Ensayos | El llanto de la historia latinoamericana - Pensando La historia latinoamericana se debate entre visiones polarizadas. El debate de ideas es el que sale perdiendo. Nosotros apelamos a los criterios que nuestro compañero expresara en las vísperas del Bicentenario.   Por Hugo Uzuriaga Es un buen momento para iniciar la tarea reflexiva que comparta las indagaciones sobre lo que fue nuestro pasado y que […]

Pensando

La historia latinoamericana se debate entre visiones polarizadas. El debate de ideas es el que sale perdiendo. Nosotros apelamos a los criterios que nuestro compañero expresara en las vísperas del Bicentenario.  

Por Hugo Uzuriaga

Es un buen momento para iniciar la tarea reflexiva que comparta las indagaciones sobre lo que fue nuestro pasado y que se continúa, en línea sucesoria de hechos, como presente ineludible. Una de las preguntas que más abunda en estos tiempos de aniversarios patrios es acerca de las razones que nos llevaron a estar como estamos: una mirada retrospectiva que buenamente se hace a fin de explicar algunas tramas históricas, afinidades, abandonos, necesidades olvidadas y otras que emergen con fuerza singular ante la evidencia de lo que se supone como grandes frustraciones.

Queda el recuerdo dolido de un país que pudo ser, que fue promesa y al tiempo amenaza, pero quedó exhausto en una caricatura aprovechable por los más innobles y nefastos personajes. Es un país de batallas perdidas, sin lugar a dudas, de combates fundamentales ganados por los menos preferibles; un país de intereses perdidos, extraviados entre ensueños magistrales que pintaban virtuales paraísos a la vuelta de la esquina, aunque jamás nadie ni ninguno recibió noticias confiables de él. La historia de los vencedores deja, en su recorrido, un sabor más bien amargo: se mantiene cargosa la sensación de que siempre falta y faltará algo, una vuelta de tuerca más para comprender o al menos razonar más profundamente sobre aquello que pasó y dejó de pasar para que lleguemos al bicentenario con las expectativas de liberación aún incumplidas. La situación colonial acompaña, como una constante, esa trayectoria descrita en los hechos argentinos. Los sueños de mayo, vendidos como utopías idealistas de prohombres sin iguales, se trastocan y espesan a medida que los acontecimientos avanzan sobre esa porfiada línea sucesoria que el curioso insiste con trazar.

Van reflejos, en su selección, sus intereses y sus simpatías, sus debilidades y sus fortalezas intelectuales; el proceso de elección de sucesos históricos es, en su base, un proceso altamente emotivo: son los afectos quienes deciden, en primera y última instancia -pasando por encima cuanto método científico o refinamiento investigativo, muy útiles para la aclaración argumentativa y la fijación de posición certera, pero infértil en sus pretensiones omnicomprensivas, se le quiera interponer- qué elegir y cómo elegirlo. Esa transcripción de la historia, esa interpretación irremediable, designa nuestro posicionamiento particular y nos ubica en relación a la historia oficial, que es el vicio totalizador de una visión particular. La situación colonial solo se presenta continuada en algunas interpretaciones que, por su parte, lejos están de eludir ambigüedades y conformar un cuerpo homogéneo de interpretación histórica. Esas fragilidades son consecuencia colateral de la condición semicolonial directora de la rítmica histórica.

En ese contexto, supura la convicción que la situación argentina no se entiende sino se la dimensiona en un conjunto que contenga las situaciones de las naciones invasoras, colonizadoras. Alguna historiografía desdeña la posibilidad de auscultar en las razones que llevaron a la invasión y la compresión global de las disputas de intereses a nivel global; se cuela entre sus afirmaciones un lamento por nuestra suerte negra o se envilecen sus miradas acusando inferioridades naturales, un salvajismo irremediable que nos lleva a ser como somos. Todos los antagonismos florecientes y la misma dinámica interna en un país semicolonial, es producto de tal condición; no hay modo alguna para dividir las aguas y comprender las situaciones de manera inconexa. La situación local es consecuencia más o menos directa de su dependencia y subordinación, la cual depende, a su vez, de los climas vividos en las tierras imperiales.

La cultura semicolonial se configura en ese intercambio; las costumbres y los gustos se pulen de acuerdo a los paladares extranjeros; los usos y el sentido común corren detrás de esa presencia del otro admirado; hasta las tentaciones artísticas y el buen gusto fueron diagramados en esa reciprocidad, casi como herencia de paladares forasteros. No es que en la colonización ocurra una imposición directa; esa coacción sangrienta tuvo lugar en el desarrollo de los hechos, pero solo constituyó una etapa primaria de la conquista, un recurso de urgencia a aplicar en épocas de revueltas, abandonado ni bien calman las tempestades. El método de penetración persigue nuevas sutilezas, por lo que costaría, ciertamente, hablar de una penetración hecha y derecha, tajante y directa, sino que aparecen los rasgos de una tutoría, en donde la fuerza de la influencia racional conduce por caminos similares. Es un préstamo de categorías y conceptos que forman ideales agradables al colonizador, producen próceres amigos del interés extranjeros y engalanan las fiestas con alabanzas al apátrida. Esa asistencia es el imperialismo cultural, denominador común en el ingreso foráneo a tierras latinoamericanas.

Una vez lograda esa seducción de base, el porvenir promete sometimiento. La conquista del pensamiento es la realización de la razón europea a imagen y semejanza. De esa forma tenemos europeos situados desdichadamente en América. Intelectuales humillados ante la grandeza y rutilancia de las luces transatlánticas; hombres de letras enamorados hasta la bobería del ingenio del Viejo Continente; doctos y profesores obedeciendo servilmente las recomendaciones de los sabios de ultramar. De izquierda a derecha la intelligentzia piensa desde enfrente: nosotros mismos somos la otredad a analizar: somos lo otro bárbaro que se piensa desde las categorías de la razón civilizada. Estamos, por eso, condenados al sometimiento, y es que nunca llegaremos a ser como los modelos extranjeros. Los libros argentinos fueron escritos por la razón occidental, espada maestra de los conquistadores. La historia se definió según las versificaciones desde atrás del Atlántico. Sus pensadores fueron los nuestros; sus héroes, los propios. La reproducción plebeya de sus ideas, es el reaseguro de los términos de dependencia. Habrá, entonces, en tierras latinoamericanas, hombres ilustrados en la razón occidental que, por encima de los signos políticos, llevando a cabo los estímulos civilizatorios, pregonaran por la república, la democracia y el libre mercado, tal y como una menta europea pudiera concebirlos.

La selección de los jefes responde a esos mismos principios extranjerizados y las equivocaciones se multiplican. La administración del país se desarrolló, ni bien nacidos, en función de los intereses afines al extranjero. La democracia instruida es la democracia transnacional de los sectores acomodados. La legislación se inspira en valoraciones impropias y reza por conveniencias reducidas. El sistema de gobierno es la consumación de la colonia de explotación, suelo monoproductor al servicio de los apetitos imperiales: cuando sus necesidades sean otras, la administración de las semicolonias se impondrá una nueva dieta, adecuada a los designios descendentes. Ésta tierra fue el abastecedor de los deseos extranjeros; desde la inauguración del país, estuvimos disponibles a sus requerimientos.

Pero en las semicolonias no solo se presiona desde lo económico, controlando y asfixiando las condiciones de producción; la fuerza mayor se ejerce desde el control político, haciéndose dueños de las representaciones y marcando las prioridades nacionales. La soberanía merma en una fiscalización satelital. La doctrina política puede variar, como así variar los gobernantes con sus características, hasta flotar en apariencias contradictorias, pero la condición de subyugación al capital extranjero se mantuvo, en la mayoría del recorrido histórico, como siempre el mismo. Los regímenes políticos no son americanos, emergentes de una interpelación autónoma de la realidad autóctona; la política afincada en las semicolonias es una política europea que se pretende universal y, en su afanosa militancia, avasalla las peculiaridades de los pueblos oprimidos.

El problema cultural, económico y político, en las semicolonias, es todo uno, un mismo impulso desestabilizador. La evolución política va en los hombros de la aniquilación cultural y la violación desvergonzada de las economías. Poco queda de la herencia indígena y la cultura nativa en el suelo argentino; la Argentina es un país de inmigrantes dominados por el apasionamiento de ser como los otros. Venció el puerto que miraba allende el océano- esa victoria se manifiesta en indiferencias unitarias y se reproduce en la relación a la propia nación latinoamericana, Patria Grande resquebrajada en la balcanización administrativa. Semejante potencia sudamericana se volvía más útil como sucursales aisladas, evitando la presencia de un coloso tan amenazante. Si la unión hace la fuerza, el triste destino americano es un llanto de debilidad. Lejos de estar unidos, el fin de siglo nos encontró dominados. En este bicentenario, la subyugación recibe tímidos ataques, moderados intentos de autonomía.
La fuerza del capital extranjero parece convencida en aletargar la re-unión y los operadores locales no quieren defraudar en sus esfuerzos. La unificación de los pueblos hermanos sucumbe ante las destrezas de la razón occidental que impone racionales recatos ante la expresión descarnada de fenómenos ajenos a sus esquemas. El orden está suscrito por el pundonor de esa racionalidad; todo aquel que quiera combatirlo se ve obligado a introducirse en sus normas y aceptar sus reglamentos, entonces, ahí metido, entre las regulaciones del sistema transnacional, procurar un cambio sin verse atrapado por los tentáculos del poder semicolonial. Solo pocos tienen semejante maestría política: en nuestra historia, aquel que pudo lograrlo, recibió el azote aleccionador, esta vez sí de manera directa –continuado en forma indirecta- de todas las fuerzas amigas de esa extranjeridad, izquierdas y derechas, un zarpazo histérico para tumbar el proyecto transformador y restituir el terror, previniendo futuras rebeldías.

Esa historia de tutorías extranjeras que disponían libre y descaradamente de la administración semicolonial es la cítrica historia que nos deposita en el bicentenario, con los sueños de independencia y latinoamericanidad todavía en la cabeza.

Es tiempo de preguntarse, en efecto, sobre la relación establecida con los colonizadores o neocolonizadores, para quitar la obscenidad de nuestro desarrollo nacional; interrogarse cómo se los concibe y cómo nos miramos nosotros respecto a ellos; de qué manera enfrentamos la dependencia y si hay realmente, entre nosotros, consciencia de esa relación de subordinación.

Una de las virtudes máximas del colonialismo es la imposición del imaginario: la nación colonizadora somete a la colonizada a verse a sí misma tal como ellas la ven y, a su vez, a ver a sus colonizadores como ellos mismos se ven. Esa alienación del sentido se produce desde el uso racional de categorías de pensamiento que disciplinan la reflexión: una vez hecho presente el terror, el poderoso puede, jugando con la debilidad del débil, universalizar su interés. El débil aspira a la gracia del poderoso. De eso se trata la occidentalidad expansiva; la construcción de las subjetividades en suelo colonizado se ve acorralada ante el acoso de lo universal que, lejos de privarlo de razonamiento libre, lo atosiga con preguntas que solo puede contestar haciendo uso de la razón prestada: preguntas que no le corresponden a su historia.

El pueblo colonizado necesita unificar internamente su situación, unirse en una sola condición que le permita enfrentarse al invasor reafirmando su identidad; esa unidad interna bajo una común condición es la posibilidad de rebelión nacional y, por lo tanto, la chance histórica para, en un acto de negación colonial, afirmar la independencia que, entonces sí, tiene como tarea desarrollar ese nuevo horizonte de pensamiento nacional abierto en un glorioso sacudón de autonomía.

Las divisiones internas la frente nacional, que desde el faro imperial se intentan provocar con la importación de teorías extrañas, se supera solo con la determinación conductora, convencida de ver su posibilidad de ser independiente, cercenada por un dominio, satelital o presencial, de origen extranjero. Su rechazo es una impugnación a los valores establecidos, su sublevación una desestructuración del orden consagrado. La revolución nacional necesita nutrirse de esa ambición de fuerza: las entidades veneradas desde el universalismo son objetos de destrucción, para ser reemplazados por valores autóctonos, surgidos del núcleo de la propia cultura, de las tradiciones profundas. La cultura de pampas adentro tiene que imponerse a la cultura del litoral portuario; la barbarie debe vencer, de una buena vez, a la civilización bárbara.

La integración nacional emerge como consecuencia del rebelde gesto de soberanía. La conquista soberana se cuela en pantalla como un verso a la unidad; la recopilación poética de nuestro pasado glorioso que destella incesantemente, detrás de las mitologías organizadas del cipayaje, en un objetivo que se define primeramente como nacional.

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