Morir boca arriba - Por Liborio Montes | Ilustra: Marcelo Escalante

1.

—Dale, salí, no jodas…

Luna le habla despacio, cerca del oído. Con los suyos, busca sus ojos. Esos ojos de ella que se mantienen abiertos vibrando apenas. Las pupilas son dos cascarones negros y macizos, como si fueran pared y no tuvieran fondo. Los mosaicos amarillos oscuros; el espejo en tríptico comido por el óxido, donde uno ve una foto vieja y aterradora; la bañadera desubicada, un punto blanco al costado del baño antiguo y mal iluminado, con una ventanita que apenas se abre y el goteo que parece salir de las paredes; ese baño todo era una tristeza, un lugar para odiar y estar lejos.

—Dale, salí, levantate…

Mete las manos en el agua, cruza los brazos por debajo de los suyos y hace fuerza. Intenta despabilarla, que haga fuerza con ella.

—Sacá las manos, hacé fuerza con las piernas…

Si no hubiéramos sido dos cuerpos como luz o víboras, no íbamos a esperar nada. Yo te miro desde acá. Y es casi lo mismo: salís del agua y pisás pasto fresco o algodón o una alfombra y vas tropezando hasta la habitación. El pasillo no alcanza a serlo, pero es como si subieras escaleras que no terminan o se chocan. Entonces, nada más hay sombras o una manta oscura colgando del aire. Después todo o solamente escasea la luz y vas a los tumbos. Afirmás el hombro en la pared y vas tanteando hasta tocar con los dedos el marco helado, acercarte y sentir la puerta emanando frío al borde de la nariz, vapor que se mete por las comisuras de los labios y los ojos entrecerrados. Y Ilustra: Marcelo Escalanteempujás, o mejor dicho, te apoyás y te dejás caer.

Vos no escapabas, te cubrías con piel de caballo. Nos tuvimos que ir o esconder, evitar hacernos ver. Nunca nos entendieron ni nos entendimos, nunca hubo rastro del entendimiento. Te rodeaba el polvo y te hacías polvo. Estábamos nosotras dos y nada más jugábamos a absorbernos. Era girar en tómbolas enloquecidas e ir parando de repente.

Abrir una puerta y encontrarla sumergida en la bañadera, tiene que ser un sueño.

2.

Como todos, la muerte abre vacíos. Arrincona, por momentos. Parece que va a levantarse, pálida, de repente. Se la reconoce por las plantas de los pies: están huecas. De golpe, ver la muerte de cerca. Se da vuelta una piel y todos los hechos son inminentes. Se tuvo que ir, me digo, ella también se va. Como tantas otras veces, es cuestión de días.

Antes de partir una tiene que guardar algunas cosas, juntar libros difíciles, un poco de ropa, e irse. En el departamento no quedaba nada, ni siquiera lo teníamos antes de entrar, de acurrucarnos entre esas paredes, por fuera del mundo que no nos dejaba. Camila le mostró la propiedad prácticamente abandonada por su familia, un ambiente céntrico eternamente desocupado porque ninguno de los hermanos de su padre invertía para mantenerlo y ponerlo en alquiler. Nos inventamos una choza, nuestra madriguera. Íbamos a descender en hélices, hacer arcoíris con los brazos. Teníamos nada más que lo nuestro, lo que llevábamos encima, nosotras dos. Tuve que irme y olvidar o fingir que podía. No suele quedar mucho tiempo cuando una tiene que irse.

—Parecés dormida…

3.

La noche es dura. Se cierra y se pone oscura, solamente oscura como toda adjetivación. La calle da soplidos, vagos, se mete en la noche y la noche a la habitación, se sienta cerca. Había una botella contra el inodoro, las zapatillas tiradas y una remera caída en el hueco que se forma con el bidet.

A veces, no queda nadie en una ciudad. Siempre nos pareció ajena, pero ahora lo era más que nunca. Todavía de otros, nunca nuestra, polizontes en ese baño de muerte.

Desde hacía unos meses no había plata ni trabajo. Menos que siempre desde que nos hicimos abandónicas, desde que volamos juntas afuera del mapa. Plata conseguíamos, al trabajo lo evitábamos. Vivíamos con nada y eso ya era una molestia. Nadie quería trabajar y nosotras logramos mantenernos y, por momentos, llegar a parecer satisfechas casi sin esforzarnos. No se veía la opacidad en las sonrisas, éramos dos que se evaporaban hasta llegar al departamento para ir reconstruyéndonos con los dedos. Desaparecíamos durante días y estábamos ahí metidas, refugiadas. Trabajos menores, servicios transitorios, periodos a prueba, comisiones, changas, cosas inútiles que nos daban unos pesos bastante inútiles también. Pero nos quedaba amarnos, entrar de a una en la otra, y era una pobreza con suficiente jugo para nuestras encías. Por eso nos perseguían, nos echaban sus broncas encima.

Todos sospechan, la paranoia alcanzó estatuto demográfico. Pacificadas y aisladas, así debíamos andar. Menospreciadas, sin valía ni cuantía ni ninguna cosa. Todas las pruebas eran en contra. La medicación era para nosotras o para los que no nos podían evitar.

Cualquiera puede buscarte, decía siempre Camila. No es complicado producir eclipses, siempre va a haber buenas explicaciones. Únicamente pasa lo que ya pasó. Nada es nuevo pero todo se renueva, de lo que se trata es de expulsar sobrevivientes.

4.

Luna, ahora, le agarra la mano. Se abstrae y alucina. También hay mano y ella también la agarra. El baño es otro y la noche, la misma.

Tiemblan los pies y los pechos y los pelos, a las dos. Tienen toda la alevosía del placer manifiesta, a cuerpo entero descubierto, desnudas, pezones inflamados, una gotita que se descuelga, agua lechosa que les cae de la boca y les pone los ojos como aceitunas. Escuchan la melodía o están en ella. Es un momento del aire.

Veía formas en las paredes, figuras surgidas de los muebles, rayas y alegorías y ondulaciones. Y la sentía estremecerse a su lado. Ella enrollada, blanda, coreográfica.

5.

La muerte tiene que ser oficial. Anunciada y denunciada, que entren policías, que revisen, que pidan, que indaguen, que acusen. Perfil y antecedentes de todos los muertos por haber.

6.

Camila vomitaba en el baño. Luna seguía en la cocina, con la luz apagada escuchando música y armando cigarrillos. Armaba diez antes de empezar a fumar el primero de la noche. Como ya se había terminado los primeros diez, estaba armando la segunda camada. Le preguntó si estaba bien dos veces y a las dos le contestó un maullido. Antes de preguntar una tercera, se paró y fue. Estaba dormida sobre el inodoro, con un brazo adentro, como revolviendo el vómito. Le tocó la cabeza, metió los dedos y masajeó. Después se agachó y la abrazó. Recostó la cabeza en la espalda y escuchó las contracciones, el rasguido que sacaban los pulmones. Con las manos, le frotaba el pecho y el estómago.

Era como estar en un islote. Las dos en un pedazo de tierra rodeada de un mar violeta y desquiciado. El agua nos parece repugnante y nos juntamos cada vez más al centro del islote. Es siempre el mismo punto de convergencia y siempre el mismo mar que nos rodea.

—Imaginate que acá hubiera un rey.
—Ya lo hay…
—Bueno, pero imaginate que fuera uno en serio, elegido y aplaudido.
—Si es elegido, ya lo hay…
—No, uno designado por sucesión dinástica o buscarle alguna vuelta, pero la cuestión es que pienses que acá hay un rey.
—Por eso, lo hay, no te digo…

7.

Hacía como que sacudía arena de las zapatillas y chillaba contra el piso la suela de goma cuando entraba. El cuerpo era un rejunte de costillas en hilera. Contornos finitos, quebradizos. Caminaba con los brazos sueltos hacia abajo, ociosa, cabizbaja.

Tomó como tomaba siempre, últimamente se la pasaba con la botella para todos lados. Algunas noches, dormía con una cerca. Pegaba un trago antes de irse a dormir y cuando se despertaba para ir al baño. Otras veces no le hacía falta ir al baño. Se despertaba, estiraba el brazo para buscar la botella que había dejado ahí cerquita y le daba un chupón con los ojos cerrados. En términos generales, no se emborrachaba. También tenía altibajos. Pero llegaba un momento y sabía decir basta, parar o irse a dormir, sabía.

8.

Camila se quedó porque sí. No se trató de una despedida ni siquiera de no animarse. Estar tirada en la cama no era la inacción. Le sobraba el resto del departamento. Todo ambiente era invivible. Por todos lados hay buchones. Desesperados que delatan a cualquiera y hacen que todos se enteren.

No hay salida, no la hubo desde que las dejaron encerradas. En cierta forma, habían huido y no estarían a salvo.

—Ni tan tranquilas, ni tan cómodas, nunca sobrias.

No las seguían a ellas, pero ellas estaban entre los que eran perseguidos. Se puede entrar a una casa, romper una puerta, hasta cruzar un río o usar helicópteros. A cualquiera, no hace falta demasiado para merecerlo. En la ciudad nadie te conoce, aunque haya millones de saludos diarios. Por eso es inútil retenerla, agarrarla de la mano. Se va a disolver: de pronto, no hay más cama ni muerte ni Camila. La ciudad entera se evapora junto con ellas, donde ya nadie las busca.

Pero lo difícil es la espera.

9.

Quién se lo podía imaginar, quién iba a querer imaginar justamente eso. Si parecía que no eran nadie. Si el tiempo nunca pasaba. Cómo se dice eso, es áspero, lógico, agudo, escéptico, no se parece a ningún consuelo. La cuestión es que todos los días son iguales con flemas y catarros, palpitaciones el primero y el segundo y el tercero, transpirando hasta la deshidratación o el desvanecimiento. Quién se lo podía imaginar, por qué hubo.

Ella sale de la habitación, da vueltas por el comedor, pisa almohadones, se cuelga del respaldar de las sillas como saltando el vallado de un puente. Después se cansa de salir y hacer siempre la misma vuelta, el mismo salto. Y ya no sale, se queda acostada en la cama. Se envuelve en toallas húmedas. Pasa los dedos, comprueba temperaturas, adivina texturas y partes del cuerpo, con los dedos da pasos cortitos y rápidos.

Ilustra: Marcelo EscalanteCamila seguía durmiendo despierta. Le salía la muerte por la boca. Despertaba con insistencia en distintos sueños. Siempre tenía las manos entrelazadas, congeladas. Soñaba con el aliento hasta despertarse cuando ya se había desorientado en el sueño.

Luna dijo que una vez vio un brujo en la puerta de un kiosco. Serían las dos de la mañana y volvía de un recital. Se frenó a comprar cigarrillos y el brujo, con cara de indio, la saludó y le sacó charla para decirle, al final, unas cuantas cosas sobre su vida y su destino y de lo que estaba evitando. No se acordaba bien qué le había dicho, pero sí la cara aindiada y que entonaba de una forma rara, extranjera. Camila le preguntó si tenía capucha y una túnica. Luna le dijo que sí y que era color tierra mojada y además llevaba un loro caribeño de los que aparecen en las fotos de las enciclopedias.

—También tenía un palo como bastón, si no, no te creo.

10.

El vaho mortuorio que se escapó por debajo de la puerta. Las ranuras de las ventanas alertaron a los vecinos. Antes de acercarse, dieron aviso a la policía. Ante la duda, llamaron también a la ambulancia.

Destrozaron la puerta de una patada. Los recibió el desorden y un olor nauseabundo.

Estaba todo removido como si hubiera arrasado un poseso, un huracán u otra catástrofe. Había prendas desparramadas, vómito, mierda y meada, sillas tiradas, botellas rotas o volcadas. Caminaron en círculos, buscaron la habitación y también atontados atravesaron el pasillo. Pisaban y el piso chascaba. La puerta del baño estaba abierta. El agua de la canilla seguía saliendo y la bañadera rebalsaba.

En la cama, sola, Camila estaba muerta hacía una semana.


Relato e ilustración publicados en nuestra séptima revista de Literatura y Artes.