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Anécdotas

Nada que pueda ser, será. Ninguna de las fantasías que hayan estado, volverán. No son imposibles las fronteras y las desinhibiciones. Caladas de piedras andan bajando. Será lo que nadie prevé. Pero todos estarán alertas. Son orificios del tiempo, envolvimientos. No hay más que quedarse sentados. No hay sentados que puedan quedarse. Lo que no se borra, ahí permanece.

de generaciones

―penetrarnos es eso― dijo una que era cantante ―dejarnos entrar mutuamente cada uno de los polvos fue como una consagración después, sin motivos, dejamos de vernos nos cruzamos unas cuantas veces y nos saludamos sonrientes y cómplices sabiendo que podíamos esperarnos a la distancia

Eva y Maricel

Hacía tanto frío que hasta el diablo llevaba un poncho. Nuestro cronista apuró el paso, no sin antes mirar dos veces la dirección del lugar, porque desconfía de su memoria. Fue acompañado, según dice, y eso le sirvió para llegar a tiempo. Adentro, el calor marcaba el pulso, mientras dos mujeres entre cervezas y baile se mueven contando una historia que avanza en círculos. Hay gritos y también abrazos, en una obra que se arma como un collage en donde el público ubica las piezas.

Quiero que gustes de mí

En una noche de invierno que transpira - preludio de tormenta - nuestra cronista se mezcló entre el público de una obra que explora los contratos sociales que estructuran la cotidianidad. Fue acompañada, dice cada vez que puede mientras habla con Lemebel en medio de la función. Cuenta de amores, desencuentros y esperanza. También de supuestos que no lo son. El humor - salida de emergencia - aparece como el gran sostén del relato, mientras sobrevuela una verdad irrefutable: «cómo cuesta encontrar el amor».

a veces

Por Natalia Leiderman | Ilustración: Celeste Ciafarone 

Zambayonny en Rosario

Dicen los que lo vieron, que nuestro cronista acompañó el recital sentado y tranquilo. Tenía una sonrisa en los labios y un trapo en la mano que no pudo desplegar. Fue, comentan, a ver un show parido hace casi una década y se encontró con algo nuevo. Ahora, el que empuña la guitarra - que supo ser lo que mira la Monalisa- camina por otras metáforas, porque si bien las noches de fisura están a la vuelta de la esquina prefiere cantarles de vez en cuando, como a un amor que se fue.

Die vier Himmelsrichtungen

Nuestro cronista miró la hora, apuró la cerveza y encaró para el teatro. Iba acompañado, porque las amistades nunca sobran cuando hay que enfrentar la ficción. Cuenta que los escenarios se confundían y que el alcohol no tuvo nada que ver con eso. Los espacios para para frenar la mirada fueron multiplicándose, tanto como los colores arriba de las tablas. Tres, que fueron miles, pasaron del amor al desencanto, con la velocidad de un viento que cambia de rumbo, en una obra de nombre difícil y emociones contradictorias.

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