Cuentos | Infante - Por Bruno Angelino

Se tejen progresivamente cada uno de nuestros pensamientos imaginarios (a veces, revolucionarios), ya que nuestra niñez fue y será lo que seremos en esencia hasta que llegue nuestro momento melancólico de lapidas inscritas, sin duda, la paz eterna (aunque improductiva).

Fui un niño desordenadamente inclinado a la imaginación, convirtiendo cajas de cartón en vehículos inter-especiales que emprendían viajes interminables; lo peculiar de esto es que cuando nuestra poderosa, -pero extremadamente frágil- mente esta en ese estado de éxtasis , -pensamientos verdes asombrados por lo nuevo e inevitablemente ilusos frente a lo obvio-; nos tomamos muchas veces el trabajo de disfrutarlo en compañía, como aquella vez en que aborde en cierta ficción ideada por mis eternas vecinas mellizas, observando su juego de muñecas, sonrientes osos de peluche, doctores especializados, su maternidad precoz, entre otros muchos más producto de la imaginación.

Hoy más que nunca pienso que el despertar de la conciencia es un descubrimiento vital y diario; verdades ya presupuestas cambian de formas y por lo tanto también nuestras posturas. Somos como la semilla, flores ya, encadenados al alma, a lo que fuimos, a lo que somos (o queremos lograr ser) y por último, poseemos un transporte de carne y hueso pero una mente monumental hecha de un niño, abrumado de preguntas y asombrado de vivir en este jardín tan maravilloso y decadente al mismo tiempo.

Autor: Gustave Courbet