Viendo: Malvina del Olmo

Los Espíritus

El calor amaga a irse. Las noches de Rosario traen el olor otoñal que precede al frío. Nuestra cronista fue a despedir al verano a un recital en donde (casi) todos compartían la misma sensación: uno de los últimos sin fresco. Se mezcló en el público, terminó sus cervezas y hasta quiso negociar su texto, pero el pacto no funcionó y tuvo que sentarse a escribir.

A cuatro voces

La poesía está allí. Donde usted quiera. Se trata de perseguirla y tal vez no encontrarla, o quizás de encontrarla y sangrar su encanto. Cada palabra tendrá que ser inamovible para que el texto aguijonee el tiempo y sobreviva al óxido de los años. Nuestra cronista tomó nota de ello, acomodó sus cosas sobre la barra de un bar y describió una noche de textos, lecturas, música y fotografía.

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La improvisación, que sólo sirve si es una mueca del conocimiento, deja al desnudo el aire que la creatividad sacude sobre los mortales condenados a aplaudir las creaciones ajenas. Es entonces cuando la curiosidad queda sujeta a la música, que se impone como reina madre y obliga a los cuerpos a acompañar su mandato. Nuestra compañera tomó nota de ello, apuró el vaso y después de bailar sobre la banqueta, escribió lo que sigue.

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Existe una conexión impredecible, que atenta contra la ortodoxia y la quietud, y tiene como partera al ritmo, la angustia, el arte y el desengaño. En ese cóctel sensacionalista y frenético, una reunión de espíritus bailanteros puede dictar las frases que componen el cuerpo de un texto como este.

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