Cuentos | El sillón del Escritor - Por Federico Fontana | Collage: Agostina Bertolotti

I

La primera vez que lo vi fue en un recital de poesía. Durante aquella semana había en la ciudad un festival o una feria o una galería ambulante, porque todo rebasaba de poetas. Esa noche entré al bar y me acodé en la barra, esperando encontrar a algún conocido o simplemente beber algo y distraerme. No tardé en advertir que algo enrarecía el aire. Personajes con plumas en sus cabezas o con el cabello teñido de los colores más extravagantes pululaban por doquier. Llevaban múltiples pañuelos enlazados a múltiples partes de su cuerpo. De pronto se escuchaban gritos perdidos y alejados, pero a su vez cercanos y estimulantes. Algunas personas deambulaban por el bar como marineros perdidos en una isla, con la mirada hacia el suelo y el rumbo errante. Había otros con camperas de cuero, pero estos se encontraban en el patio de fumadores y reían de manera estridente. Llevaban revistas bajo sus brazos (revistas que trataban de vender de manera muy convincente alegando que se trataba de la última publicación en la ciudad que podía jactarse de ser maldita). Cuando los clientes preguntaban qué era eso de ser maldita, los muchachos de campera alegaban que la genialidad trae aparejada la maldición, que el talento es lo de menos y que ellos eructaban sobre el éxito y sobre los libros de poesía, y que además aseveraban no cansarse jamás de repetirse a sí mismos. En la repetición está la salvación, aseguraban, o mejor: repítete a ti mismo y entonces las revistas se vendían como pan caliente.

Varias mesas estaban ocupadas por chicos y chicas de un estilo encantador; ellos llevaban el pelo arreglado (con ese corte de máquina que dibuja un degradé en sus nucas y deja en lo alto un jopo que se tuerce hacia un costado, o rulos que vibran con solo caminar) y olían muy limpios o al menos parecían estarlo. Sus rostros eran tersos y ausentes de imperfecciones. Cuando reían, encandilaban, y distraídamente se fijaban si alguien los miraba reírse. Las muchachas eran de una belleza que a veces podía llegar a dolerte, como esa sensación similar a envolver un músculo con hielo para desinflamarlo, que al principio trae alivio pero luego comienza a endurecer la piel y luego el frío corrompe los tejidos y todo se tiñe de un color blancuzco y nórdico. Parecían personas felices o que por lo menos aquella noche habían dejado de sufrir.

— Acá socializamos todos a cuenta de la poesía— le escuché decir.

Era una voz como de niño pero a su vez segura y firme. «Un niño que ha crecido de repente o un niño que jamás tuvo infancia», se me ocurrió pensar. Me di vuelta y le sonreí. Él alzó su copa y me hizo un gesto con la cabeza, inclinándola hacia mí.

—Salud, extranjero— dijo, y se bebió el líquido hasta el fondo.

Llevaba puesto un saco marrón que le quedaba corto, porque al estirar sus brazos se le arremangaba casi hasta los codos. «Lo debe haber comprado en el ejército de salvación», pensé. Su cabello era lacio y oscuro, pero parecía estar algo sucio porque se le formaban mechones gruesos que él enroscaba entre sus dedos, estirándolos hasta los hombros. Tenía los ojos grandes (quizá demasiado grandes y eso asustaba un poco) y todo el tiempo parecía hacer un esfuerzo por tratar de cerrarlos, pero al hacerlo, el ojo izquierdo no cerraba del todo. Cuando sucedía eso el ojo parpadeaba o temblaba, como tildado, y luego se destrababa y volvía a la normalidad. Sus labios eran gruesos y de un color rosado, como si acabara de chupar un pomelo. Le pregunté de qué se trataba todo esto. Le pregunté también si era poeta o qué era. Me dijo que él estaba allí por una mujer.

—Se llama Claudia y viene a leer sus poemas. Y cuando la escuches, quizá te invada la sensación de conocer una verdad o de sentir que la verdad es una cosa fácil de hallar. Pero no te animes tanto –terminó diciendo– porque cuando salgas por esa puerta ya la habrás olvidado.
—Y los demás- pregunté.
—Los demás qué- contestó.
—Quienes son- pregunté.
—Yo estoy aquí por ella, los demás son parte de la familia, aunque no todos. Algunos escuchan la llamada y otros hacen de cuenta que.

Lo miré sin comprender.

—Oye extranjero, no te hagas el desentendido, dijo—. Te tengo visto de otros lugares y sabes de qué hablo. Escuchar la llamada es como ser mordido. Una mordedura venenosa, que confunde y genera sospechas. Un sonido terrible, nacido en el aire y en el mar, un escudo y una espada.

Abrió los ojos como globos y me hizo un gesto con la cabeza.

—Mira toda esta confusión- dijo.

Me di vuelta y volví a observar los movimientos del bar. Me invadió la sensación de que todos formábamos parte de una gran obra de teatro cuyo director estaba ausente y cuyos libretos habían sido mezclados. Tuve la impresión de que alguien, en ese instante, se estaría riendo de nosotros. Riendo a carcajadas, con burlas y con ansias, riendo de nuestro desconcierto y de nuestra ignorancia. De pronto el ambiente se fue acompasando y todos fueron tomando asiento y las luces se fueron apagando y el bar quedó en penumbras. Solo cuatro personas estaban de pie y comenzaron a recitar un poema a voz alzada. Gritaban. Un grito afónico que burbujeaba como la espuma de una cerveza. Se turnaban por estrofas y a medida que el poema avanzaba uno podía sentir las variaciones, como una melodía encadenada; un vaivén que alzaba o enterraba el sentido del poema.

—En la alegría desentonamos todos— dijo el muchacho, de quien hasta ese momento no sabía casi nada.

Lo miré y le pregunté quién era. Él estiró su mano y se presentó.

—Yo soy el guía.

Acepté su gesto y nos dimos la mano.

—Yo me llamo Juan— le dije, y estoy viviendo en Barcelona desde hace 4 meses.
—Se te nota— contestó. Se nota que estás sin amigos y vienes a estos sitios para meterte en algún círculo, pero no te aflijas, casi todos estamos aquí por lo mismo.

Asentí en silencio y a mis espaldas los poetas seguían recitando versos interminables.

—En qué lugar eres guía— le pregunté, sospechando que trabajaba en algún palacio o museo o en la mismísima casa Batlló.
—Equivocas la pregunta, extranjero— contestó—. No preguntes hacia dónde sino hacia quién— aclaró luego.

Y metiendo una mano en el bolsillo de su saco me extendió una tarjeta con letras finas que decía: «La casa del escritor» y abajo «El sillón del escritor» y más abajo aún «La máquina de escribir del escritor» y más abajo aún del aún «Los cuadernos del escritor» y así continuaban los párrafos hasta que no quedaba más espacio en la tarjeta y las líneas se interrumpían. Quise preguntarle de qué se trataba todo aquello pero en ese momento el bar quedó absorbido por un silencio inquietante. Las voces de los poetas se habían serenado y lo vi al guía sonreír. Me dijo que ahora mismo iba a subir Claudia al escenario. Entonces me di vuelta y ella, la poeta, estaba sentada en un sillón y se acomodaba los anteojos. Un dominó de aplausos rompió el silencio y un vitoreo general se esparció entre el público. La poeta comenzó a leer y entonces el guía apoyó sus manos en mis hombros y se acercó y me habló al oído.

—Míralos— me dijo—. Presta atención a sus miradas.

Recorrí de un vistazo el bar, imitando el movimiento de un limpiaparabrisas, pero no terminaba de entender qué era lo que debía mirar o dónde debía reposar mi atención.

—Mira —dijo el guía—. Están aquellos que cierran los ojos, pero no del todo, temblando en la concentración. Los párpados vibran o se estremecen, con cierta anticipación. O los otros que se llevan una mano sobre las cejas y la sostienen allí, como si algo de lo que viene desde el escenario los encandilara. Están los que directamente deciden cerrar los ojos, por entero. Quieren mirar hacia su interioridad, como si allí albergaran algo desconocido, algo que no suele aparecer a menudo. Algo que el verso de la poeta destraba o hace reaccionar. Otros dejan los ojos abiertos pero los detienen en un punto fijo, cualquiera. Un mosaico del suelo, el barral de una cortina, las paletas estáticas del ventilador de techo.

Creí ser testigo de una revelación. Me di vuelta y lo miré. El guía asentía, como corroborando su juicio.

—Es que cuando escuchamos poesía no sabemos qué carajo hacer con la mirada— dijo—. Es como si nos estorbara.

Cuando la poeta terminó su último verso, el guía pidió la cuenta y abandonó el bar. Lo alcancé sobre la puerta de salida y le pregunté cuando era la visita guiada. Me dijo que los viernes a las once era el mejor momento para hacerla.

II

El sillón estaba allí, atornillado al suelo (aunque los tornillos nunca pude verlos) pero yo lo sentí así –lo imaginé así– porque ese sillón sin tornillos podía ser movido o robado o quizá alguien (alguien muy imprudente e irresponsable, alguien decididamente fuera de sus cabales) lo cambiaba de posición y eso hubiera significado una catástrofe, hubiera provocado que ese objeto ya no tuviera el aura, o quizá exagere, pero el lugar del sillón era ese y por lo tanto había que respetarlo. Era un sillón de cuero, color ocre, y daba la impresión de ser un objeto prehistórico, sobre todo por su coloración, como si hubieran diluido y luego desgranado un mineral hasta que dejó de ser lo que era y se convirtió en pigmento (se sabe que si dejas un mineral en agua durante setenta años ese mineral termina por ceder y comienza a agujerease, y una vez que tiene poros el agua lo invade, y esa invasión ya es imposible de detener –salvo que decidas sacar el mineral del agua– y el líquido comienza a crear sus propios meandros, sus derivas acuógenas y en ese tránsito va devorando al mineral, lo va corroyendo, haciendo que el mineral se vaya desparticularizando, que es lo mismo que decir desintegrando pero de una manera más sofisticada, y una vez que la piedra ya dejó de ser piedra debes calentarlo a temperaturas infernales y luego secarlo y entonces ahí tienes un pigmento). Estaba sostenido sobre cuatro patas de madera y se veían debajo de las patas trozos de alfombra verde (trozos recortados prolijamente y pegados para que el sillón no rayara el suelo). Era un sillón petiso, con un respaldar bajo, de manera que El Escritor podía apoyar su espalda pero no su nuca, ya que ésta quedaría en el aire. Sin embargo, los apoya brazos se veían cómodos y hasta parecían gastados, con el cuero liso, de tanto soportar los brazos del escritor –esa piel raspando y raspando– de manera tal que hubiera borrado las marcas del cuero. Por el lado de afuera, siguiendo la circunferencia del sillón, botones redondos ubicados a tres centímetros unos de otros, acompañaban las junturas del cuero. Por las ventanas de la habitación tanto la luz del día como de la tarde –según comentaba el guía– permitían que no fuera necesario encender luces artificiales y eso al escritor lo fascinaba. El sillón estaba cercado por una hilera de separadores (de esos que se encuentran en las boleterías del cine y que te indican por aquí sí, por aquí no) que estaban afelpados o se los sentía suaves al tacto, aunque estaban terminantemente prohibido tocar o acariciar. Una especie de custodia de ajedrez en torno al rey. Lo que sí podías hacer era asomarte por encima del sillón para observar el almohadón que El Escritor había ubicado sobre la base del sillón. Un almohadón cuadrado y de color beige, que encastraba perfectamente. Me quedé mirándolo un instante casi perpetuo, uno de esos momentos-eternidad, e imaginé de dónde hubiera sacado ese almohadón El escritor (si era un regalo o lo había comprado especialmente para el sillón, o si acaso fuera un objeto familiar que quedó en casa de su abuela, por ejemplo, que luego de su muerte los familiares decidieron repartir las pertenencias y El Escritor había decidido quedarse con ese almohadón sin saber bien qué uso le daría hasta que el sillón reclamó ese objeto). Porque una de las cosas que decía el guía –y lo repetía de manera vehemente, como un mantra espanta-pensamientos– era que el sillón se consideraba inseparable de la vida del escritor.

Pensamientos, por Agostina Bertolotti

—Piensen en el diván de Freud— dijo el guía—. En ese diván donde el maestro vienés escuchó a las mujeres histéricas e inventó el psicoanálisis. Si alguna vez visitan la casa de Freud van a sentir que ese diván no es un objeto cualquiera en este mundo. Es un objeto poderoso –agregó-, un objeto que ocupa un lugar en la historia, como este sillón que ven aquí.

Se alejó unos centímetros y señaló el sillón con el dedo índice, mientras repetía nuevamente ese movimiento con los ojos que le había visto hacer unas noches atrás.

—Es que los objetos nos reclaman—siguió diciendo el guía— que a esta altura estaba muy envalentonado con su discurso—. Porque la función es algo distinto del funcionamiento. Uno puede seguir existiendo –en funcionamiento- pero sin cumplir su función. Las cosas saben que nos necesitan para funcionar, no son indiferentes. Saben que si nosotros nos vamos, ellas –las cosas– no sirven para nada. Este sillón, por ejemplo, aquí, parece refulgir pero a la vez agonizar.

Cuando El Visitante alzó la mano y preguntó qué lo autorizaba para decir semejante barbaridad, es decir, si acaso no hubiera sido lo mismo que en vez de ese sillón hubiera usado una silla o una banqueta, el guía alzó los hombros y se quedó un instante en silencio, contemplando los bordes del sillón– ese camino de hormigas formado por los botones-remaches– y luego, con expresión beatífica, sonrió y dijo que él simplemente lo sentía así y eso era suficiente. El Visitante que hizo la pregunta suspiró y dio como un bufido que hacía imposible saber si la respuesta del guía lo había dejado satisfecho o, por el contrario, la consideraba un disparate más digno de un fanático enloquecido que de un guía objetivo e imparcial. El Visitante dijo a sus acompañantes (que eran una especie de séquito estudiantil, porque llevaban cuadernos y tomaban notas a medida que El Visitante describía aspectos de la obra del El Escritor) que lo que constituye y le da consistencia a la literatura es la labor de los críticos. Que los escritores existen porque los lee la crítica, y que cuando la crítica los lee después habla de ellos y luego las masas pueden acceder a esos autores, metabolizados por la crítica.

El guía, que después de la interrupción del visitante había permanecido en silencio, cabizbajo, le preguntó al visitante si él era escritor.

—Claro que soy escritor— respondió El Visitante.
—Y por qué escribe— preguntó el guía.
—Escribo por encargos —contestó El Visitante— por prestigio académico, para sumar puntos en la universidad, para ganar algún premio. Escribo para justificar mi existencia —terminó diciendo— al tiempo que el séquito de alumnos alzaba la mirada y asentía al unísono, mostrando muecas de admiración, pero también algo inquietos.
—Y cómo se le ocurrió la idea de ser escritor— volvió a preguntar el guía.
—Esa es la pregunta más estúpida que me han hecho jamás—contestó El Visitante.
—Quizá la diferencia entre usted y nosotros —dijo el guía, incluyéndome en lo autorreferencial con un gesto de la mano que parecía revolver una olla inmensa— es que nosotros escribimos por placer. Y cuando alguien escribe así, mordido por el placer, amenazado por la historia, queriendo alcanzar el éxtasis de Rimbaud o de Lautremont, sabe que corre un riego inmenso. Sabe que, de encontrarse con el éxtasis, no lo soportaría. Sabe que el éxtasis quema, terminó diciendo el guía, y sin embargo continuamos escribiendo, a sabiendas de que nadie hablará de nosotros, de que no seremos, ni por mucho, una letra en una maldita enciclopedia.

El Visitante le dijo que el hedonismo ya había sido superado hace mucho, «atrasás como dos mil años con esos argumentos», le esgrimió al guía, mientras el séquito lanzaba risitas como de lagartijas.

—Quienes escriben por placer —continuó diciendo El Visitante— lo hacen porque tienen la vida solucionada, porque tienen un trabajo de oficina o cualquier otra actividad, y después, en sus ratos libres, se dedican al placer de escribir. Te voy a decir que escribir no tiene un carajo de placentero, aclaró, ya con la mirada inflamada, como si acabara de salir de una pileta de natación y el cloro le inyectara los ojos. Escribir es una maldita pesadilla —terminó diciendo—, de la que no se sale vivo.
—En eso coincidimos —respondió el guía, entusiasmado por la discusión—. Pero siguiendo su idea, ¿por qué escribiríamos a sabiendas de que es un camino hacia la desolación? ¿Por qué no dejar las cosas tal como están y dedicarnos a leer todo lo que podamos? ¿Por qué continuar contaminando del mundo con letras y papel y libros y madera? ¿Por qué mejor no escribir? —terminó preguntando el guía, mientras se enroscaba los mechones de pelo entre sus dedos.

El Visitante lo observó perplejo y creí intuir en su mirada un sufrimiento que se abría camino hacia el guía, un dolor atávico y primitivo, un estertor como de mamut acuchillado por lanzas.

—Es que no podemos vivir sin el amor —contestó por fin— mientras se apoyaba contra una pared y dirigía su mirada hacia el suelo. Y una de las maneras de causarlo es así, escribiendo, imaginando, porque una vida no es suficiente. Por eso escribimos, estimado— terminó diciendo El Visitante.

El guía hizo una reverencia y ya no dijo más nada durante el resto de la visita y a mí me dejó un sabor amargo, porque entendía que el guía, para hacer su trabajo, «necesariamente» debía de ser alguien apasionado por la obra del escritor, y que una biografía no debía resumirse a una sucesión de hechos comprobables y fácticos sino que la «verdadera» labor del guía debía fundirse con su fantasía y a partir de allí hilvanar una historia. Me pregunté por la verdad de la vida, si acaso es lo mismo «vivir» que «hablar de la vida». Pero la vida se vive hablando, me contesté inmediatamente, y dejé la pregunta en suspenso.

Entonces me acerqué al guía, que en ese instante se había posado sobre una de las ventanas de la habitación y miraba hacia la calle, y casi en un susurró le hablé al oído:

—Una vida solo es narrable como ficción— le dije.

El guía alzó la mirada y su mirada se encontró con la mía –una mirada de espuma marina, resignada pero consciente de que la lucidez es un don y un castigo– y sus labios se estiraron lentamente, en una sonrisa cómplice, y asintió en silencio al tiempo que posaba su mano derecha sobre mi hombro y hacía un gesto como de querer abrazarme pero no me abrazó. Lo que hizo fue hacer un movimiento con su mentón, señalando hacia la pared detrás del sillón. Me acerqué y sobre el escritorio estaban apilados los cuadernos del escritor. Al costado, algunos abiertos a la mitad, con dibujos y garabatos y números de teléfono. El guía se acercó y miró hacia los costados. El Visitante aún se encontraba «afectado» por la discusión y sus alumnos lo apantallaban con sus cuadernos para darle aire o ánimos. Además de eso, parecían ignorarnos por completo. Entonces el guía corrió una de las vallas de contención y dejó libre un espacio para que me acerque hacia el cuaderno abierto. Léelo, me dijo. Me acerqué y leí: «Dos son los recuerdos más indelebles que aún conservo de aquellos días. El primero es una sucesión de imágenes de Laura desnuda (sentada en la banqueta, en mis brazos, bajo la ducha, tirada en el diván, pensando) hasta que el vapor que gradualmente va creciendo la hace desaparecer del todo. Fin. Imagen blanca. El segundo es el mural del gimnasio Moctezuma. Los ojos de Moctezuma, insondables. El cuello de Moctezuma suspendido sobre la superficie de la piscina. Los cortesanos (o tal vez no eran cortesanos) que ríen y conversan intentando con todas sus fuerzas ignorar aquello que el emperador ve. Las bandadas de pájaros y de nubes que se confunden con el fondo. El color de las piedras de la piscina, sin duda el color más triste que vi a lo largo de nuestras expediciones, tan solo comparable al color de algunas miradas, obreros en los pasillos, que ya no recuerdo pero que sin duda existieron».

Cerré los ojos y apoyé mis manos sobre el respaldar del sillón y entonces sentí como si cayera dentro de un contenedor de basura o me encerraran en una cámara frigorífica, porque primero fue vértigo, después una cosa hedionda y luego un frío noruego. Y mis dedos acariciaban los botones-remaches del sillón y con cada caricia tuve visiones. Pude ver pero también pude escuchar y la verdad es que primero escuché y después vi. Fue como rezar para después creer. Escuché su risa –una risa volcánica que hubiera podido derretir el asfalto o los muros de cualquier cárcel– y escuché llamadas telefónicas y después más risas y un golpe de teclas, rítmico y frenético, afiebrado; un golpeteo que parecía elevarse por una montaña rusa. Cuando deje de escuchar lo vi. Él estaba apoyado sobre la ventana con un cigarrillo en la mano y llevaba puesta una campera de cuero negro con el cuello levantado y detrás de sus lentes redondos la mirada opaca pero encendida. Miraba hacia la calle y de vez en cuando se daba vuelta y relojeaba la habitación, como si la estuviera cuidando de intrusos o de personas que son demasiado inteligentes como para confiar en ellas.

—Prefiere siempre la sinceridad del bruto—me dijo—a la sofisticación del poeta. Lo más importante –siguió diciendo– es que primero vivas, y después cojas todo lo que puedas, y después te pongas a escribir.

Hizo un chasquido con los dedos y yo fui eyectado de la visión y luego quise escapar de la habitación, trastabillando, apoyándome contra las paredes, mientras el séquito de estudiantes me miraba con cautela, alejándose de mí o tomando la distancia suficiente para no contagiarse. Me detuve en el zócalo de la entrada, antes de abandonar definitivamente la visita. El guía había vuelto a posarse sobre la ventana y miraba hacia la calle y creí intuir en la forma de sus hombros o en la manera en que sus brazos caían al costado de su cuerpo, otra vez esa risa de velero que se mece con la marea. Sonreí también y alcé la mirada. Hacia el costado del marco de la puerta había una placa donde podía leerse: En esta habitación el escritor chileno Roberto Bolaño escribió gran parte de su novela póstuma, 2666.

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