Ensayos | El paraíso perdido de Rousseau (Parte II) - Pensando Segunda parte del texto en donde nuestro compañero traza un paralelo entre el pensamiento de Rousseau, Marx y Freud, tratando de recuperar aquella esencia material primigenia que pasa al olvido tras la intervención de la razón abstracta e instrumental. Por Tulio Enrique Condorcarqui De ninguna manera esto nos debe llevar a pensar la realidad […]

Pensando

Segunda parte del texto en donde nuestro compañero traza un paralelo entre el pensamiento de Rousseau, Marx y Freud, tratando de recuperar aquella esencia material primigenia que pasa al olvido tras la intervención de la razón abstracta e instrumental.

Por Tulio Enrique Condorcarqui

De ninguna manera esto nos debe llevar a pensar la realidad como un mero producto natural. Todo lo que el hombre se encuentra en el transcurso de su vida social son productos históricos, es decir, producción propias, elaboraciones de sus propias manos.

Al negarlo estaríamos cayendo en una necedad estruendosa, que no solo taparía con tierra la importancia de las callosidades de los hombres, sino que envolvería a la misma realidad en un manto de fantasía que muy bien le vendría a los intereses de las clases burguesas. Si el hombre no interfiriera recogiendo las materias primas que la naturaleza aporta y transformándolos, en un proceso productivo, en elementos útiles para su subsistencia, francamente las posibilidades de vida serían remotas o nos encontraríamos en una especie de paraíso terrenal en donde las satisfacciones provendrían del verde suelo y de manera inmediata.

Negar, por lo tanto, la producción, es negar el contenido histórico y, a su vez, desplazar a los hombres de la escena. Los hombres ya no son importantes porque son solo los beneficiarios de una gentileza excesiva de la madre naturaleza. Nada se merecen realmente sino que todo les viene de arriba. La producción no existe y si no existe la producción, no hay más reclamo de paternidad sobre las cosas que el de quienes al encuentran o se la apropian a la fuerza. Cómo a los productos nadie los hizo y fueron mágicamente engendrados, no tienen origen, son amorfas elaboraciones fabulosas, quien haga un intensivo rastreo y se los quede para sí, será el único que pueda reclamar su propiedad. Es el paraíso de los burgueses.

Un mundo sin producción y, por lo tanto, a salvo de las consecuencias inevitables del proceso productivo, es decir, de los obreros. Al desaparecer el proceso de producción desaparecen todos los medios, actores u sucesos de que de ahí se desprenden. No hay instrumentos del trabajo, no hay fuerza de trabajo humana y no hay un acto de creación. Es el reino del consumo, de la compra y la venta, pero no del esfuerzo y trabajo humano para la producción. La única fuerza de trabajo existente es la naturaleza, que todo lo crea y nos lo cede para nuestro goce. Esas interpretaciones son las que se esconden detrás de las afirmaciones ecologistas de grandes grupos ligados a los intereses imperialistas.

Al exorcizar el elemento de reproducción social, solo quedan objetos, huecos, huérfanos, que no llevan ninguna carga, ningún trabajo, ninguna miseria consecuente, pura plusvalía, puro provecho para quien los comercializa. Es el sueño eterno de los explotadores: acumulación sin límite de riqueza sin las molestas consecuencias que eso produce. Es llenarse los bolsillos sin oír reclamos en las afueras de la fábrica –porque ya no existen ni las fábricas ni los trabajadores que puedan reclamar-. Es la universalización del anhelo particular de una clase, una sutil pero ladina forma de hacer pasar algo que es de unos pocos como si fuera necesidad de todos.

El mito del buen salvaje rousseauniano fue utilizado hábilmente por las clases opresaras de la historia para crear una suerte de necesidad de retorno a la naturaleza primitiva; el imperialismo hizo uso de esa necesidad mostrando la fortaleza inmaculada de los pueblos salvajes, de los países coloniales, para convencerlos de su estado iniciático y privilegiado, de una suerte de etapa infantil eterna, para impedirles su maduración y ponerlos a su resguardo y protección. Convencer a los subdesarrollados de ser los buenos salvajes era una eficiente forma de extender en el tiempo la dominación imperialista y hacerla pasar como una generosidad paternal.

La búsqueda de aquel sustrato perdido, la esencia material que queda vedada con la ruptura que produce la abstracción, no significa de ninguna manera el reconocimiento de la naturaleza como al madre omnipotente que de todo abastece y coloca a los hombres en una situación de niños indefensos que solo aprovechan esos recursos.

El hombre necesita desprenderse de su regazo, pero esa separación no debe ser un corte radical, que quiebre para siempre y deje velada la relación material, sino que debe ser una forma de maduración, que le permita al hombre constituirse y poder estrechar una relación de mutuo respeto, reconociendo el contenido histórico de sus acciones, sabiendo que es el hombre quien actúa sobre los recursos naturales y permite la subsistencia usufructuando lo que produce. Reconociendo el proceso de producción es la única forma de reclamar lo que le pertenece a los productores, en caso contrario, todo quedaría librado al uso de la fuerza, ya que todo sería una elaboración mental, fruto de la originalidad y genialidad del pensamiento que mágicamente logra cosas impensadas.

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