Emi­liano le preguntó la edad y el espíritu dijo siete. No sé por qué, pero nos asustó a todos. En definitiva un muerto es un muerto, pero acá le estábamos teniendo miedo a una nena de siete años y por algún motivo perverso, eso nos daba más cagazo aún. Dijo, además, que estaba incómoda. Cómo se supone que puede estar incómodo un espíritu, pensé. Hasta que empecé a sospechar por dónde venía la mano. Con mi hermano éramos los únicos que no había­mos hablado desde que la copa se movió por primera vez. Sofía explicó, o al menos eso leyó Darío siguiendo las letras, que nosotros dos teníamos miedo y que teníamos que irnos. En ese momento el forro de Walter hizo la pre­gunta clave acerca de qué pasaba si nos quedábamos con mi hermano. Sofía, en la voz de Darío, dijo que de ser así ella se iba. Había que elegir. Nosotros o una nena de siete años que hacía mover una copa de vidrio. Todos nos pidie­ron que nos fuéramos. Quizá por miedo o porque de ver­dad estos forros preferían a Sofía. No lo podía creer. Un mes armando la cancha para que una copa en un tablero me rajara de ahí. Pablito le dijo a Sofía que nos íbamos y la copa fue para el papelito que decía adiós. Me puse de pie. Mi hermano, que estaba al lado, fue a buscar la pelota. Sentí un profundo odio por Walter, por Sofía y por toda esa mierda de espíritus y muertos que me dejaban sin can­chita. Cerré los ojos y pateé la copa. Pegó contra el tapial de los González y volaron los pedazos contra el pasto. Tam­bién pateé el tablero mientras le gritaba a Walter que era un hijo de puta. Se me vino encima. Tenía los ojos encendidos y la cara desfigurada. Me tumbó sobre el pasto y rodamos entre piñas y forcejeos. Darío nos quería separar y Pablo gritaba que ahora Sofía se iba a quedar para siempre en el campito. Mi hermano corrió hacia nosotros y le sacudió un pelotazo a Walter pero nos pegó a los dos. Después le metió un puntinazo en las costillas y se terminó la pelea. Nos echaron de la cancha. Te voy a hacer la maldición de la Pomba gira, me gritaba Walter, no van a poder dormir, soretes. Mi hermano dijo que él y la Gira esa podían chu­parle la pija. Que queríamos jugar al fútbol y no hablar con nenitas de siete años. Nos tiraron algunas piedras que por supuesto devolvimos. Una vez en casa le preguntamos a mi vieja quien era la Pomba gira y me contestó que con lo que le habíamos hecho a su bicicleta nos olvidemos de salir a jugar por dos semanas. Estaba enojada porque volviendo del trabajo se le había desprendido el portaequipajes con el bolso y las carpetas de la escuela. Qué se creen, que la plata la cagan los perros, nos increpó. Yo uso la bicicleta para ir a trabajar. Es una herramienta, no un juguete.

Esa noche y la que siguió no pude dormir. Imaginaba a la Pomba gira entrando a casa por el patio. Al campito deja­mos de ir. Pasaron algunos meses y cuando volvimos por ahí ya no estaban los arcos ni las marcas de la cancha. Una máquina de la municipalidad había entubado los cunetones y estaban cerrando el predio con tejido olímpico. Atrás del alambrado estaban levantando una casa gigante, con una vereda de baldosas grises y pasto verde bien cortadito. Con el tiempo tomó forma y se convirtió en un templo evange­lista. Según mi vieja, abre los martes y domingos. Cantan fuerte y gritan para que se vayan los malos espíritus. Suelen ir los González, Walter y su mamá, Darío y Pablito con su abuelo y mucha más gente del barrio. Cuando los portones se cierran las bisagras de metal forman una cruz que abajo tiene escrito en letras doradas «La Casa de Dios»

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