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Sonidos y silencios

CrónicasSonidos y Silencios

El siguiente texto data de la noche en que los demonios subieron hasta el Olimpo a bailar jazz. Nuestro cronista estaba contra la barra cuando en el centro de la pista el suelo se abrió y comenzaron a salir criaturas extrañas que se deslizaban por las paredes y el techo al ritmo de la música. Solamente querían bailar porque esa noche el infierno no era tan encantador.

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El invierno no se decide: se va pero se queda. La noche era apenas un reflejo de la semana, donde el calor amagaba más de lo que podía y el frío juraba atacar de madrugada. Nuestro cronista, sin embargo, buscó transpirar un poco y se mezcló entre vasos que levantaban cervezas mientras cantaban a coro. Fue por eso que escribió su texto después haber saltado lo suficiente, chocando con otros cuerpos, celebrando la reinvención de un artista que le ganó una apuesta al futuro.

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Crónicas

Dicen los que lo vieron, que nuestro cronista acompañó el recital sentado y tranquilo. Tenía una sonrisa en los labios y un trapo en la mano que no pudo desplegar. Fue, comentan, a ver un show parido hace casi una década y se encontró con algo nuevo. Ahora, el que empuña la guitarra – que supo ser lo que mira la Monalisa- camina por otras metáforas, porque si bien las noches de fisura están a la vuelta de la esquina prefiere cantarles de vez en cuando, como a un amor que se fue.

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Crónicas

Nuestro cronista miró por la ventana, sintió el frío de la ciudad e imaginó un viernes de cine entre casa. Sin embargo, nada de eso ocurrió. Lejos del calor de las frazadas y los guiones de Woody Allen, enroscó la bufanda en su cuello – no sin antes taparse las orejas con un gorro de lana – y encaró hacia dónde un amigo lo esperaba con la guitarra sobre las piernas para colorear la noche. Bebieron para anestesiar el viento y cantaron hasta que no hubo más qué decir. Aplausos y hasta la próxima.

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El almanaque anunciaba fiesta, pero las plazas estaban cerradas. El tímido sol de mayo apenas tajeaba el frío y la alegría que la memoria acercaba sólo tenía lugar en las mesas pequeñas, lejos de los abrazos de piel con piel. Creímos que la amargura había ganado la partida, pero nos equivocamos. Desde la calle al escenario, sin escalas, llegaban ellos para arrancarnos del tedio. Nuestra cronista destapó cervezas, brindó por la patria y por la calle hecha canción – porque no hay rejas que puedan hacerle frente a la música – y antes de que muera el feriado, nos regaló su texto.

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Crónicas

Nuestro compañero encaró la noche con ciertos reparos. Agazapado en la incertidumbre que trae el desconocimiento y con una lapicera en la mano, asomó la nariz entre la multitud que mezclaba el choripán con cerveza y la cumbia con el frío. El calor se adueñó del tiempo y ya no tuvo más remedio que bailar hasta que dolieron los pies. Los años no fueron excusa, tampoco los vasos vaciados sobre la barra y una vez que el último aplauso cerró las puertas, nos mandó estas líneas que cuentan lo que las piernas le dictaron.

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Crónicas

El frío rosarino, que amenaza con escondernos a todos detrás del vidrio, quedó en un segundo plano porque la música volvió a ganarle la pulseada. Quienes comandan la noche traen rock, agudos y la promesa de que será un buen momento. Con más chasquidos que aplausos, el público le firma fidelidad a una banda que escribe la historia en las páginas grandes para desmentir (o chicanear), aquello de que dios atiende solamente en Buenos Aires.

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Sonidos y Silencios

Un nuevo disco, un viejo sonido. Blues, Rosario, Santa Fe. Potencia, densidad, instrumentalidad con una impronta local, que recorre el paisaje, recoge elementos, compone. Primer disco de Cameron, el sonido propio, el mismo blues de siempre. Entre la fuerza y la energía se deshacen estas líneas.

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Crónicas

Una y otra vez nos acercamos a ese cactus, lo rodeamos, lo observamos, intentamos tocarlo, lo hacemos nuestro y sentimos que ese picor, más que dolernos, nos excita, nos estimula, nos provoca el meneo. Nuestra compañera, su pantalón irreverente y todos los que alguna vez pasamos por un festín, lo seguimos comprobando.

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Crónicas

Una fuerza desconocida salta desde las tablas hacia los cuerpos que observan la ceremonia en una coreografía imperfecta que resume, cual polaroid, el pacto tácito que firmaron el talento y la admiración. De pronto el silencio explota, y desde la bravura de la incertidumbre, las miradas buscan respuestas en los ojos de otros. Por suerte, la música ha vuelto a salvarlos.

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