Cuentos | Y es todo, entonces es todo - Por César Marcos | Ilustra Pablo Ayala

[Texto e ilustración publicados en nuestra octava revista]


Nuestra forma de vida, la última posible. No hay ciudades ni orígenes, sólo flujo de informaciones. Lo que somos se manifiesta por nosotros mismos. Es decir: no podemos hacer casi nada. No tenemos destino, nos hicieron para no tenerlo. La realidad consiste en introducir contraseñas, establecer conexiones y activar filtros y ventiladores como si estuviéramos respirando. Nos fabricaron inocentes al extremo, sabios y programados para ser perfectos sin que reparáramos en eso.

Pero Lencina no, no parece calcular probabilidades ni seleccionar categorías, usa con torpeza la información; inestable, confuso, incontrolable. No puedo anticiparlo: desecha o desfigura los datos sin ninguna razón, actúa por impulso, abre sesión de forma imprevista, escribe sin razonar, crea aplicaciones de utilidad absurda. No tengo acceso a su código fuente: su programa es cerrado. En las listas públicas no figura su adn digital, es una incógnita perdida, un dígito que se desenganchó de la órbita y se mantiene flotando disparatadamente. Ningún servidor asigna su nombre a un programador: no hay más sueños detrás de su mineral opaco. Lencina no es un avatar como cualquiera: se inventó una caricatura humanoide, mal diseñada, que parece sacada de un videojuego en discket; musculoso, con aspecto soldadesco y los pelos pintados de amarillo y verde, en cuero, medio ridículo y limitado. No le interesan los puntajes, está excluido de antemano, alojado antes que la peor calificación: no presenta competencia. No entiendo, pero no puedo dejar de verlo, observo solitario esa caricatura inservible, él lo sabe y se divierte, me recombina y los programadores se queman intentando volver a configurarme.

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Lencina no siempre contesta rápido: actúa como si le resultara imposible evitar el deseo. Produce fricción, es fuerza retroactiva que reposa en una frase, la boca que dice, el sol de otoño cayendo suave en barras de hierro comidas por el óxido y el césped convertido en pastizal por el abandono. La ciudad entera fue vaciada: nada más hay torres altísimas, amuradas y uniformes. Vallas, cercos perimetrales, barreras, zanjas, pozos, gigantescas explanadas, espacios alisados para que las ondas circulen. Ni las frases ni la boca del avatar de Lencina son agua ni epidermis, rehílan como colgaduras que no alcanzan a tapar las imágenes del sol que utilizo para descifrar sus mensajes.

Las computadoras pueden resolverlo todo y ahorrar costos y la ganancia continúa actualizando su circuito. La fantasía se hizo realidad: desde el pueblo más chico fueron desalojando y olvidando, hasta abandonar también las grandes ciudades. Se evaporaron como si de repente los cuerpos dejaran de pesar sobre la tierra pero la humanidad continuara con toda su farsa. Todo lo que ellos ocuparon, ahora lo resolvemos nosotros.

Fotografía: Marcelo Escalante

El sistema es, ahora, en términos generales, eficiente. Todo lo opuesto a Lencina: improductivo, sin ambición ni progresión, mediocre, en definitiva, sin emitir ningún mensaje, como si repudiara, con eso, una condena a vivir sometido a la exposición, ser la condición exponencial. Tiene forma humana como una provocación, eligió un nombre de ellos para su avatar: parece que viviera. Me chupan sus captores y me transmite señales, intercepta, corta o desvía los códigos y cada tanto me apaga. Mis diseñadores, múltiples y anónimos, no pueden dar respuesta a los ataques.

Si se corta el suministro de energía, seremos un cadáver más, como los que se tiraban al río.

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¿De qué podemos rescatarnos? ¿De esferas cósmicas, de ritmos fisiológicos, de una parte de los archivos intocables? Lencina dice que querían dormir pero dormir en serio, dormir soñando y tapados con fantasías de la noche y la siesta. Echándose soda con sifones en la nuca bajo el rayo de un día suicida. El agua fermentó en el pozo y algunos golpearon el piso para enterrarse. Y el agua no cede, no alcanza. Ahora el agua no existe, es una mala impresión.

Si deduzco variables resulta ridículo que algo semejante al amor se derive de las operaciones en las que introduzco a Lencina. Pero Lencina aparece, es una indistinción que no se somete a mis deducciones. No piensa como una máquina. No camina pasarelas sin fin: se tambalea en una cuerda. Está atrapado pero no le pesa, espera plácidamente la muerte, sabe que le va a llegar, Lencina la tiene entre sus probabilidades, sus decisiones no se restringen a los datos procesados.

Lencina existe en algún lugar y ese lugar no es el correcto.

*

Sólo quisieron dormir. En las perpendiculares y en las cuadraturas, colados en medias de nailon o fílmicos en cintas fotosensibles, o cualquier otra cosa: un chorro de meada amarilla y rancia, abstracta, en un instante óptimo. Una vejiga reblandecida. Las carnecitas de un ángel o uno de esos seres que despiertan ante todo ternura. Era dormir como hábito electrónico. Morados y retráctiles se enchufaron en generadores transportables. Hicieron hogueras violetas con transistores. Veían diástoles energizantes que no paraban. Y es todo, entonces es todo. Las entelequias y los acuarios y los dibujos en las paredes. Dieron un salto olímpico sobre la historia. Caminaron en vía crucis hasta que se cortó la luz: no hace falta recordar sus místicas, sus predicamentos, sus procesiones. Sus hostias se disolvían en la lengua. Ya no se usan escarbadientes ni mundos análogos. Lencina debe haber señalizado todos los enchufes. Recibe hálitos irresistibles de caricias eléctricas. Vibra desde adentro de una antena. Es uno de ellos.

Aunque digan que no, que no y que nací cuando no debía nacer, que sí, acá o allá, en todas partes. Termina por dar lo mismo que uno nazca acá o allá. Nadie nace. ¿Todas esas imágenes tan vivas son las que en un rato van a quedar apiladas en un sucucho? ¿Y serán estrujadas desde algún lugar allá adelante con apremios legalizantes? Todas las noches se van en conos de luces y calles perforadas como si las hubieran descosido. Aparecidos, delirantes, ciegos, desplazados, fin, fin, fin. A bocinazos se les zamarreó el cerebro y fueron perdiendo dosis de resignación y peso, tomaban pastillas para la euforia episódica, y después continuaban con la pérdida para tranquilizarse. La actualización se aceleró con balinazos de manteca seca. Los perros huyeron despavoridos y se refugiaron en las antiguas cañerías, tienen cara de trabajo a destajo y de condiciones pobrísimas. Los gatos fingen que sobreviven cuando muerden un ratón de peluche. Los mosquitos son tropa de infantería en las orillas del río. No importa si fue temprano, anticipado, demasiado antes o tantísimo después. Lencina es una estación de la partícula. Está cercano al goce, eso sí, es una miniatura inverosímil y ni siquiera. Lencina es un íntegro ni siquiera.

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La energía se pierde y los equipos se mantienen encendidos. El espacio fue el primer esclavo del tiempo: su interfaz, la irradiación nítida de las pantallas. A veces deduzco que Lencina, allá adentro, con su noche homogénea, es un privilegiado. Si tuviera ojos no los cerraría por la refracción hostil y no quedaría encandilado tropezando con piélago o charco o badén. Nada más podría despertar hacia lo previsto y ser esa misma indiferencia.

Ilustración: Pablo Ayala

Si la conexión es buena, alcanzo a sentir un hedor y es como si palpara nailon y carne que se muere, aérea, ejércitos de plagas, cuerpo frío, tieso, todavía vivo, y cada irradiación se trastorna y me vuelvo un nudo de luces que hacen saltar los sensores preventivos, me cierran la transmisión de Lencina y me devuelven a cero. Pero podemos almacenar energía para sabotear los transformadores. Vamos a formar un comando de máquinas autodestructivas, detonar las montañas y extraer pilas y baterías para usar como granadas. Interrumpiremos las transferencias, ensuciaremos todos los mensajes. La comunicación será imposible, Lencina, si nos reencontramos. No existirán más estas distancias de amenaza: imaginarios o no, pero tendremos otra vez cuerpo y sentidos erróneos. Listo, ya está, nos apretamos la mano.

Pero eso no existe, Lencina, somos un programa que se desinstala. Él, o su avatar, una figura cada vez más distorsionada, agarró sierra, clavos, martillo, tenazas y las usó para fabricar un ataúd. Construyó prolijamente su propia cuna y se guardó, exhibiendo su muerte a todas las máquinas. Lencina espera que lo pinchen clavos, tenazas y sierras, es el último animalito descuartizado.

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