Viendo: Gustavo Oliveira

Cordero

Por Juan Cruz Catena | Ilustración: Gustavo Oliveira

Conejo

Lágrimas como sepulturas. Punto final o examen de consciencia que subvierte. Adviene, por si acaso. Es inimaginable e incomprensible. Pero puede perecer, por lo tanto, su existencia es noticia fresca. Caminador del mismo foso, recuerdo de una palabra que se hace deshaciéndose, memorialista, que retrotrae y reasigna. Como homenajes a amigos desconocidos.

Uno

Quizás sea posible ser ese otro que se renueva en las miradas de otros. Quizás, es probable, hacen falta solo algunas circunstancias, tan verídicas que pueden imaginarse. Deshacerse en un nombre propio, que toma las maneras de lo reconocido. Y entonces, ya no. Dejar de ser por unos minutos, transmigrarse. Ser entre varios el que se va caminando solo, como un juego de ausencias.

Durazno sangrando

El mundo se abre en dos, como un durazno. El sol llega cálido en oriente u occidente, hay algo en lo vital que pulsa y hace ruido, como melodía, o pica, como cosquillas. Es similar a confundirse, qué sirve, para qué vamos, dónde estoy. Ninguna pregunta contesta, el personaje está absorto. Perdido o no, en un relámpago, encandilado o sordo o demasiado estrujado.

Falta decir

De balas se hace silencio, frágil, ácido y perecedero; ese silencio a balazos no dura demasiado, es puro impacto, sangre que cae, cobarde que goza. Después lo que quedan son estelas, suspiros que se van perdiendo, ratos de memoria que enervan los dedos, las manos, el cuero. La dictadura se fue matando. Creyó llevarse algo, pero no pudo con todo lo que se propuso. Entre esas cosas que quedan, germina la justicia, algo de ella, que resuena en una sentencia, que es, también, palabra poética.

Contraluz

A pesar del bullicio que ensordece, o del eco agónico que paraliza, o de la fauna atroz que deambula y ocupa los territorios, asecha e infunde el terror y enseña el dominio, a pesar de la triste nostalgia y de la prometida urgencia, aún surgen unas lenguas bailoteantes, que salen de la tierra, o que son la tierra misma, que no escupen fuego, pero enardecen, que andan sintiendo como si no tuvieran otra cosa más para hacer.

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