Lecturas | En busca de un escritor americano - Por Furibundo Contreras | Ilustración: Ricardo Carpani

Los libros pueden ser guardados, recluidos en bibliotecas inaccesibles, existentes pero sin presencia, ausentes. Haroldo Conti nació y escribió, como intento de vida, y fue desaparecido. Sus libros se perdieron, quedaron repartidos en registros de propiedad comprados y vendidos, autorizados por algunos sellos que los imprimen y venden a costos que nadie puede comprar. El mercado editorial, concentrado e industrializado, impone sus reglas, oculta, impide, los vuelve a desaparecer. Ésta es nada más que la búsqueda de un libro, de un escritor, de una historia.


El 25 de mayo se cumplieron noventa años del nacimiento de Haroldo Conti. La última vez que estuvo en el lugar donde nació, Chacabuco, fue en la navidad del ’75. Iba a volver para su cumpleaños, pero el 5 de mayo de 1976, un grupo del Batallón 601 lo secuestró en Buenos Aires. Haroldo Conti militaba en el PRT. Desde entonces está desaparecido.

Durante esas semanas, busqué por Rosario algún ejemplar de Mascaró, el cazador americano, la última novela que publicó en vida. No encontré ningún libro accesible. Solamente un dato: hay una edición nueva que puede conseguirse, vale 300 pesos. El primer fin de semana de junio se realizó la primera Feria de Librerías de Viejos y Usados del año: ahí tampoco estaban sus libros, solamente una antología de cuentos del Centro Editor de América Latina, que salió en la década del ’80. Y nada más. No hubo forma: ningún ejemplar encontrado, ningún rastro. Haroldo Conti no está.
Los libros de Haroldo Conti, todos editados por grandes sellos editoriales, no bajan de los 200 pesos. Salvo algún ejemplar perdido en las bateas (de las librerías o de la nube virtual), no hay otro modo de acceder a su obra. El escritor que escribió desde América para los hombres de América no puede ser leído. El negocio editorial y el ordenamiento del comercio de libros imponen una censura parcial: sólo caen en ella los que no pueden comprar. Es decir, las grandes mayorías que tienen la voz de los protagonistas de las historias de Haroldo Conti, que son los personajes vivos que alimentaron su imaginación literaria.
No pueden y no quieren: nada hay que los interpele a hacerlo; más bien lo contrario. Los estímulos recibidos no rozan los intereses, la música, las particularidades, los tonos y la coloración que habitan la prosa de Haroldo Conti. Nada llama a leerlo, más allá de cierta recuperación simbólica de su nombre y el rescate de su biografía. Los documentales, las menciones, las notas críticas, los esbozos sobre su obra, los comentarios, los programas de radio y televisión, son un intento por traer al ruedo su figura, que esté presente e incite a leerlo, a saber qué dice, cómo lo cuenta, de quiénes habla, a escuchar las voces acumuladas en sus palabras.
Conti, el escritor del interior
Haroldo Conti es un ejemplo de escritor polimorfo: la escritura parece desarrollarse como una forma de la expansión de su vida, arremetedora, sin dedicaciones exclusivas ni trayectorias trazadas con antelación. Fue seminarista, banquero, camionero, enseñó latín y literatura, estudio filosofía, trabajó como periodista, fue aviador. Esa experiencia incontenible, inexacta, configura un modo de realizar el acto de la escritura, un hábito sentido, una práctica cumplida como parte de las actitudes de la vida, pero no como la vida misma. Entre la literatura y la vida, él eligió la vida.
En Haroldo Conti están los sonidos y paisajes del interior, y ante la captura de las historias por las grandes ciudades, la mirada elegida desde la urbanidad céntrica para referirse a la tierra adentro, ante esa imposición desde afuera, el interior de la pampa bonaerense se refuerza en su dimensión federal: es el vigor de la expresión de lo local que se constituye, una imagen que surge del propio territorio, de la sensibilidad que lo habita.
¿A alguien le puede interesar esa sensibilidad pampeana, esa localidad, cuando los pueblos y ciudades del interior central se ven invadidas por el modo de vida portuario, por los modos y costumbres de la «gran ciudad»? A pesar de que abandonó Chacabuco desde muy chico, ese nervio continuó electrizado en sus temas, los ambientes, los guiños de sus personajes, el ritmo de sus frases, la textura de sus pronunciaciones. Esa singularidad pudo acompañarse en la continuidad de su prosa con la experiencia de las ciudades, del clima árido de la militancia política, desde donde también la urbanidad de la acción política setentista se entremezcló con los perfiles de ruralidad del interior del país. Paciencia y combate, paisaje y acto, lírica y épica.
El regionalismo –construido o no– involucra la asunción de un lugar: una determinante para la historia que se cuenta, y por lo tanto es real. Vive en esa región, esa es la literatura que lleva consigo las siestas de verano bajo el álamo, las chicharras y murmullos lejanos de los galopes. Es una región de la existencia vuelta ficción, testimoniando. Es el componente mágico en su narrativa, la generación de una realidad intensa, cambiante y convulsa, viva. Es la literatura de ese escritor que escribe a la sombra de un árbol, campo adentro. Sólo estando dónde está y sintiendo, en definitiva, escribiendo. Y es una realidad siempre de segundo orden, desplazada, cotidiana, que se vocaliza en lo universal de la historia. Es, por lo tanto, un escritor de ese interior, que escribe desde el interior: del país y de su propia inquietud, desde esa necesidad de abrirse y de hacer.
Conti vuelve a estar desaparecido
¿Cómo leer algo que no se siente? La sensibilidad que vende la publicidad diseña un universo de productos satisfactorios: hay una larga lista de libros que se pueden leer para calmar algunas ansiedades. De acuerdo con la Asociación Internacional de Editores, entre octubre de 2013 y 2014, se publicaron en Argentina 26.387 títulos. Según la Cámara del Libro, la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano concentran el 86% de la producción comercial. De las 717 empresas que componen el sector editorial comercial, la mitad imprime más de cuatro títulos al año. ¿Cuántos libros llegan a nuestras manos? ¿Qué libros nos invitan a leer? Leer a Haroldo Conti, por ejemplo, es confiar en las ediciones alternativas o pirateadas, alguna forma paralela de llegar a sus textos que permita saltar el cerco que impone el mercado editorial. Es una búsqueda, como en su literatura.
Haroldo Conti, trabajador entre el taller y la calle | Autor: Ricardo Carpani
La lectura se traduce en bálsamo, tratamiento regular o esporádico para salvar alguna inquietud que anda molestando, o para apacentar el ánimo entre las urgencias. Los libros de Haroldo Conti no afectan esa sensibilidad. Por lo tanto, no interesan y no son vendibles. Desaparece, así, de las lecturas.
Ciertos escritores no están prohibidos, sí su lectura; pero no se prohíbe directamente: se la suelta al libre caos del mercado editorial, donde las prioridades y jerarquías que ordenan persiguen el lucro, la generación de rentas. Las reglas de juego establecen las condiciones: el libro es una mercadería más y su consumo replica a su modo las pautas de las otras esferas de la mercantilización. Esto no es nuevo: manda la publicidad, con sus novelistas elegidos, sus premiaciones y sus catálogos de oferta; y funciona un reparto de visibilidad según la lógica de la vidriera: aparecen, se exhiben, se ofrecen sólo algunos tipos de literatura, lo suficientemente clasificados y repartidos como para que la práctica de la lectura se limite al consumo de historias dispersas y autosuficientes, desprendidas del curso histórico, faltas de otra significación más que la verosimilitud de su trama.
La lectura se hace para el entretenimiento. Obviamente, el efecto de mercado de algunas obras va fijando algunos cánones, normas de estilo, criterios de narración: la escritura se vuelve homogénea, las historias se estereotipan, la producción se direcciona a la satisfacción de la demanda. Se monta la industria de la literatura, y los productos son designados a algún nicho de mercado. Todo lo que tenga que ver con el placer sensorial, la intensidad gozosa, la comprensión carnal, es dejado de lado por lo que ahorra tiempo, la efímera satisfacción de un deseo único, uniforme, lineal: libros de rápida digestión. Libros para ser leídos en el apremio de las ciudades. Libros que no son los de Haroldo Conti.
Quién leerá todo los libros
El mundo del libro se concentra en la producción que vende un puñado de sellos editoriales, en gran parte extranjeros y asociados entre sí. Sello editorial y distribuidora cierran el círculo de lo legible. Por fuera de eso hay niveles de participación que cuanto más descienden, más oscuros e invisibles se vuelven, hasta llegar a la resistencia final del escritor autogestivo: los escritores de lo ilegible.
¿Cuánto de popular le queda a esa literatura después del vaciamiento al que la somete la regla de mercado? ¿Impacta sobre la literatura esa exclusión de la compra-venta? ¿Modifica su fuerza, su ímpetu, el poder de su registro? ¿Cómo leer a Conti si no está, si ni siquiera sus libros han aparecido? ¿Habría que leerlo? ¿Hay una necesidad del presente que pueda rastrearse en su literatura? ¿Haroldo Conti está vivo?
En esa distribución, el lugar que le cabe a los escritores como Haroldo Conti, siempre es secundario. Se los recluye en ediciones costosísimas, de difícil alcance. La literatura que surgió al calor de un proceso revolucionario, que tenía en su expresión misma la fuerza de la espontaneidad creadora, el deseo vital de intervención, metamorfosea a literatura de culto, leída por los resabios de la vieja militancia y por la curiosidad de la militancia presente, reducida a una lectura entre conocidos, intercambiada como una clave o seña entre algunos que comparten un universo de sentidos, que se sienten parte de un mismo surco, y en el cual, Haroldo Conti, ha generado imágenes singularísimas e irrepetibles. A Haroldo Conti lo leen los que se lo pasaron, lo consiguieron prestado o ahorraron lo necesario para comprarlo y cobijarlo como un objeto deseado. Demasiadas exigencias para triunfar en el mercado. La literatura de masas revive su enfrentamiento con la literatura popular: una y otra, nuevamente, se tensan por su definición.