Cuentos | La ilusión del Viceversa - Una íntima vocación, silenciosa y madrugadora, despierta inconsulta, y su desmañarse, su lento alumbramiento, invoca una pérdida, lejana y atroz, aunque inevitable, que vuelve al presente bajo la forma de una figuración, una fantasmagoría o una remanida intuición. Tal vez en esa práctica muda y castigadora se encuentre su sola imagen y su única posibilidad.  […]

Una íntima vocación, silenciosa y madrugadora, despierta inconsulta, y su desmañarse, su lento alumbramiento, invoca una pérdida, lejana y atroz, aunque inevitable, que vuelve al presente bajo la forma de una figuración, una fantasmagoría o una remanida intuición. Tal vez en esa práctica muda y castigadora se encuentre su sola imagen y su única posibilidad. 

Por Eva Wendel

El instante en que una flor se abre buscando la luz; la oscuridad que nunca abre a la flor del segundo piso por el espejo edificio mayor; los caminos pacíficos con paciencia de especies; el automovilista que pisa el acelerador en la esquina y que por un segundo o una confusión, produce el accidente; la mirada perpetua, foto instantánea, de un niño africano; la efímera riqueza de un hijo criado por institutrices; la manguera que genera el arco iris en contacto único con el reflejo del sol; la noche de un borracho sin reflejos; la felicidad de un perro que duerme a los pies de su amo; la insoportable desconfianza del gato; el hombre que trabaja la tierra y no piensa en el hábito; el suicida y el ángel de la guarda que lo secunda en la oscuridad; los niños cartoneros; las niñas de faldas cuadrillé a la hora que la Señora Santa Escuela Católica las despide; el imborrable recuerdo del árbol del desierto; la enredadera que se expande por sobre los cables aéreos uniendo dos mundos completamente extraños; el gaucho Martín Fierro y la tapera vacía; la calle que en la noche bolichera se convierte en alfombra de cristal y humo; el paseo aurático por el tren de las nubes; los intersticios subterráneos de Buenos Aires; la madre primeriza y los interminables miedos; el último padre pedófilo; el retrato en sepia; la decadencia del cine de los setenta; un hombre que suda por las manos; otro hombre que del inimaginable sustento se convierte en lobo del hombre; el gallo que se queda dormido; el insistente despertador de la mañana céntrica; los seis meses de día en el Polo Norte; la eterna noche del soldado argentino en las Malvinas; los antropólogos Morley y Thompson que le devolvieron vida a la piedra yucateca; los frisos del Partenón en el British Museum de Inglaterra; Recabarren en “El Fin” de Borges; el Café Tortoni y los letrados; la Inquisición y Goya; Robinson Crusoe y el mito del buen salvaje; la mirada excéntrica del viejo poeta; el falso aterrizaje del hombre a la Luna a finales de los años sesenta; las interminables siestas fantasmas de un pueblo de Rulfo; las noches de alcohol y prostitutas de Henry Chinasky; la conciencia cósmica del Buda; el sueño de un hombre que despierta en la oscuridad por Bush y Al Qaeda; las mil grullas de Hiroshima y Nagasaki; la nueva bomba atómica de Sodoma y Gomorra; la Idea Inalcanzable de un Dios Todo Poderoso para Unamuno; la nueva era de luz y la física cuántica.
 Belleza en la fealdad o viceversa, por Duarte Vitória
Como un ying y yang o bien las ruinas circulares o tal vez la puerta que no se abre pero quizás el aro que un día recogiste de la calle; sin llegar a descubrir el Aleph en soledad, sino en Unidad, pero conociendo un espejo, atravesándolo y sintiendo que si, de uno en uno, del derecho y del revés, por el camino iniciático de los chamanes, llegará el momento del no tiempo, como imágenes estáticas, ya nada de viceversa, sino como el puntillismo y Virginia Woolf , de uno en uno, reconociendo al de al lado, pensándolo como uno, pero reconstruyendo la imagen: que para uno la flor que se abre, que para el otro el camino, que para el de al lado la mirada perpetua, y para el que le sigue los colores del arco iris, sabiendo que su fiel compañero es el perro a la hora del trabajo, y el quinto ve a un niño durmiendo en la calle, cuando el sexto lo levanta y lo enreda en la institución de las masas con ración de alimento diario, y así el próximo que lo ve entiende La vuelta donde ya no paya el gaucho, y uno más va sucediendo en la sociedad de los muchos Unos contra los pocos Nadies y una necesidad inconmensurable de acabar con la realidad de los primates. Y el ojo catalejo que se pierde en la inmensidad del Universo pero que, aun así, recrea la imagen del Uno, imposibilitando, para siempre, la Ilusión del Viceversa.