Lecturas | «Flagelos íntimos», de Damián Sarro - Por Federico Ferroggiaro

Es un lugar común, casi agotado, recordar aquella cita en la que Borges prefiere enorgullecerse de sus lecturas, antes que jactarse por sus escritos. Además de la prominencia de la lectura por sobre la escritura, lo que el enunciado borgiano resalta, explicita, es la correspondencia, el vínculo directo, estrecho, íntimo, entre esos dos actos ─y sus actores─ que sostienen la literatura ─amén que otras prácticas sociales y culturales, por supuesto. A esta altura, que una y otra van de la mano, resulta una obviedad indiscutible. Sin embargo, excluyendo a Borges de la respuesta, es lícito preguntarse si los roles son intercambiables, si, efectivamente, el (buen) lector de literatura devendráo coexiste con el (buen) escritor de literatura. Es decir, que los «grandes» escritores han sido lectores esmerados, ávidos, exigentes, es una afirmación que con una consistente lista de nombres puede refutarse. Lo mismo, entiendo, vale para los «grandes» lectores: si se sienten interesados en pasar a la escritura, los resultados serán igualmente inciertos.

Compañero de estudios en la carrera de Letras, compañero en la residencia docente y compañero de proyectos en los que intentamos conjugar la literatura y la enseñanza, puedo decir que a Damián Sarro lo conocí como lector.En esas coincidencias y en ese compartir, lo empecé a admirar como lector. Pocos de nuestros futuros colegas se atrevían a leer tanto y tan a fondo como él. A contracorriente de aquellos que iban a lo contemporáneo, él pasaba por esas estaciones recicladas y volvía a lo antiguo e imperecedero. A lo ríspido, a lo difícil, a lo anacrónico, a lo que, con mayor o menor gloria, seguía vivo en la literatura, a pesar de ser centenario, milenario, en apariencia, viejo. Los romances recopilados por Menéndez Pidal, las jarchas, los líricos griegos, y los clásicos, perdón, los Clásicos, formaban parte de sus lecturas, de sus preocupaciones, de sus investigaciones. En la Commedia y el gran hidalgo manchego, por ejemplo, coincidíamos. En otros casos, nuestros gustos e intereses disentían. A veces, de forma irreconciliable.

Ese lector, ese gran y extraño lector, devenido en voz narrativa, es el que irrumpe en esta, su primera nouvelle o novela, Flagelos íntimos. Aparece, digo, desde los epígrafes que remiten a las Odas de Horacio y siguen, en cada uno de los capítulos, proponiéndonos una muestra de referencias literarias que atraviesan el argumento, las sensaciones del narrador, sus proyecciones o sus fantasías. Como si la memoria fuera una biblioteca, un reservorio de textos que llegan para nombrar, poética, literariamente, aquello que ya fue dicho (escrito) de manera «perfecta». De diversas maneras, entonces, veremos frente a nuestros ojos desfilar lúbricos pasajes de Las memorias de una princesa rusa; los poemas de Rubén Darío, de Benedetti y de Eliot, entre otros; el Satiricón de Petronio, algún pasaje del Quijote, versos de Dante, y su Infierno, pero también, sin que parezcan intrusas, se van a escuchar canciones y, con sus trazos inquietantes, se alzarán los bocetos y algunas pinturas de EgonSchiele.

«Flagelos íntimos», de Damián Sarro

A su vez, Damián Sarro inscribe sus Flagelos íntimos en esa corriente que lee la literatura argentina, desde su fundación hasta el presente, en clave de una o múltiples violaciones. La violación como escena inaugural, como excusa, como representación. Literal, en este caso, como en tantos otros, y metafórica, también, en otros. La cadena de violaciones, en suma, que es la historia argentina y la historia de la literatura argentina. Que la novela de Sarro, además, involucre a la figura representativa de la escuela pública, «era como si la maestra normal de Manuel Gálvez se hubiera metamorfoseado en Rita la Salvaje», y al propio núcleo familiar del narrador, confirman como posible y productiva esta clave de lectura. De todos modos, y más allá del fecundo y variado background de referencias e intertextos que alimentan el relato, y de esta supuesta inscripción en la tradición, nos encontramos frente a un narrador que impone su voz en múltiples y potentes registros. Es, sin dudas, una voz que tiene algo para contar y, por momentos, estremece. Es una voz que juzga, que reflexiona, que describe con un encanto extraordinario, momentos tan emblemáticos como la siesta pueblerina o el juego de las escondidas.

No tengo yo más que una opinión al respecto del interrogante de qué sucede cuando un lector se pone a escribir. Opinión que se refuerza o se debilita, según cada nuevo caso. Acá, en las páginas que siguen, lo que queda en evidencia es la capacidad y el talento de un gran lector para convertir en una narración, potente y atrapante, la suma de muchas desus experiencias de lecturas, de su biografía como lector.


Flagelos íntimos, de Damián Sarro. Alción Editora, 2018.

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