Cuentos | Dialéctica hegeliana de la libertad (sin Hegel) - Una postura que lleva los brazos a las piernas y ellas a la cabeza, que envuelve el cuerpo en una esfera perfecta y desigual, oscilante sobre los grumos del aire que ahora se recogen y son partículas esféricas ellas también, como una cuna o una guarda, un sensato camastro hecho de nada en donde es […]

Una postura que lleva los brazos a las piernas y ellas a la cabeza, que envuelve el cuerpo en una esfera perfecta y desigual, oscilante sobre los grumos del aire que ahora se recogen y son partículas esféricas ellas también, como una cuna o una guarda, un sensato camastro hecho de nada en donde es posible adormecerse sin perder las nociones, donde todo se constituye en un regreso de un punto nunca abandona.

Por Carla Fiocca 

Noche de remolino y desvelo, abrazo mis rodillas y vuelvo a la posición fetal… Incienso de esa esencia que no pude dejar crecer…
Rebotan enormes ruidos en un latido; el respiro sube y baja fuera de control, los mil órdenes se desacomodan, las estructuras me han perdido…, me he perdido de mí…
El desconcierto de unos ojos frisados, sin el olfato de la orientación… Nadie me impide nada y, en esta libertad del no sé qué, decido mirar hacia ningún lado, aunque, siempre es el mismo círculo… Ya no sé si el mareo fue provocado y, en la turbina de mis miedos, sospecho que yo misma lo he generado.
Veo un puente, ese puente de la salvación, pues, aún en la peor confusión no he apagado la luz, ella se me aparece de vez en vez, la veo repartida en cien destellos desarmados… Tener esos brillos ahí, tan cerca de mi piel, me brinda la seguridad de un vientre materno al que puedo retornar eternamente.
He crecido así, errante y muy confusa, tan magníficamente sin orden… Por eso en las noches los minotauros vienen a buscarme, saben lo que pude haber sido…, lo que podría haber hecho…, pude haberlo logrado…
La libertad de nada sirve si no desatamos nuestras manos con sinceridad… Nadie me prohibió nada y nadie pudo liberarme…
Me mirás sonriendo creyendo entender de qué se trata…, veo tu pobre alma…, está sentada en un paraíso infinito de posibilidades, esperando que vengan a liberarla…, muriendo atada a tu propia soga…
Ya verás, la libertad es un concepto mudo, sordo y sin piedad… Creo que sólo es un niño que no aprendió nada…
La única libertad soy yo y lo que yo decida… Soy la mujer que lo ha aprendido, tan en grito, los oídos atentos, sintiendo demasiada piedad. Soy la mujer que fue derrotada por la crueldad de un niño impío que no le habla ni le oye…