Poesía | Buitrería - Por Luciano Sáliche

Preguntás dónde están los buitres.
Al lado tuyo, te digo.
Le acabas de pasar un mate a uno de ellos.
Salí un instante de la burbuja caridad.
Sonríen con complicidad leal.
Pero son buitres: almas negras.
Negras como la noche.

Los buitres esperan apacibles tu caída.
La llaman con cábalas y magia negra,
la disfrutan con regocijo,
la celebran como su redención.
Te ven carroña.

Tu infelicidad es su felicidad: la esencia de un buitre.
No hay forma de subvertir sus ansias de verte derrotado.
Todo el tiempo están mirando al piso, esperando verte en él.
Lo que les importa es la significación de tu derrota.
En ella encuentran su redención.
La redención del buitre consiste en volverse aún más buitre.

Los buitres se ven en la derrota ajena.
Lo que ven es la porción elocuente de sus obscenas perversiones.
La fuerza de sus carcajadas atraviesa rencores
porque hay algo más que el asco que provocan.
Los buitres, detrás de esa coraza negra y maligna,
son pequeños niños mal mimados. Y sobre todo: derrotados.
Sus escrúpulos fueron destruidos por la opulencia del mundo.
Jamás tuvieron la necesidad de salir a poner el lomo.
Y si la tuvieron, la desaprovecharon, la perdieron.
Es con esa derrota que llevan dentro que golpean a los nuevos derrotados.
La maldad real de los buitres reside en reproducir la burla al derrotado.

Los veo, al igual que vos, aunque no estés seguro.
Están ahí, sentados en el sillón de tu monoambiente,
conversando contigo, escuchándote atentamente,
felicitándote por algunos logros sin sentido,
preocupándose por tu último fracaso reversible,
preguntándote por la salud de tu mujer y el colegio de tus hijos.

Pero en sus pensamientos la voz interior del buitre dicta:
“Estoy esperando con mucho ahínco tu derrota”.

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