Crónicas | Filosofía en el Tocador - Por Lautaro Lamas y Noelia Navoni

Abren. Nos recibe amable Omar Serra, con boina y lentes pequeños de absoluto negro ceremonial, en la puerta hacia otro universo: la Sala Alfred Jarry. Fue el anárquico Alfred Jarry quien con su irreverencia encendió la mecha del surrealismo, el absurdo, la vanguardia teatral y cultural en Francia a finales de 1800. Su obra «Ubú Rey» irrumpió con la palabra talismán «merdre» y todo reventó para siempre. Estamos en el 2018 y la sala que lo homenajea viene desde hace años creando y criando teatro crudo, salvaje, erótico, de ruptura: refugio del under en esta ciudad sin fundación. La puerta cancel de altura redonda esconde un pasaje a tiempos irreales, fantasiosos, como un pasadizo secreto de los antros creativos, no se sabe si este pequeño bosque cargado de excentricidades y zarpazos de arte pertenece a Rosario, Tebas o París. Los asistentes somos agasajados con licores. Las crisálidas despertamos al placer bajo el encanto de los elixires. Como dice unos de los personajes de esta obra, Eugenia: Oh! Cuánto me gustaría ver correr ese licor!

Filosofía en el tocador | Teatro RosarioDisfrutando de la noche, en un patio bajo las estrellas, iluminados por las  flores, contemplamos una escultura del Quijote, discos, posters, plantas… La música clásica nos invita a bailar… ¿como en las cortes? ¿junto al Marqués? Ya estamos en la antesala del tocador.

Entramos a un espacio acogedor, íntimo. La compañía Sabina Boher con el grupo KlanDestino presenta la obra más «revulsiva» de Donatien Alphonse François de Sade, más conocido por su título nobiliario, el «Marqués» de Sade. Pero de un momento a otro, en esta sala, la monarquía está por caer. Donatien vivió preso muchos años que son pocos comparados a los doscientos que sufrió cautiva su obra. Por suerte vuelve a traernos su clase de educación sexual de la mano de brillantes actuaciones, de juegos teatrales cargados de lascivia y corrupción. En ese pequeño espacio donde nos encontramos espectadores y artistas transitamos el misterio del encantamiento teatral y estamos en la alcoba de Madame Saint-Ange mientras afuera las cabezas ruedan y las perversiones más oscuras confluyen y se conjugan.

La obra es una historia de iniciación o una Bildungsroman, término alemán que se traduce como «novela de aprendizaje». Una muchacha francesa tan bella como Brigitte Bardot se iniciará en los placeres carnales. El tocador se vuelve un lugar delicioso. El vestuario acertadamente puro y níveo con pinceladas carmesí construye cuadros barrocos y junto a la escenografía nos hablan mucho de la ostentación y la decadencia de aquella época. La pornografía se ríe de los manuales. La música juega con el tiempo. Ya no existen altos o puros o bajos u oscuros, existen: el deseo, el placer, el goce. El libertinaje. Lo prohibido. El crimen. Latigazos. Todos los juegos. Ateísmo radical. «Desechemos las virtudes, las virtudes no son más que quimeras…», nos tienta el Marqués.

Este juego teatral cargado de símbolos y transgresión no se ve en ningún lado. Por algo estuvieron dos siglos prohibidos los textos del Marqués. No sólo porque habla de lo que muchos ni siquiera se atreven a escuchar, o por la osadía de avasallar los límites del sexo aceptado, sino porque en el fondo habla de la liberación, de la caída de lo establecido, del hundimiento de las clases dominantes en fosos oscuros y sangrientos. En la época que sea eso está mal visto. ¿O acaso nuestras autoridades gustan de escuchar los cantos que hablan de sus cabezas rodando por los suelos patrios? ¿O es que a los encargados de mantener nuestro sistema les apetece ver la imagen de su cuello guillotinado, de sus palacios rotos, de sus leyes vencidas? Pues no. Y a la gran masa que los elige tampoco. Por eso estos textos fueron prohibidos durantes siglos y esta obra se puede ver sólo en espacios como éste, donde Jarry o el Marqués despiertan en sueños teatrales, en orgías múltiples de paracultura, patafísica y pansexualidad. Jugando con la estética del Kitsch entendido
como una actitud que exacerba lo artificial y lo desmesurado y que pone en duda el gusto como statu quo.

Filosofía en el tocador | Teatro Rosario

El mecenas y artista plástico Federico Klemm  sostiene que cuando se dice que una obra ronda el kitsch es como cuando se dice que ronda la genialidad o la grandeza.

Cuando la historia termina, remolino de excesos vencidos, los artistas son aplaudidos, saludan y salen hacia el bosque que los llevará a camarines. Es cuando Omar Serra, director de la obra, deja el puesto de técnico lumínico y  efectos que sostuvo durante la presentación y aparece ante nosotros con un largo caño en las manos. Lleva puestos la boina y lentes negros con los que amable nos recibió. Cuenta que el Marqués contempló las muertes perpetradas en las cárceles, las desapariciones y abusos, y desde su encierro en lo alto de la bastilla gritaba a los feriantes y transeúntes desde el caño de desagüe del orinal que amplificaba la denuncia: «¡Están matando presos! ¡Desaparecen sus cuerpos!». Y de este modo incentivó la revuelta.


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