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La razón procesista

La pregunta por el presente atrae la necesidad de volver al pasado, otra vez interrogar, buscar continuidades, ir hacia atrás, recorriendo las instancias, periodos, momentos, buscar similitudes, extensiones, y también rupturas, reformulaciones, nuevas maneras de actuar, mostrarse, concebir la realidad. La imagen del Proceso es inevitable ante lo que sucede, esa pregunta, también.

La mano invisible del discurso

La mirada, fija. La cosa está ahí, ahora es cosa, no es ser. Separado, por fuera, profanador. Para mirar bien, antes hay que destruirse, atacarse y demolerse. Hay riesgo de repetir. Se configura sobre lo configurado, se asume el registro afectivo que nos echan encima, se lo hace propio, creación de uno, y el mundo se mira, entonces, desde ahí, es el reflejo de esa mirada. Lo otro, amenaza. Se ontologiza el demonio, se lo ve, camina, come, pide, asalta. El terror es un asunto de preguntas, hechas o ignoradas.

Ficción libidinal: la idea absurda del conflicto

Hay un pedido, una exigencia, una condición; una necesidad se impone, hay que esquivar los baches, sostenerse arriba, no caer. Odiar el bajón, no atenderlo, negarlo. Toda angustia es un detenimiento y lo importante es fluir. Nada de crítica, ningún pesimismo, tampoco la novedad, nada que revuelva, convulsione, agite. El imperativo de la alegría crece y nadie tiene derecho a cuestionar.

Cuerpo sin órganos

Romper las disponibilidades, cavar surcos profundos entre las piedras, avivar llamas, emprender caminos por zonas obstaculizadas, cansarse y retroceder, temporalidades de la experiencia, en esas trayectorias hay algo que fluye, una carne que vive, un cuerpo que inventa una existencia. La realidad se abre, se extiende como una masa vaporosa, a veces sólida, pero permeable. Es un imperativo la desmesura, o una constancia de la imposibilidad. Cruzar o hundirse, son precipitaciones. En el fondo, o en una capa primaria, es un decir.

Yo, bárbaro: anotaciones

Hay alguna bestia, en el espejo, detrás de él, en las sombras que proyecta; tiene venas azuladas o es de loza, parece una figura conocida, aunque se muestra insospechable. No tiene intención y acumula en un gesto todas las voluntades. Es un fantasma, o es otro hombre recortado. Ninguno quiso saberlo propio, aunque nada hay que lo suponga del todo ajeno. Uno y otro, dos entidades que procuran diferenciarse, que se mueven, se deslizan, se borran y remarcan mutuamente.

Cómo es que hablan los que no tienen voz

La imaginación y el arte tomaron el mando esta vez. Empuñan sus armas y salen a disputar el territorio a contramano de los destinos ineludibles que firman para tantos un camino de exclusión y desamparo. Los cuerpos, que reniegan de la docilidad que las instituciones les vuelcan, renacen desde su rebeldía para desafiar al futuro y desnudar las miserias que corroen la piel. Los pibes están pillos y sacuden contra el verdugueo al que la cotidianidad los invita. Las categorías se renuevan, el suelo empezó a moverse... otra vez.

El arte: un agujero negro

Verlo o palparlo no nos vuelve sensibles, tampoco nos resta la exaltación de los tejidos o el caliente soplido que sube por la laringe y se detiene en las fosas nasales: ese embotellamiento es una imposibilidad. Alcanzar a respirar no es nada más que imprimir una acción en algo que la prescinde. Clavar la faca en lo más profundo del cuerpo y acabar litros de semen terminan por impactar en un momento. En esa componenda, la actividad creativa, el impulso artístico, queda en cuestión, como el cuerpo dolido o extasiado.

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