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Colonia

Fotografía: Anto Cassina | Texto: El discurso vacío [fragmento], Mario Levrero

El Paro, las ciudades y los tiempos

Hubo coreografías de cuerpos en la ciudad, desplazamientos y nuevos usos. Las significaciones se compenetran. Las herramientas se renuevan, se hacen otras. El gesto impugnativo cobra dimensiones de afirmación. El hartazgo es potencia de encuentro y creación. El Paro de Mujeres sigue produciendo efectos, conmoviendo sensibilidades, instalando una y otra vez interrogantes políticos, indagaciones vitales, incomodidad que no deja nada en su lugar.

«La tierra de los mil caballos», de Gabby De Cicco

Encuentros, cuerpos y poesía, vínculos de palabras y de la materia sensible con que ellas se hacen, que ellas mismas hacen, como si se duplicaran o triplicaran o multiplicaran en infinitas. Una fuerza, de resistencia, de activación, ofensiva y defensiva, a un mismo tiempo. Así, una lectura que es una presentación, no de un libro, no de un evento, no de una amistad, sino de un compuesto, un conjunto que da y abre sentidos. Otra vez: encuentros, cuerpos y poesía, en definitivas, esos vínculos que necesitan de la palabra.

El otro

En el traslado, en un ir y estar por llegar, en el mismo estar llegando, ocurren las presencias. Estar solo o que caigan inesperadas, que surjan caras y voces, que hablen y repiquen, y dejen, al fin, un coro de otras voces y otras caras repiqueteando en la cabeza de ese, que solo, no termina de entender cómo está.

Túneles del Monumento a la Bandera

Nuestro compañero fue invitado hace un tiempo a caminar los submundos del edificio más importante de Rosario. La crónica se hizo esperar, pero por fin salió: hay quienes dicen que estuvo varias semanas caminando por debajo de la ciudad y por eso el texto no aparecía. Nos envió lo que sigue, un recorrido que taja la historia entre la oscuridad subterránea y la Marcha de San Lorenzo.

Palo Pandolfo en Rosario

El invierno no se decide: se va pero se queda. La noche era apenas un reflejo de la semana, donde el calor amagaba más de lo que podía y el frío juraba atacar de madrugada. Nuestro cronista, sin embargo, buscó transpirar un poco y se mezcló entre vasos que levantaban cervezas mientras cantaban a coro. Fue por eso que escribió su texto después haber saltado lo suficiente, chocando con otros cuerpos, celebrando la reinvención de un artista que le ganó una apuesta al futuro.

Zambayonny en Rosario

Dicen los que lo vieron, que nuestro cronista acompañó el recital sentado y tranquilo. Tenía una sonrisa en los labios y un trapo en la mano que no pudo desplegar. Fue, comentan, a ver un show parido hace casi una década y se encontró con algo nuevo. Ahora, el que empuña la guitarra - que supo ser lo que mira la Monalisa- camina por otras metáforas, porque si bien las noches de fisura están a la vuelta de la esquina prefiere cantarles de vez en cuando, como a un amor que se fue.

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