Crónicas | ¿A dónde va la gente cuando llueve? - Crónicas La cultura se pronuncia como el refugio en qué – tal vez junto al amor – la belleza y la creatividad desnudan el calor del magma que las compone, decorando los rincones donde gotea la sangre del tiempo; alejándonos de los cerrojos oxidados de la rigidez y el perfume pacato del universo estructurado que […]

Crónicas

La cultura se pronuncia como el refugio en qué – tal vez junto al amor – la belleza y la creatividad desnudan el calor del magma que las compone, decorando los rincones donde gotea la sangre del tiempo; alejándonos de los cerrojos oxidados de la rigidez y el perfume pacato del universo estructurado que algunos sueñan imponer. 
Una
crónica del Festival No autorizado – Por Ezequiel Gatto

¿A dónde va?



Hasta un rato después del mediodía nada indicaba que el domingo pasado, 9 de noviembre de 2014, llovería. Pero cerca de las tres el cielo empezó a virar al gris y la tormenta fue destino.

“Qué mala suerte, va a volver a llover, igual que el domingo pasado”, pensé. Pero había una diferencia sustancial entre aquél domingo y éste: yo sabía que en esta oportunidad Colectivo Avispero llevaba horas montado lo necesario para el Festival No autorizado, su opera prima en la disputa por la cultura, la política y las políticas culturales en Rosario. Una opera que también tenía algo de magna: la invitación incluía más de veinte bandas, artistas callejeros, colectivos culturales, muestras de pintura, dibujo y fotografía, alimentación sana, la adhesión de más de cincuenta organizaciones (desde grupos de artistas con demandas sectoriales a agrupaciones de derechos humanos, pasando por espacios de investigación política) y un texto que señalaba “preocupación frente a la proliferación de problemáticas relacionadas con cualquier tipo de expresión cultural que no encuadre con las propuestas oficiales de la ciudad”. Con todos esos componentes, se armaba un abanico como para hacer un buen viento.

Salí de casa y, fiel a mi estrategia de recorrido zigzagueante, fui dejando atrás cuadras hasta llegar a Paraguay y Wheelwright. Entonces, giré a la izquierda y rumbeé hacia el Parque de las Colectividades. De pronto, vinieron a mi memoria todos esos personajes, tan serios como simpáticos, provocadores y amables, que se juntaban en esa zona a finales de los noventa: las Fiestas del fuego, los grupos de malabaristas y artistas callejeros, las batucadas, los pioneros de mi generación en la guerrilla de la comunicación y el activismo artístico-político. A todos ellos los reuní de golpe en mi memoria y noté el aire de familia que los ligaba a lo que esperaba encontrarme en el Festival No autorizado.

Ojo, cero nostalgia o alegato de continuidad. La historia no siempre oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. No siempre impide crear ni hace pasar por pensamientos lo que, en rigor, no es más que buena memoria. Tampoco está ahí como vicario del horror, que nos encandila e inmoviliza, o como modelo ejemplar, que nos hace vivir como si fuéramos la nota al pie de otra vida. Despojada de esas funciones, la historia puede actuar como un punto de comparación para armarse una imagen de pasado, una posibilidad, presente, de toma de distancia y valoraciones. Como si nos preguntáramos: ¿Qué había que ya no hay? ¿Qué hay que no había?

Mientras camino hacia el Festival ensayo respuestas a esas dos preguntas. Casi veinte años (¡casi veinte años!) pasaron de aquellas movidas que vinculaban arte, autogestión y resistencia de la que estoy a punto a habitar. En aquél entonces, esa zona de la ciudad recién comenzaba a dar sus pasos de alta gama, la incipiente marca Rosario tenía un sesgo más comunitario y asistencial (reflejado particularmente en la cultura y la salud) que turístico y consumista, mientras que las lógicas neoliberales hegemónicas convertían al Estado, en especial provincial y nacional, en un enemigo absoluto. Hace veinte años, además, no había Internet.

Actualmente, la costanera tiene varias zonas que permiten disfrutar el espacio público (de hecho, el Festival No Autorizado sucederá en un lugar intransitable hace veinte años) y otras concesionadas a unos pocos empresarios, que la levantan con pala mecánica. Pero la principal mina de oro está cruzando la calle, donde se han levantado numerosos edificios con vista al río, dando cuerpo a la mercantilización del paisaje, y refuerza la idea, turística y escópica, de en una ciudad cuyo valor no estaría en ella misma sino en lo que desde ella se puede ver. Lo que natura da, la soja fideicomisa.

Hoy, unos pocos viven de la gestión cultural, y aunque muchos artistas y productores culturales no vemos al Estado como enemigo (somos más flexibles y móviles, capaces de entrar y salir de las instituciones), problemas con él sobran: vacíos legales que facilitan hace años políticas de contratación precaria, una ola reciente de clausura de espacios independientes y, más ampliamente, un giro estratégico de la política cultural local que afecta a toda la ciudad son muy preocupantes. El territorio se está minando.

           Ah, y ahora hay Internet.

La gente cuando llueve

Mi primer contacto físico con el Festival No Autorizado fue por su “punto B”, situado en Moreno y el río. La delimitación del espacio era agradablemente irregular. Incluía, además de carteles que decían “La cultura no se negocia” (pegados con cinta en los árboles), varias planchas de madera y palets graffiteados en los que convivían budas, calaveras y figuras geométricas de muchos colores, unas sombrillas protectoras enterradas en el pasto, muestras colgantes de fotos, un puestito de venta de imanes, banderines y un sonido dignísimo, del que brotaba algo que me sonó bastante ambient house.

Creo que había terminado la performance Mu-danzas, de Nadia Grisetti y Julio Buena vida y el siguiente turno era de Masi García. Me quedé un rato mirando los imanes y las remeras a la venta y disfrutando la sensación de “cosa armándose”, expresada en el incesante goteo de personas que se iba acercando, buscando un lugar en esa comunidad efímera. Me encontré con Gabriel de Avispero y le pregunté por la relación de los artistas con el festival: si había algún compromiso o, como otras veces, los músicos limitarían su aporte a tocar, lo cual siempre me pareció un caso enojoso de la ley del menor esfuerzo. Su respuesta me alegró: “Todos entendieron que esto no es un festival de bandas, la mayoría se acercó por afinidad con nuestras posiciones”. El cielo estaba cada vez más oscuro, pero bueno. Decidí caminar hasta el otro puesto de avanzada, formando parte del ir y venir de gente de un punto al otro. Más que avispas, pensé, parecemos hormigas; y enseguida pensé que hormigas y abejas han sido figuras clásicas de las retóricas comunitarias. Las avispas, en cambio, no. Tienen mala fama. 

En Oroño y el río, el “punto A”, una gran mediasombra y unos parantes hacían de base de operaciones. Colgando de sogas, unos banderines rojos con lunares blancos trazaban delicadamente el perímetro destinado a los recitales. Me encontré con un amigo, dividimos la atención entre nuestra charla y las canciones de Rodolfo Maruscix y Patricio Carrogio. Cuando terminaron me alejé del escenario, buscando distancia para tener una perspectiva más general de la cosa. Caminé hasta la vereda y, desde allí, pude notar cómo el festival se iba ensanchando, concéntricamente, a base de gente sentada en el piso, en reposeras, en lonas, de gente apoyada sobre sus bicicletas o contra los árboles, de gente sola, en pareja, en grupos. Vi a Soledad y a Victoria de Avispero. Se habían hecho unas remeras con el logo del colectivo. De pronto, me doy cuenta que empieza a tocar una murga. Gritan, en un verso, su nombre: Nacidos por cesárea. Me sorprende y me alegra verlos ahí. Los escucho un rato, los veo bailar, saltar, reírse.

Cuando terminaron, Gary de Avispero se acercó al micrófono. Agradeció y recordó a los presentes que las reuniones del colectivo son abiertas a todo el que quiera participar. Mientras tanto, Los Canadienses se preparaban para tocar y era obvio que faltaba un rato para eso. Entonces, decidí deambular, mirar un poco, saludar a conocidos. Vi gente vendiendo cervezas artesanales, libros, accesorios y comidas. No vi policías ni gendarmes ni prefectura. Vi pasar una chica, sonriendo, con una remera blanca en la mano, mostrándosela a alguien que había quedado detrás en mi caminata. La remera tenía una inscripción: La cultura no se censura. Entonces me acordé que en la semana los de Avispero me habían contado que unos chicos iban a poner un puestito para serigrafiar remeras con las consignas del día. Con ese dato en la cabeza, hice un paneo rápido y empecé a ver remeras serigrafiadas, con la pintura todavía fresca, por todo el parque. Aproveché el paneo para ejercitar un poco mi mirada sociológica silvestre: calculé unas 500 personas; la inmensa mayoría podía inscribirse en algún lugar de la clase media. Sobre este esquemita precario y atrevido percibí un rasgo que me interesó particularmente: muy pocos (entre los que me contaba) tenían más de treinta y pico. El dato encendió la solemnidad del historiador que me habita: ¿era hora de una nueva generación de activistas culturales en Rosario? No pude responder a eso, pero sí sabía que era hora de la reunión en la que distintos grupos y personas intercambiaríamos ideas sobre proyectos y políticas culturales, buscando familiarizarnos con situaciones que iban del teatro rosarino a las redes de artistas en Brasil. Nos sentamos en círculo, con Los canadienses tocando cerca de nuestros oídos, pero a los pocos minutos se largó a llover. Rayos y centellas. Y agua. El grupo se desarmó; más tarde se volvió a armar, y aunque yo ya no estaba, me enteré por mail de lo charlado.

Por seguridad, el festival pasó a una modalidad unplugged. Tambores, vientos, guitarras criollas. De Mononinos y La Orquesta Infinita se hicieron cargo del asunto, funcionando como atractores de gente que se amontanaba alrededor suyo para bailar, saltar, cantar. Mientras tanto, allá, en Internet, las redes sociales repiqueteaban con mensajes de persistencia, “Ni la lluvia detiene a las avispas!”, “Con lluvia y todo, ¡el festival sigue!”, “Dios está entongado con la muni”, “Gracias a la lluvia, que nos ha dado tanto, nos dio una fiesta, tambores y canto”, “La lluvia no nos para”, “Gracias por este hecho histórico” y fotos que atestiguaban que, a veces, cuando llueve, algunas personas van al parque.

Mientras seguía lloviendo fue cayendo la noche. A base de percusión y baile en masa, la gente que se quedó hasta la última gota terminó de darle a la experiencia un tono purificante e iniciático, enredados en una danza colectiva, festejando un acontecimiento de cuyos efectos no podemos aún decir demasiado pero que la intuición me lleva a pensar que puede haber un camino: el del nacimiento de una red de movimientos que apuestan a maneras más democráticas, colectivas y multitudinarias no sólo de producir cultura sino también de gestionarla. 

Fotografía: Agos Tina / Álbum completo aquí 
Esta crónica pertenece a la edición 169 del semanario El Eslabón