Poesía | El rastro del Dios - Por Honoris de Cubillas

Ahí, donde tiembla una melodía, ahí estoy.
En la cristalina arena de las costas
donde se agota la fuerza de los mares
y el espejo del agua,
en el que supo ondear la luna,
cansada llega a dormir su siesta de humedad.
En el rayo brioso que quiebra los cielos, estoy,
y soy el rugido de las tormentas
que anuncian la existencia de otro tiempo
más presuroso que la delgada luz
que los hilos del sol sueltan en las mañanas.
Ese fuego (y todos los otros) soy.
Soy la niebla de los atardeceres,
cuya pátina gris tiñe los horizontes,
y en el que los pájaros vuelan sin cometido;
la espada del guerrero donde se unió el sudor y la sangre;
el declive de los montes;
el llanto de Penélope al esperar;
la sombra del traidor que retira sus tropas en la batalla victoriosa;
la sed del peregrino que deja su tierra
y marcha donde nadie lo añora;
el temor del soldado en su primer disparo, soy,
la pluma del poeta que morirá en el anonimato
y las páginas de esos libros que nunca serán leídos;
la inquietud, soy, del pastor huérfano de rebaño,
y el sosiego de sus ovejas que fueron robadas.
En todo cuanto uno sea, estoy.
En ese tiempo, que es infinito,
en esa belleza, que es íntegra,
en esa existencia, que es plena,
en ese cuerpo, que al latir, existe y respira:
el aire de ese cósmico suspiro, eso soy.