Séptimo Arte | Los juegos del hambre: un mundo demasiado familiar - Séptimo Arte Los juegos del hambre crea un mundo futuro de caos, miserias y cúpulas enriquecidas que generan un show televisivo de la tragedia de sus pares. Según nuestro compañero, nada muy diferente de la actualidad. Acá nos explica por qué. Por Saliciano Guevara Que una película tenga múltiples lecturas solo puede significar una cosa: […]

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Los juegos del hambre crea un mundo futuro de caos, miserias y cúpulas enriquecidas que generan un show televisivo de la tragedia de sus pares. Según nuestro compañero, nada muy diferente de la actualidad. Acá nos explica por qué.

Por Saliciano Guevara

Que una película tenga múltiples lecturas solo puede significar una cosa: que es una buena película. Quizás esto no sea un axioma irreutable, pero en este caso funciona a la perfección. ¡Y eso, a fin de cuentas, es lo que nos interesa! Para decirlo de una vez: Los Juegos del Hambre permite disparar miles de ensoñaciones, y esa es la forma en que actúa una analogía eficiente. Es una buena lectura del libro de Suzanne Collins.
 
Es un mundo atroz, aunque demasiado humano: jóvenes son reclutados para pelear a muerte en representación de su distrito como tributo en honor a la unidad nacional lograda luego de una aciaga guerra civil. Es un sorteo fatídico. Una invocación al azar de lo más luctuoso y terrorífico: cientos y cientos de jóvenes, niños y niñas, vestidos para la ocasión, con sus rostros tensos como el lienzo de un bastidor; los ojos enormes y acristalados; el pelo ridículamente acomodado, esperando, observando esa mano (¡Qué horrible mano!) que revuelve los papeles en la urna… el suspenso atiesa las tripas. La cámara recorre los rostros. Muestra a las hermanas: la más pequeña, tímida y aterrada (algo le dice que será ella la elegida. Algo nos lo dice a nosotros también). Katniss Everdeen, la más grande, la protagonista, fatigada por la angustia (su personaje comprende como ningún otro lo absurdo de la escena). La mano vacila. La mayor de las hermanas cruza miradas con su novio, también a la espera del sorteo. La mano ahora toma un papel. (And the winner is…)
 
Y sí, la pequeña es la elegida (no sorprende a nadie, pero tiene su efecto emotivo igual) Los guardias se acercan a buscar a la niña que quedo congelada por el pasmo. Su hermana irrumpe desde el fondo ofreciéndose como reemplazo (¡El necesario heroísmo!). La película exhibe un más que correcto uso de las tensiones emotivas. Durante toda la narración, nunca se pierde esa capacidad. Aparece otra vez ya en el campo de batalla, cuando se desarrolla esa inteligente alternativa de la trama que involucra a los dos representantes del distrito 12, manipulados por el show televisivo pero, al mismo tiempo, involucrados en una historia que supera los umbrales temporales de la circunstancia: acarrean una historia (amor-odio) de mucho antes.
 
Parece un lugar común (y lo es), sin embargo, el pulso narrativo lo vuelve original. Eso mismo ocurre con otros gestos muy utilizados para crear suspenso y hondura emocional: todos cobran un rasgo novedoso gracias a la combinación de recursos: la música, los planos, el guion… todo unificado hace que a pesar de que sepamos que va a pasar, nos conmocionemos igual.
 
Siempre será la capital
El Capitolio es un lugar reservado: hacía allí van los empobrecidos tributos a disputarse la vida ante la voracidad de millones de ojos sintetizados en la TV. Todo, en el fondo, es un gran y morboso reality show (como en The Truman Show, pero con condimentos renovados). Todo, en definitiva, es un tributo a la audiencia que funciona como auspiciante y les permite (a los participantes) un soplo más de vida. La gloria la conceden los espectadores. El orgullo nacional se teje en la expectativa lograda a través de las estrategias comerciales en busca de audiencias. Los tributos guerreros dependen de los espectadores, que son quienes los aprovisionan para la subsistencia. ¡Hay que conquistar a la audiencia para sobrevivir! ¡Hay que seducir para ser! La audiencia asiste a los shows de presentación, sigue la batalla prendidos a la pantalla. Y a cambio, exige espectáculo. Son las reglas, claro. Solo quiere show. El circo romano cuanto más intenso, mejor. No basta con que esos jóvenes se desnuden de todos sus trastos civilizatorios y se arremolinen en sus más instintivas voluntades: la audiencia quiere una trama, pequeñas historias como en las novelas que compongan el cuadro general de la tragedia (¡Después de todos son seres humanos!).
 
El ojo espectador que mira la batalla como si fuera un partido de fútbol, quiere conmoverse. La placidez no vende. Y los jóvenes lanzados al bosque, sin nada más que su fuerza brutal, inevitablemente prometen conmociones. ¡Y qué conmociones! Cómo no mirar semejante espectáculo. Como no mirarse al espejo…
 
Los organizadores lo saben mejor que nadie. Por eso cuentan con todos los recursos tecnológicos necesarios para manipular la escena: son capaces de provocar incendios o crear bestias ferocísimas, engendros asesinos que desafíen al límite la capacidad de supervivencia. La compleja trama de intereses entre las cúpulas digitan a su gusto la realidad a la que se afrontan los participantes y logran tener en vilo a millones de personas expectantes de como los otros, en un remoto rincón, se debaten entre la vida y la muerte para conseguir algo que en nada mejorará sus vidas (¿le suena?). Las teorías de la conspiración no gozan de buena reputación, pero pueden recrearse de manera excelente y suenan muy verosímiles. Y… ¿acaso no se trata de eso una “buena historia”?

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