Ensayos | Rosario escribe hoy - Por Federico Ferroggiaro

En este escrito intentaré, espero de un modo decoroso, ya que no elegante, remedar la charla realizada, por invitación de la Asociación de Graduados de Letras de Rosario, el pasado 8 de septiembre en la sede local de AMSAFE. Seguramente, repondré ligeras líneas de lo dicho y, quizá, quien lea esto después de haber escuchado lo vocalizado, apenas reconocerá en estas frases el esqueleto o la sombra de las palabras perdidas.

No está mal: las «palabras perdidas» es una buena imagen para comenzar este texto sobre la narrativa de Rosario actual. Perdidas, porque suele juzgarse una pérdida de tiempo hablar (o leer) una literatura que parece no poder perforar ciertas fronteras, determinados límites que, por no poner entre el río y la Avenida Circunvalación, podemos desplazar hacia esa indefinida nebulosa que se denomina «Rosario y su región». Perdidas, porque se cree que no producen ecos, que no reciben respuestas, que se van apagando ante la indiferencia general. Perdidas, porque una de las primeras zonceras que se suele repetir es «nadie lee a los escritores rosarinos». ¿Nadie? Para no ir tan atrás, recordemos el «actual» que acompaña al título, ya en la década del noventa, Eduardo D’Anna había publicado sus compendios de la literatura local y Roberto Retamoso, junto a otros docentes, dirigía la cátedra libre Felipe Aldana (hoy resurgida en la Escuela Aldo Oliva). Pero no se trataba de un par de lectores solamente. Desde comienzos del nuevo siglo, los medios de comunicación gráfico empezaron a reseñar y publicar críticas sobre los libros de escritores locales que se publicaban en la ciudad. Tendencia que fue creciendo, que contagió a otros medios, y sumó a la radio, y permite que hoy nombremos a reseñistas (que son lectores) de literatura rosarina: desde Beatriz Vignoli y Osvaldo Aguirre, a Marcelo Costa y los conductores de El Perseguidor, pasando por las nuevas voces como la de Eugenia Arpesella en el periódico El Eslabón. Sin embargo, tampoco estaban (o están) solamente allí los lectores. Las editoriales, los editores, puntualmente, leen a quienes publican (o al menos eso nos hacen creer) y, aunque disimulen, hay muchos lectores muy calificados que estuvieron (y están) cumpliendo esa tarea: sin ánimo de entrar en las listas infinitas, nombro a la gran Nora Avaro, a Martín Prieto, a Oscar Taborda, a mi amigo Nicolás Manzi, a Marcelo Scalona, a Sergio Gioacchini, a Adriana Astutti y podría seguir con los más jóvenes (o «nuevos»): Germán Andrés,de Último Recurso y Maximiliano Martín, de Búnker. Actualmente, los talleres literarios o de escritura también incluyen en sus lecturas a los escritores locales. Algo similar ocurre en las escuelas secundarias, de la mano de docentes–escritores que dan a conocer y promueven, junto a los «clásicos» de la literatura nacional y universal, a quienes escriben desde Rosario. En este sentido, sin querer ser autorreferencial, el Proyecto Rosario se lee interviene en esta movida.

Libros Rosario

Por supuesto: esto no significa que exista un «mercado», propiamente, que nos encontremos con miles de lectores de literatura de Rosario. Las tiradas de los libros que se hacen acá es la prueba irrefutable: 300, como máximo 500 ejemplares. Lo que sí puede percibirse es que, desde la década del noventa, comenzó a reactivarse un campo cultural que la dictadura había devastado. Como el concepto resulta problemático, digamos escenario o escena cultural o literario/a, para entendernos mejor y no molestar a nadie. Entonces, una escena que se revitalizó, que resurgió, que empezó a dinamizarse con la aparición de editoriales (la EMR es de 1992, Beatriz Viterbo de1991, Homo Sapiens editorial, que empieza a publicar literatura en 1997), de revistas literarias (Ciudad Gótica, Los lanzallamas, Viajeros del Underwood)y que cobró mayor fuerza en los últimos años con la multiplicación de editoriales independientes y autogestivas, de ferias, de concursos literarios, de revistas como El Corán y el Termotanque, de talleres de escritura que se volvieron masivos. Bueno, masivos dentro de la masividad tolerable (o posible) para las iniciativas de este tipo. Pero también las presentaciones de libros, las charlas de escritores se convirtieron en actividades abiertas y convocantes, en espacios de socialización y de encuentro entre pares. Esto ya pasaba con la poesía, con los poetas, que siguen siendo un colectivo sumamente activo y creativo, pero esa forma de participar, de salir, de mostrarse no era usual en la narrativa. Ahora hay ciclos de lecturas dedicados a la narrativa, incluso Ignacio Blanconá y su equipo, están presentando y proyectando una serie de cortos en los cuales entrevistan y hacen leer a escritores como Cristián Molina, Mercedes Gómez de la Cruz, Maia Morosano, Adrián Abonizio, y la lista sigue. Lo que quiero mostrar es que la narrativa rosarina dispone de espacios de circulación que antes no existían o que eran mucho más restringidos. Tal vez, lo que nos falte a los narradores, no a todos, a algunos, sea aprender a leer mejor, lograr actuar nuestra lecturas para generar más interés, para resultar más convocantes.

Lo cierto es que, aunque falte mucho (por hacer, por construir, por consolidar), lo que está sucediendo demuestra la vitalidad y la salud del campo. Perdón, de la escena o del escenario. Claro que la dinámica que tenemos es diferente a la del «mercado» de la literatura, a eso que se llama «la literatura nacional». En primer lugar, las «novedades» duran más. Quiero decir, leemos un libro publicado en 2013 o 2015 como si fuera «nuevo» porque no es devorado por los tiempos que manejan las grandes editoriales, esa necesidad desesperada de renovar la oferta. Los catálogos de las editoriales locales se agrandan, pero conservan en stock los libros que han publicado y los llevan a ferias, los reponen en las librerías, los sostienen como propuestas que no son descartables. Eso lleva a que lo «actual» no se agote en un verano o en un puñado de meses. Al contrario, y por ahí va el recorte de este escrito (charla); lo actual abarca una franja considerable de tiempo. Se podrá argumentar que esto ocurre porque los libros no se difunden, porque su circulación y visibilidad son restringidas, y es cierto: pero el resultado termina siendo positivo porque prolonga o extiende la vida de ese libro y su impacto, o no, dentro del contexto.

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En segundo lugar, se multiplicó un deseo de trabajar en el rescate de la tradición literaria local. La EMR fue pionera en esta iniciativa, pero no se quedó sola. La Fundación del Diario La Capital, Baltasara editora, la editorial de la UNR, Río Ancho e Iván Rosado también fueron al rescate de los maestros y reeditaron, publicaron con introducciones críticas, textos que llevaban décadas sin estar al alcance de los lectores. El caso de la obra de Jorge Riestra adquirida y reeditada por la UNR editora es un ejemplo contundente. Esto, aisladamente, podría no tener demasiada significación. Sin embargo, permite, por un lado, construir un canonde la literatura local y, por otro, empezar a armar series. Una que puede armarse fácilmente es la del género policial, un «policial» rosarino. Ahí pondríamos sino a Roger Pla, a Juan Martini con El agua en los pulmones, podríamos continuar con Elvio Gandolfo, La deriva de Osvaldo Aguirre, de 1996; Patricio Pron y su novela Formas de matar,y después, dando un salto, ahora, están Laura Rossi, Llegaría el silencio y Los bordes del cielo, publicada en 2017 por La Vigil; Melina Torres y sus Ninfas de otro mundo y Lucrecia Mirad con La ley Muia. Ahí hay un grupo de novelas que podrían leerse como serie, ver si dialogan, si se conocen, qué puentes tienden entre ellas o si, por qué no, se ignoran unas a otras y ya, no hay serie, sólo textos… Pero es una cuestión de construcción, que se sostiene argumentando, haciendo surgir de esas escrituras algo que, a lo mejor, no existe o nadie vio. De este tipo de operaciones, por ejemplo, se puede resaltar la que llevó adelante la revista RIEL, en su segundo volumen, de junio de 2004. Para buscar lo «rosarino», se dedicaron a leer y analizar todas las novelas, al menos un corpus de alrededor de 30, publicadas en Rosario y escritas por autores «rosarinos», en un periodo de tiempo de seis años. Más allá de los resultados, es interesantísimo observar cómo leyeron, cómo trabajaron con ese objeto, lo que pudieron relevar allí, en las obras de Patricio Pron, de Patricia Suárez, de Oscar Taborda, de Martín Prieto, por ejemplo.

Otra ventaja, por calificarla así, que otorga este trazado de una tradición, es que logra marcar un criterio de diferenciación a partir de la calidad de las obras. En este resurgir de la escena al que hacía referencia, en los noventa, pareció interesar más la cantidad que la calidad. Mostrar que eran muchos los escritores, ya sea narradores como poetas, que escribían en la ciudad. La lógica editorial de la revista Ciudad Gótica, con sus tapas ostentando hasta cincuenta nombres de escritores, prueba esta manera de saturar por cantidad, de apabullar con el número, como si la calidad no interesara tanto, viniera después. Sin embargo, hoy existe cierta posibilidad de distinguir, de diferenciar, de señalar qué escritores están haciendo una carrera literaria, a pesar de todas las dificultades que siguen existiendo, en Rosario y en el país, en general. Antes, la sensación era que si no eras Borges, no eras nadie, pero ahora se reconoce la carrera, no sólo la persistencia, sino también, insisto, el laburo de calidad. Hace unos días, Cultura y libros publicó una entrevista a Marcelo Britos y a Javier Núñez, y se refería a ellos como «las primeras espadas» de la narrativa local. Ahí está: tomemos a Britos, para ejemplificar. Descartemos su paso por revistas como la Gótica y Fanzín, entre otras, sus colaboraciones en suplementos, y tampoco listemos los premios que ganó en Rosario o a nivel internacional. Vamos a quedarnos solamente con los libros: Los dogos (2004) y Alexandria (2007), son libros de cuentos, igual que Como alguien que está perdido (2011). Conla novela Empalme (2010), para mí, se inscribeen un realismo fuerte, duro, que va a sostenerse en los cuentos de El último azul de la noche (2013) que anticipan su pasaje a la novela histórica, en el mejor de los sentidos: A dónde van los caballos cuando mueren (2014). Con Al oeste de Jericó (2017) propone una distopía, se vuelca abiertamente a una literatura más militante, en mi lectura, y, en su último trabajo, Mickey en Brandemburgo (2018), desemboca en la crónica, en una crónica literaria, claro. Si esto no es una carrera, digo, si no reconocemos acá una búsqueda, crecimiento, experimentación, versatilidad, oficio, en fin, una carrera de escritor, propiamente, no sé qué más necesitamos para hablar de «carrera». En otros lugares, me abstengo de especificar, con un par de libros, algo de prensa hegemónica y un buen agente, te venden como la revelación del año o de la década.

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En la crónica, justamente, en ese género, también podemos trazar una serie que tiene a Rafael Ielpi y Héctor Zinni como antecedentes y que, en los últimos años, de la mano de la EMR dio cerca de quince títulos de la serie naranja. Ahí tenemos a Ricardo Guiamet, a García Helder, a Vignoli, a Agustín Alzari, a Osvaldo Aguirre, también. Y fuera de esa colección, en otras editoriales, encontramos las crónicas de Pablo Bilsky, China, las de Pablo Suárez, Rosario, ciudad ocupada y más en la línea periodística, pero escritas con una prosa muy trabajada, Ni tan héroes, ni tan locos, ni tan solitarios de Juan Mascardi. Solo para mencionar algunos nombres y títulos.

Retomo entonces la idea que atraviesa este escrito: cuando se lee y se piensa la literatura, la narrativa de Rosario, dentro del concepto de campo cultural, o de escena o escenario, y enfocamos cómo un agente, en este caso un narrador, interviene, participa, opera, opina dentro de ese campo; cómo se suma a un grupo, publica en tal editorial, a quiénes lee, cita o reseña y, sobre todo, cómo escribe, con quiénes dialoga, a quiénes les guiña el ojo y a quiénes ataca, por ejemplo, es mucho más productivo e interesante que preguntarnos si nació acá o a qué edad se vino a vivir. La idea de campo, o de escena, se puede sostener porque hay editoriales, hay reseñas, hay ciclos, hay revistas, hay talleres, hay grupos, alianzas, intereses; y hay también lectores, aunque no parezcan tantos. Pero, en especial, hay escritores que están traccionando con su escritura, con su producción, eligiendo intervenir en este campo o escena. Todo esto volvió a surgir en los noventa y creció exponencialmenteen los últimos diez años. También, claro, los reclamos para que el estado municipal intervenga, apoye, financie; y a la provincia, que ha hecho un aporte enorme con Espacio Santafesino, pero no alcanza. A medida que el campo o el escenario crecen, se consolidan, se desarrollan y se vuelven más participativos y activos, todas las demandas de acompañamiento y compromiso recaen sobre el Estado.

De todos modos, más allá del campo, de este concepto, a mí lo que me interesa es la escritura, la escritura de quienes están inscribiendo su trabajo en esa extraña nebulosa de «la literatura mundial», pero sin renunciar a cierta localidad… como dijo Javier Núñez: «escribo desde acá como podría hacerlo desde cualquier parte». Digo, los que se ponen en la línea de esa vieja máxima realista de pinta tu aldea y pintarás el mundo, pero donde la preocupación no reside en seguir a, en nombrar esto o aquello, y menos todavía en buscar una esencia de lo «rosarino», como buscaban los impulsores de la RIEL. Lo que está en este horizonte es el texto de Borges sobre el escritor argentino y la tradición. Ahí encuentro lo que me interesa, lo que yo no dejo de leer apenas sale… o apenas me entero de que existe. En narrativa, por supuesto.

Pero no hay que olvidarse nunca, creo, que un buen escritor o una gran escritora no se imponen por la calidad solamente, sino que, como decía Arlt, todo depende de la prepotencia del trabajo. Y creo que acá no se trata solamente de un trabajo individual, de escribir y publicar, nada más, si no, de verdad, de participar de esta movida que, sin grandes saltos, pero de manera sostenida, viene aportando para ensanchar y desarrollar el campo. Sin menospreciar una dosis de inteligencia y cintura para el lobby. Puedo nombrar a otros escritores que están trazando una carrera y que escriben, experimentan, interaccionan de manera muy interesante. Dentro de la novela de aprendizaje, por ejemplo, Javier Núñez, además de sus libros de cuentos, tiene a La doble ausencia y Después del fuego. También en esa línea puede leerse Determinación, de Pablo Bigliardi. Para el cuento de escena, pienso en Pablo Colacrai y su último libro, que muestra un crecimiento como escritor enorme, Nadie es tan fuerte (2017) y que está finalista del Premio Gabriel García Márquez de cuento. Vanesa Gómez y Natalia Massei son dos narradoras potentes y, con una producción narrativa que completa un gran trabajo poético, está Cristián Molina y Mercedes Gómez de la Cruz; o Maia Morosano, que escribe una novela como La puerta que, más allá de lo argumental, de lo que se relata, conmueve con una prosa deslumbrante.

Revistas «El Corán y el Termotanque» | Foto: Noe Lorenzo

Además, sin ser exhaustivo en la enumeración de libros y nombres propios, puede afirmarse que la narrativa local se viene enriqueciendo, desde hace varios años, con la aparición de los primeros libros de cuentos de escritores que surgen de talleres literarios o que, provenientes de otras disciplinas artísticas o no, descubren en la escritura una forma de expresión, de realización o de experimentación. En muchos casos, los concursos organizados por las editoriales locales (EMR, Río Ancho y Baltasara) sirvieron como pista de despegue. En otros, lo que facilita la publicación es la existencia y la cercanía que tienen las pequeñas editoriales con los escritores emergentes. Me vienen a la mente los últimos que me gustaron: los cuentos de escritores que tiene Matías Magliano en Desnudo pateando una moto o los de Luciano Trangoni en 17 y monedas; Litsz con arañas, de Federico Miyara, la desenvuelta autobiografía o diario de viajes urbanos que compone Marianela Luna en 112; y los más jóvenes de verdad, digo, los que no tienen ni 30 años todavía y cuentan con varios títulos de su autoría: Manuel Díaz, por ejemplo, y Lucas Paulinovich que sacó este año, además de un libro de poemas, un volumen de cuentos que tiene una escritura, una prosa, un modo de enunciar atrapante: Pampa húmeda es el título de este libro.

Dado que no quiero pasar por optimista, voy a cerrar repasando las cuestiones pendientes. Que no tengamos lectores, un mercado lector, es el primer aspecto a transformar. Sin la participación del estado y sin los medios de comunicación, va a ser imposible. Sin dudas, debe fortalecerse la difusión de lo que se está escribiendo en la ciudad, para poder interesar a un número mayor de lectores. Tal vez este aspecto forma parte, podría decirse, de lo extraliterario. En lo estrictamente literario, por otro lado, todavía está por hacer, en pleno desarrollo, aquello que Nora Avaro señalaba a principios de este siglo que faltaba en la ciudad, en una entrevista que cierra ese ejemplar de la revista RIEL a la que me referí antes. Cito textualmente: «La identidad literaria de Rosario es una construcción mitológica. Pero se trata de una mitología necesaria. Como toda mitología, su importancia radica, más que en el inventario de rasgos, en un efecto fundacional. Y una ciudad debe fundarse. Y es la literatura la que funda la ciudad». Supongo que, todavía, estamos en eso… ¿Preguntas?

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