Crónicas | Extrañar el ruido: apuntes de una cuarentena - Por Irene Correa

Para ser sincera, no tengo idea de cómo escribir esto. Desde hace horas escribo y borro dejando siempre la misma oración: el perfume a azahar de los 40.000 naranjos repartidos por toda la ciudad me lleva al jardín de la casa en que crecí. No puedo continuar esa idea sin que me desborden las emociones. Las castañuelas de la vecina de enfrente, lejos de musicalizar este momento, empiezan a ponerme nerviosa.

Necesito tener el control. Hay ejemplos de sobra en mi vida, creo que en la de cualquiera que haya pasado por la Universidad Pública, aunque sea una temporada, para demostrar que es imposible. No importa cuánto te prepares, no importa cuánto sepas, cuánto minimices los riesgos: la vida hace lo que quiere.

No puedo acomodar las ideas en mi cabeza. La teoría intenta darme el marco que necesito mientras mis temores me hacen ser demasiado parcial. Necesito enfocarme y para eso recurro a los datos. Desde hace casi un año vivo en Sevilla. Desde hace unas horas vivo en el epicentro de la pandemia.

Foto: Irene Correa

Catorce días pasaron desde las últimas visitas que tuvimos. Catorce días se volvió una unidad de medida en sí misma al ser el tiempo en que te mantienen en observación si sospechan que podés tener Coronavirus. Durante esa semana fuimos dos parejas de rosarinos caminando la ciudad y riéndonos de todo. No importaba el celular de quién sonara, el mensaje era el mismo «¿cómo están de coronavirus?». España tenía poco más de cien casos, Andalucía doce y parecía gracioso responder «sin» ante ese temor exagerado que desde un país sin casos, desde el otro lado del océano, no paraban de llegar.

El 31 de diciembre de 2019, la Comisión Municipal de Salud y Sanidad de Wuhan, donde se originó el brote en China, informó 27 casos de neumonía atípica. A 10.000 kilómetros de distancia, en la que probablemente fue la noche más fría del año, mi novio Charlie tocaba en un pueblo de la sierra y su madre y yo lo acompañamos; nunca extrañé tanto como ese día, hasta ahora. El 7 de enero de 2020 identificaron como origen un nuevo tipo de coronavirus. En la evaluación de riesgo inicial para España (disponible en la web del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social) se consideró que al no disponer de vuelos con conexión directa, ser pequeña la magnitud del brote y la falta de documentación sobre el contagio de persona a persona, el riesgo de introducción del virus en el país era muy bajo. El 30 de enero el Comité de Emergencias del Reglamento Sanitario Internacional declaró el brote como Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional.

El dolor de garganta al despertarme casi no me dejó hablar. Ese día no salí de la cama. La debilidad en el cuerpo tampoco me lo permitió al siguiente, ni al otro. La fiebre nunca subió lo suficiente como para preocupar al médico. Mi fiel cuerpo de sudaca se negó a tener un virus vinculado a la realeza y se decidió por un repertorio conocido, al menos este pensamiento tuvo sentido un tiempo más hasta que el Covid-19 llegó a América. Cuando ya no hubo ningún síntoma le sinceré a Charlie que tuve miedo. No había sido la única. El virus dejó de ser tan gracioso.

Foto: Irene Correa

Llegué a Sevilla, capital de Andalucía, el 27 de marzo del año pasado con 23 kilos en una valija, seis en la mochila y muchísimos proyectos por delante. Elegir qué traer y qué dejar no fue fácil aunque había cosas que bajo ninguna circunstancia podía olvidar: pasaporte, dinero y mis certificados de nacimiento y soltería, legalizados y apostillados para poder regularizar mi situación al llegar. Todo el plan estaba pensado al detalle. Al llegar me reencontraría con Charlie que vive en Sevilla con su pasaporte italiano, nos empadronaríamos juntos y nos inscribiríamos como pareja de hecho para que pudiera quedarme una vez que pasaran mis 90 días como turista. Preguntó al consulado italiano por sus papeles y todo indicaba que el trámite sería rápido. ¡Ay la burocracia! Desde hace casi un año vivo en Sevilla. Desde hace unas horas vivo en el epicentro de la pandemia. Desde hace nueve meses soy ilegal.

La primavera se siente en el ambiente y el cuerpo pide estar al aire libre. Todos los jueves almorzamos con amigos: Mauro, un argentino que desde hace siete años vive acá y mis dos andaluces preferidos, abierto a quien guste sumarse. En un principio elegimos entre diferentes lugares pero últimamente siempre encontramos una excusa para terminar en nuestro sitio favorito, un bar típico con atención excelente donde por 10€ salís rodando aunque pidas alguna de sus ensaladas, con la alegría de dos o tres cañas de cerveza local. La primavera no fue lo único que se sintió en el ambiente porque pensamos, sabíamos, que esa podía ser nuestra última salida por un tiempo.

Al mes de llegar a Sevilla busqué trabajo de lo que fuera. Conocí una sala de conciertos cuando estuve de visita y como la pasé muy bien esa noche, necesitaba generar ingresos y queda muy cerca de mi casa, envié mi CV. Respondieron enseguida que fuera para hablar mejor y un jueves de mayo estaba repartiendo flyers en La Alameda. En agosto sumé un reemplazo en la taquilla y con la llegada del frío empecé a trabajar en el guardarropas. Hace 14 días me pidieron mis datos para darme de alta en la seguridad social y tuve que sincerar mi situación. Para que no pierda el ingreso contrataron a mi novio y yo lo reemplazaría en las fechas que tocara con sus bandas. Si mi jefa está leyendo esto, ¡gracias!

Foto: Irene Correa

El jueves del almuerzo no pude despegarme del teléfono. Durante ese día muchas tiendas decidieron cerrar por precaución y la presión social empezó a ser cada vez mayor aunque Sevilla tuviera solo 11 casos de los 158 confirmados en Andalucía y de los 2965 en España. El día antes la OMS declaró el Covid-19 como pandemia y el martes de esa semana Italia, con más de 9000 casos confirmados y de 400 fallecidos, declaró todo su territorio en situación de aislamiento; España prohibió los vuelos desde ese país, no así aquellos hacia ese destino. Es jueves a la tarde, la Junta de Andalucía sugirió medidas de contención entre las que está funcionar a 1/3 de aforo. Esa noche no trabajé y al día siguiente la sala cerró por tiempo indeterminado. Desde hace casi un año vivo en Sevilla. Desde hace unas horas vivo en el epicentro de la pandemia. Desde hace nueve meses soy ilegal. Desde hace unos días estamos desempleados.

Todos los domingos cenamos con la familia de nuestro amigo argentino. Silvia y Pablo son nuestros anfitriones y él, además, es mi médico desde que quedé en situación irregular (y no dejará de serlo pese a que contraté un seguro de salud por una no tan pequeña fortuna al mes). Aunque en su casa nunca haya asado, es el lugar donde aun siendo adultos podemos sentirnos un poco más contenidos. Cenábamos. El Real Decreto 463/2020 del 14 de marzo declaró el estado de alarma y la libertad de circulación está limitada a ocho actividades de acuerdo al artículo 7.

Me reservo para la cuarentena investigar cuántas iglesias católicas tiene Sevilla. Puedo decir con certeza que tiene monumentos maravillosos patrimonio de la humanidad, el mejor jamón que comí en mi vida y dos grandes fiestas de primavera reconocidas en el mundo: semana santa y la feria de abril. Aproximadamente un mes antes de semana santa el sonido de tambores y bombos indica que las más de sesenta cofradías comenzaron sus ensayos. La ciudad, sin considerar el área metropolitana, tiene cerca de 700.000 habitantes, prácticamente la misma cantidad de turistas que recibió Andalucía la pasada semana santa. Al buscar estos datos entiendo por qué me sentí tan agobiada luego del segundo día de quedar atrapada entre la gente y los nazarenos mientras intentaba llegar a mi casa sin resbalar con la cera de velas que se acumula en las calles. De la feria de abril no puedo opinar, no fui pero no hay duda que es parte central de la identidad sevillana, temo un poco que me nieguen la residencia luego de admitir mi falta. Es la primera vez que por orden del gobierno se suspenden las celebraciones de semana santa. Los trabajos de montaje se cancelan, ninguna de estas fiestas se realizará esta primavera.

Por la noche el ruido de los turistas excedidos de alcohol puede ser insoportable. Vivo en el casco antiguo rodeada de lugares imprescindibles para ver y alojamientos turísticos que invaden la ciudad encareciendo los alquileres. Extraño el ruido. El silencio no es lo normal, la pandemia se siente cada vez más real y los escenarios posibles no tardan en llegar. Todos miramos lo que pasa en Madrid. Necesito tener el control.

Foto: Irene Correa

El perfume a azahar de los 40.000 naranjos repartidos por toda la ciudad me lleva al jardín de la casa en que crecí. Que me desborden las emociones. Extraño la lluvia. 550 el alquiler. El cielo es distinto y no puedo interpretarlo. 100 en seguros de salud. Me siento en casa cuando voy al barrio donde vive la mayoría de latinos. 58 de Internet y teléfonos. Encontré donde comprar alfajores y cortes de carne argentinos. 13 las anticonceptivas. Lloré el día que vi Don Satur en una tienda. 213 de electricidad el bimestre pasado. No debemos quedarnos sin yerba un sábado a la noche porque significa no tomar mates hasta el lunes. Más de 200 en el súper. Ayer fuimos al súper, la imagen es desoladora pero los vendedores aseguran que diariamente reciben mercadería. Tengo que volver a los datos. Desde hace unos días estamos desempleados. Me perdí la graduación de mi hermana y no termino de perdonármelo. Desde hace unas horas vivo en el epicentro de la pandemia. Extraño a mis gatos. No tengo las herramientas para saber si se actuó bien o a tiempo. Desde hace casi un año vivo en Sevilla. Me calma saber que allá las decisiones se toman más rápido. Escribo en mi rincón preferido de la casa, donde está el pañuelo verde y las fotos de mi familia y mis amistades. Las llamadas con amigas acortan la distancia. Desde hace nueve meses soy ilegal. Quiero que mamá y papá me digan que ya pasa y creerles incondicionalmente como cuando era niña.

La ciudad está vacía. A esta altura de marzo en 2019 se contaban 273.175 turistas. Una cumbia se acerca y aleja por mi ventana. El único movimiento en las calles es el de los repartidores de Glovo y Uber Eats y por supuesto, la policía. Es la segunda noche que desde los balcones se aplaude a los profesionales que están haciendo todo lo posible para que el sistema sanitario no colapse, esa es la mayor amenaza. Anoche España tenía 5753 casos confirmados. Hoy son 7753. Estamos en Sevilla y la música flamenca aparece en esos aplausos que, según Charlie, son al compás del 3/4.