Cuentos | La historia del que nada - Por Eva Wendel

Un pez que nada, nada y nada. Este pez que todo nada, olvida que nada; y porque olvida, nada. Esta es la historia de un pez que nada en medio de un cardumen de colectivo olvido, que nadan en sentido de corrientes que llevan hacia desembocaduras de arroyos calmos, pero no saben que desembocan porque mientras se dirigen olvidan que se dirigen y que cuando desembocaron ya han olvidado que lo han hecho y entonces cuando están en medio del arroyo, han olvidado que han nadado por horas o por meses o por siglos, porque el tiempo es tan pasajero como las aguas de aquel río que recorren y que ahora han dejado de correr porque ya no es río, sino arroyo. Y ahora estos peces han quedado varados y dispersos en medio de aguas calmas. Y se dispersan sin recordar por qué han estado juntos. Y un niño que está jugando en la orilla se conmociona por la pintura multicolor que estos peces reflejan y le dice a su papá: mirá papá, mirá cuántos peces, yo quiero uno. Y entonces el papá toma su caña de pescar y le pregunta a su hijo cuál de todos prefiere. Y el niño responde, el de color verde, ese que va por allá nadando solo. Y el padre pone la carnada en el anzuelo y hace un movimiento desestructurador para su cuerpo, con el fin de llegar con la tanza lo más lejos posible. Y el niño sonríe expectante, y el padre se ríe por el calambre que le produjo aquel movimiento.

Ahora esperan que el pez verde pique. El pez de esta historia que nada, nada y nada. Y de repente se enfrenta a la carnada y no sabe por qué se acerca, tal vez porque en aquellos minúsculos movimientos de la lombriz atrapada, encuentra la razón de la sin razón de su historia. Y se acerca, y nada, y nada; y la lombriz se mueve cada vez más rápido, como si presintiera el ataque frontal; pero el pez sólo nada y olvida que nada, y que la lombriz es su presa y que la presa no es más que un movimiento que lo encandila. Y ahora está a punto de abrir su boca para tragarla, y la lombriz se anuda como reacción de defensa frente a la inevitable bocanada. Y el pez olvida que abre la boca, pero segundos más tarde deja de nadar. Y se convierte en pez de pecera. Y nada sin recordar que ha sido pez de río, nada de un lugar a otro y vuelve al lugar, pero el lugar es siempre uno distinto, porque el pez olvida que ha nadado ese tramo una y otra vez. Y ahora es acechado por un gato negro que nada teme al peligro de ser regañado por su dueño que domina a la perfección por haberse adueñado de cada rincón de la casa el día que fue rescatado de una jauría de perros asesinos. El pez se siente encandilado por los dos faroles verdes que van de un lado a otro.

Nada le recuerda a nada, pero el instante de la luz que aparece y desaparece, lo hace sentir vivo tan sólo por ese segundo que olvida que nada, y nada, y nada.