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«La inocencia», de Marina Yuszczuk

La inocencia, primera novela de Marina Yuszczuk, nos empuja a la trayectoria de quien busca en el terreno barroso de la memoria claves para componer una hoja de ruta personal. La escritura se le aparece a la protagonista como excusa para dar forma a ese mundo propio.

Infinito punto rojo

Las distancias son maneras de pararse ante una misma dimensión. La variación de una de ellas, altera por completo las circunstancias. La distancia se extiende o retrae. Las dimensiones, a su vez, se subsumen. Se pierden, paralizan, dejan de ser. No hay deberes en las poses, son decisiones. Las apariencias demuelen las cercanías. No todo es tan próximo como los brazos sugieren. Nada es lejano, entonces.

Máquina cementera

las verrugas carcomidas se congelan y queman como el calor ahora son humo los huesos se le cortan las muñecas y las pulseras se van con las manos pero no hay sangre

Sueño, que descalza, una mujer

La pesadilla tiene sombras y tiene luces. Es el cuarto, las paredes que hablan, recuerdan o insisten en repetir. Es un pasaje de lo vivido y grabado a lo vuelto a vivir, que quema, arde sobre la piel, el cuerpo, la mirada que recibe la luz o las sombras. De unas a otras, las sucesiones comprueban un rasgo que parece inevitable, un pesar sobre una vida, una pena que se replica, que es luz y sombras en una habitación.

Campito

Una escena, puede llegar a ser un hecho. Aunque no, todavía le falta algo, contundencia, evidencia, manifestación sensible. Por ahora es una escena. Hombres, autos, pastizales. El partido está en juego. Sucesos y decesos, en uno, jugada de ataque y defensa, variaciones e intermitencia, incidencias de un cotejo. La ciudad vive y se detiene en esas escenas, que pueden quedar como dos mundos quietos unidos a la par, sin olerse, aunque intuyéndose. De qué modo ingresan uno en el otro es toda la pregunta que habita.