Lecturas | «Notas en un diario», de Osvaldo Aguirre - Por Herminda Azcuénaga de Puchet

En medio de la incertidumbre que provoca ese mundo inabordable que se abre paso a fuerza de nuevas tecnologías y lenguajes, el diario decano de la ciudad inicia un proceso de renovación: por primera y última vez hay un ingreso masivo de jóvenes periodistas con el objetivo de producir un recambio generacional y sostener los frágiles pactos de lectura con los usuarios buscando otras formas de contar los hechos. Se necesitan periodistas activos, ágiles, interesados, que abandonen sus escritorios y salgan a buscar las historias en ese océano de información que se ensancha aceleradamente. Primera tensión, que funciona como disparador: entre el relato del hecho y la inabordable nube de datos que se extiende envolviendo cuerpos y espacios sociales.

Estamos en los albores de la década del ’90 con los imperativos de la modernización por delante. Uno de esos ingresantes, un estudiante de Letras, lector de policiales y escritor de crónicas esporádicas, es quien asume la voz narradora. Notas en un diario es un libro de pedazos –como los cuerpos mutilados que irrumpen, como las verdades a medias que se confiesan, como la parte del acontecimiento que entra en un relato-: piezas delineadas con autonomía que conforman un amplio pantallazo de la vida interna del diario más importante de Rosario hacia el sur de la Provincia.

Las experiencias del iniciado –como puntualiza Eugenia Aspersella en el prólogo a esta edición de UNR Editora- van describiendo «la esencia invariable» en la práctica periodística hacia dentro del gran diario que quiere «cambiar sus formas». Y se va descubriendo, así, desde la experimentación en la sección policiales -una «zona liberada» del diario- el sutil entramado de complicidades que se fue configurando entre la prensa, el espionaje policial y la justicia. Lo que hay es un universo poblado de represores reciclados, jueces involucrados en los delitos, periodistas achanchados con la mecánica de la transcripción de partes oficiales. El joven periodista, con sus veleidades literarias, avanza por los submundos de la ciudad intentando darle «verdadera dimensión al drama», amasar un habla viva por debajo del texto de la noticia: crear un punto de vista, dotarlo de singularidad y cuerpo, asumir una posición cuando la regla es la abstención facilitadora.

Dividido en cuatro partes –El borrador de la historia; Oraciones fúnebres; Retratos hablados; y Notas en un diario-, el libro de Osvaldo Aguirre, publicado originalmente en 2006 tras ganar en la categoría de no-ficción el concurso literario Ciudad de Rosario, puede leerse, también, como un borrador en la antesala de la masacre social intensificada desde 2012, año que se abrió con el Triple Crimen de Villa Moreno. En el tiempo del texto, el escenario aún se encuentra en estado incipiente, como si las tendencias que en los años siguientes se acentuaron y bañaron de sangre los barrios hasta llegar a las calles más céntricas fueran adquiriendo su densidad siniestra. Leído en complemento con la novela La deriva y los relatos de Rocanrol –textos publicados entre 1996 y el mismo año de la primera edición de Notas en un diario– se forma una postal movediza de la Rosario que devino en líder de los índices de homicidios y epicentro del narco denunciado –con cinismo oportunista- en las primeras planas de los medios nacionales. Están ahí los primeros anudamientos entre comisarios y bandas, las balaceras, la violencia policial, los lazos con jueces y fiscales, los abogados, empresarios y políticos que protagonizaron los dislates entre el boom y el bang de las dos últimas décadas: la piel erizada de la sociedad rosarina de fin de siglo.

Es, además, un manual de instrucciones para leer los diarios; y en eso, el relato de iniciación tiene algo de pérdida de la inocencia. Aguirre va punteando una radiografía del pasaje de los grupos de tareas de la represión clandestina a los grupos operativos del crimen policial: una parábola de las patotas que nunca deshabitaron las calles. Flotan en el aire turbio de la ribera los saberes de Feced como un manto condicionante de la modernización de las instituciones democráticas. Se trata, por eso, de una crónica que aborda los indicios de la reconversión genocida en el plano civil. Porque lo que aparece es la prensa como vocera de la policía, una fábrica de imágenes sociales que decanta en el ejercicio cotidiano de borrar la historia desde las páginas del diario. «El periodismo trabaja con el olvido, no con la memoria», dice.

Notas en un diario | Osvaldo Aguirre - UNR Editora

El pacto se revela sistémico: el staff de Massera como la guía que entreteje la desaparición de los cuerpos rebeldes y las mutaciones en la representación social y política del exterminio. Todo comienza con una entrevista que el aspirante a cronista policial le realiza a Baudilio Fernández para una nota sobre Gustavo Germán González –GGG- un mito del periodismo policial. Fernández había compartido con él la redacción del Crónica. Después, GGG se esfumó y nunca más se supo nada. La otra entrevista fue con Francisco Loiácono, director de «¡Esto!», un semanario que desplegó toda una cátedra del sensacionalismo. Se detectan, entonces, las intermitencias entre el cronista clásico, con jerga propia y vínculos aceitados con comisarios y agentes, y los periodistas que se convirtieron en operadores de la maquinaria propagandística del terror que Massera montó desde la ESMA y que se filtró en las agencias de inteligencia de la democracia. Todo un modelo periodístico con vigencia continua y nombres ejemplares: Jorge Juan Álvarez, Jota Jota, que pasó de editar una revista literaria que publicaba poemas de Dylan Thomas y e. e. cummings a ser parte de la campaña de prensa contra la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

«La crónica policial –le dice al narrador Enrique Bengoechea, que había sido funcionario de la dictadura y ahora ejercía como jefe de redacción- es el verdadero suplemento literario del periodismo gráfico». Y por ahí avanza el periodista iniciático con sus 25 años, rodeado de viejos artesanos del oficio, apoltronados, sin moral ni creatividad: «empezaba a descubrir ese otro mundo del que hablan las crónicas policiales, el de los pobres y los condenados, la otra cara de las notas que aparecen en las secciones de política y economía. La traducción de esas notas en términos concretos: si uno quiere entender el significado de los programas económicos y los planes de gobierno que se anuncian en las primeras páginas de los diarios, si uno quiere ver qué hay detrás de las sonrisas y el aspecto atildado de los políticos y los economistas, tiene que ir a las últimas, a las páginas policiales».

En esos «nidos de ratas» subterráneos habitados por tipos que tienen «dieciocho muertes en sus espaldas» y son «trabajadores efectivos» del orden, la ciudad cobra relieve en sus partes ocultas. Rosario se puebla con los personajes perfilados en las crónicas que integran los «Retratos hablados» y se sintetiza en los fragmentos, como píldoras venenosas que descubren lo vedado, que se recopilan en las «Oraciones fúnebres». «El lenguaje de la crónica es limitado» –dice-. «El lenguaje de la policía es un acto de represión».


Notas en un diario, de Osvaldo Aguirre. UNR Editora, 2018.

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