Ensayos | Artigas, el expatriado - Por Apolonio Kona

La historia oficial montó su ficción: eligió los hombres y los hechos, los organizó según sus lógicas y dispuso la versión rigurosa que debía ser aprendida, el camino iridiscente de la razón conocedora y capaz de darse un orden. Pero hay apariciones, fusiones de materia intocable que destellan en alusiones, sugerencias vagas de otros hechos y otros hombres: José Artigas es uno de esos héroes que fueron expulsados de la historia o confinados en los rasgos absolutos de la maldad y el detenimiento. Su experiencia histórica, su actuación política, su proyecto continental, subsisten, también, en la posibilidad del mito recuperado.


«Vidalita acordate de José Artigas/ y endulzate la boca, cuando lo digas/ A la huella de un siglo que otros borraron/ mintiendo los martirios del traicionado», canta Alfredo Zitarrosa con su vozarrón potente. Y la cantata desliza una pregunta inevitable: ¿cómo una mentira puede borrar un siglo? José Artigas fue un expulsado de la historia oficial, jamás fue permitido del todo como personajes de ese relato histórico sobre los héroes y patriotas que inventaron un país y dieron estatuto formal a la nacionalidad argentina. Si la historia es una ficción, ¿qué siglo borraron las mentiras? La temporalidad histórica queda construida desde la pluma de los maestros de letras que dieron forma a lo aceptablemente cultural en la Argentina. Entre esos artificios, uno era, por supuesto, la épica.

El siglo borrado, puede decirse, es el siglo de Artigas: de las luchas populares por conseguir una organización federal, con protagonismo de las mayorías subordinadas en el orden imperial, reacias a someterse ante cualquier forma de dominio colonial; es el siglo de la revolución frustrada, que fue excomulgado de la historia nacional contada por la oligarquía liberal y unitaria que se impuso en el enfrentamiento interno.

Puede ser excesivo imaginarlo a Artigas lanzando a viva voz la proclama ante los representantes agrupados que lo escuchaban atentamente, con la bandera celeste y blanca atravesada por la franja roja ondeando a un lado. El pasado también son las imágenes que creamos sobre él. Entonces está ahí, Artigas, recto y palabreador, dando voz a la voluntad reunida en esos hombres que lo miran y escuchan.

José Gervasio Artigas | Casona Artigas

Es un acto insipiente del caudillismo rebelde (el que sintetiza, coagula en uno la multiplicidad de lo subterráneo o subcutáneo) el líder y portavoz dando palabra ante una masa expectante, congregados por la pasión unificada de la liberación, por el rechazo de un régimen que volcaba hacia adentro el privilegio espurio y el sometimiento que negaba en la Corona. En ese sentido, la imagen puede ser vista como una disputa por la mitología de un pueblo: Artigas sentado sobre un cráneo, fumando, comiendo y dictando indicaciones, y despachando asuntos con paciencia y sensatez, como si «los asuntos del mundo hubieran estado a su cargo, él no hubiera procedido de otro modo. […] Parecía un hombre incapaz de atropellamiento y era, bajo este único aspecto (permítaseme la alusión) semejante al jefe más grande de la época», como decían de él: Artigas compartía el cuerpo con esos gauchos, campesinos e indios, entre ellos se había criado.

¡Civilizados, los cuerpos no se matan! 

Diferentes pero iguales era la consigna: un principio comunitario que plantea un tipo de relación basada en un elemento común, genérico, compartido por todos. Una inversión de la igualación formal del liberalismo, de ese hombre autonomizado de las autoridades exteriores, que elige desde su razón sacra el ejercicio de la libertad y se dicta sus derechos que lo vuelven objeto. El derecho de esos hombres, en este otro caso, es el de la mera existencia: están ahí, pertenecen, son una parte más dentro de la diversidad de la vida –del territorio–. El Congreso de Oriente del 29 de junio de 1815 es la expresión de esa diferencia latente al interior de la nación por construir: la comunión estaba dada por el sustrato material, la pertenencia a una tierra común, indivisible, sustento de las diferencias de color, creencias, hábitat y costumbres, en la que habían quedado acorralados por el avance del colonialismo iluminista de los porteños. Eran la fauna de esas regiones que por derecho ahora le pertenecían a la civilización. En esa reunión barbárica se resolvió no concurrir al Congreso de Tucumán, acusando al gobierno porteño de complicidad con la invasión portuguesa de la Banda Oriental; dos años más tarde, mientras estaba en marcha el parlamento en Tucumán, Artigas volvía a enfrentar una invasión portuguesa a Montevideo.

Hay una interpretación histórica en el fondo de esa afirmación: la materialidad es el elemento constitutivo de la nación, en esa condición comunitaria bulle la posibilidad de independencia y soberanía. Semejante sentencia cae como un mazazo sobre las delicadas abstracciones de los ilustrados porteños, que soñaban la nación como un concepto ideal, y confirma un imperativo que hará acople a las futuras elucubraciones representativas: no hay derechos sin hombres que los ejerzan, despojados de la carne y el hueso.

La oscuridad y el silencio al que la historia condenó este suceso lo vuelve un acontecimiento paradigmático, casi un eje inicial de la resistencia de lo nacional y diluye los límites que la historia académica traza entre el pasado y el presente: reconfigura el tiempo histórico al surgir de otros actores y de otro espacio. La actualidad de esa causa de patria libre y soberana impone la pregunta sobre la continuidad tendida desde el pasado.

Oriental en la vida, y en la muerte también 

En 1817 podemos suponerlo a Artigas redactando una carta dirigida a Juan Manuel Pueyrredón: graba, con su pluma, el relieve de esa huella profundizada en el afán independentista que congregó a los representantes de las seis provincias que conformaban los Pueblos Libres del Oriente (Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y la Banda Oriental).

En esa carta señala los sufrimientos a los que eran sometidos los pueblos de las provincias, la infertilidad de los años revolucionarios conducidos por los intelectuales del puerto y militares educados en los viejos modales del imperio, la traición viva de esos sectores que asumían la causa independentista como una forma de garantizar sus privilegios internos, aliándose con el enemigo y tejiendo en el comercio la continuidad del sometimiento colonial. No se puede ser neutral ante la causa de la emancipación, se lo puede ver escribiendo. Las intrigas entrelazadas en los salones porteños con los intereses de la Corona, esa confusión perversa entre patriotas y realistas, la negación de las élites de los intereses generales, a los que intentaba subordinar según sus abstractos valores humanistas que instrumentaban la expansión conquistadora del liberalismo europeista.

Esa carta juega el papel de testimonio de un proyecto político nacido del seno de los pueblos del interior: en ella se concentra la potencia de una causa irresuelta en la historia argentina. Su vigencia está dada por las condiciones históricas específicas que le dieron emergencia, y por la irradiación vital de la biografía de su autor. Artigas habla en esa causa inconclusa: es la voz de esos jugadores y bebedores, incultos e indomesticados, necios y brutales; de los indios, de los bárbaros, de la mano de obra bruta; del pestífero atraso, de la ruin particularidad.

En definitiva, ante la dispersión de las cronologías que el tiempo favorece, es como si Artigas ahora estuviera escribiendo su carta y hablara de la necesidad de garantizar la soberanía popular, del reparto de tierras, la libertad de puertos y aduanas, de la igualdad entre los hombres, libertad civil y religiosa, y la unidad de los pueblos de la región para defenderse de los invasores y afirmar su autonomía, con un gobierno central fuera de Buenos Aires. Una proclama revolucionaria que se articula en un proyecto político delimitado, expresión genuina de los intereses de los pueblos sometidos que aspiraban a su emancipación vital y la plena soberanía.

Al rechazar la propuesta de los delegados artiguistas, la Asamblea del año 13 había impugnado sus diplomas, y el Director Supremo, Gervasio Posadas, puso un precio de seis mil pesos a la cabeza de Artigas: «se declara a don José Artigas infame, privado de sus empleos, fuera de la Ley y enemigo de la Patria…». La alianza de Artigas con San Martín podía haber sido una confluencia entre los proyectos independentistas de integración: los sectores acomodados del puerto, vinculados con los intereses de Gran Bretaña, pretendían temporizar el proceso independentista. La influencia de la chusma del interior era una fuerza incontenible que ponía en riesgo el correcto curso de la civilización: Artigas repartía las tierras y el ganado, era un factor de peligro para el control de la economía local.

El devenir artiguista queda signado por la persecución: frustrado por la defección porteña que truncó su intento independentista en la Banda Oriental, se refugia en Entre Ríos. Detrás de su porte político se congregaron los demás perseguidos, aquellos que escapaban de los españoles, los portugueses y las elites criollas, los que sufrían la vivencia cruda de la realidad colonial como fuerza de trabajo y servidumbre. La imagen de las carretas y las miles de personas marchando con su ganado y sus pertenencias a cuestas, cruzando el río y refugiándose del margen opuesto, durante el Éxodo Oriental, funciona como una metáfora de su destino histórico, su fatalidad de eterno sitiador.

Los orígenes de una nación 

En la búsqueda por el origen de una nación, los ilustrados historiadores del Plata siguieron el esquema esencial trazado por Mitre, en la narrativa de los hechos históricos y por Sarmiento, en lo metodológico: se remontaron en el surgimiento de la civilidad argentina a partir de la experiencia de esas clases acomodadas del puerto exportador, dueñas del destino iluminado –del saber y la técnica– que amasaba sus riquezas vendiéndole al mundo sus productos primarios y se nutría recibiendo las doctrinas y teorías que los hicieran algo más dignos, como vástagos a la distancia de la razón, siempre intentando extirparse de la geografía nacional, desprenderse hasta lo alto de la perfección racional, de esa lógica esplendente que Occidente había legado, y cruzar el Atlántico hasta la tierra de los griegos y los romanos, la de los ilustres franceses, que hablaron de república, libertad y justicia, de los ingleses, que montaron la factoría del progreso universal, en definitiva, de la civilización occidental en la que había que inaugurarse.

La narrativa histórica es un campo de batalla por el sentido, un territorio donde se materializan las lecturas sobre los acontecimientos del pasado y se manifiesta una fuerza política, es decir, de un momento histórico concreto. La historia, por eso, es un problema común: no puede reducirse a una preocupación para especialistas, un asunto sólo abordable desde la rigurosidad técnica de un ingeniero. La historia y la técnica, unidas, neutralizan lo político: es justamente en la historia donde esa instrumentalidad del saber no puede ingresar, de donde es permanentemente repudiada por la experiencia viva de los pueblos que la componen y la narran en su afirmación.

Con la historia mitrista nacen también los hechos fundacionales, las líneas de acontecimientos históricos que construyen esa occidentalidad necesaria para la república liberal. Se crean, así, los grandes héroes, con sus caracteres medianamente definidos, sus trayectorias puntillosamente resumidas y agrupadas, dispuestas según el criterio de heroísmo que la verosimilitud del relato requiera. La Junta de profesionales distinguidos, letrados y criollos, auténticos de la raza heredera de la nobleza que el 25 de mayo hace su declaratoria es el episodio primario del mito nacionalista liberal: desde ahí se desteje la continuidad de los conflictos que se fueron dando en el territorio y la desembocadura gloriosa en la formación del Estado Nacional, consagración máxima en el orden formal de los intereses terratenientes y de esa aristocracia siempre subsidiaria de algún otro. Artigas, en esa leyenda, era un estorbo –una deformidad– para el proyecto de país del centralismo porteño.

La presencia del indio y el gaucho, en este caso, compendiaban el signo del atraso, el detenimiento de la brutalidad y rusticidad, la inoperancia en las cuestiones de la industria y la técnica, la pereza corrosiva y la tendencia a caer en los excesos por las lujurias de las pasiones, una imagen terrorífica para la sacralidad racional que inspiraba a los hombres del puerto: el signo maldito en esos cuerpos que se hacían de palabras, en esa argentinidad que se remontaba de idea en idea hasta quedarse sin nada de polvo en su sintaxis de perfecta esencia. Eran la razón, lo existente, por lo que necesitaban expandir su conciencia, una argentinidad desarraigada de su extensión, de pura abstracción, semblanza estilística de ese dominio que ejercían con sus enormes estancias y el hermetismo de una cultura reservada.

El lugar que le cabía a los indios, los negros y los gauchos era el de la negación; no podían asimilarse más que parcialmente a través de la explotación de su fuerza de trabajo, y eran una carga excesiva para la dirigencia que debía administrar los asuntos de las clases pertenecientes. Civilización o barbarie, otra vez, como antagonismo nodal de lo argentino.

La argentinidad occidental y cristiana 

La mención histórica de los fieros artiguistas quedó reducida a su mínima expresión: no se puede sentir lo bárbaro, no se debe pensarlo demasiado, la civilización tiene que continuar su marcha afirmativa. Mejor no hablar de Gervasio Artigas.

Artigas entra a la historia argentina desde afuera de ese cuerpo de relatos que constituye el pasado histórico. Es un salteador, un cuatrero, un hombre envuelto en un poncho roñoso, salvaje que habla antes los salvajes, arriba de una piedra, en un claro de las orillas, con el olor nauseabundo de los cuerpos sudorosos agolpados que escuchan su palabra, que es recibida, es baja, denigrada, palabra del cuerpo bestial, de lo oscuro y siniestro. Artigas, en la ficción histórica del liberalismo, emparenta su estigma con Monteagudo: un negro, escritor y despreciado, que asistió y asesoró a San Martín, participó en las batallas del norte, se sumó a Bolívar por la unidad latinoamericana y redactó la proclama de la revolución de Chuquisaca, que en tierras de Tupac Amaru II, los indios y el pobrerío habían encabezado el 25 de mayo de 1809, una año antes que en el cabildo de Buenos Aires se hiciera la manifestación de deseos formales.

Pintura: Mauro Calderone

Los dos –por circunstancias específicas y distintas– fueron expulsados de la historia en esa operación ficcional, que desde entonces se encargó de explicar a la perfección esa patria de invención científica que mentaron los libros de estudio. Pero en ambos casos se exhibe el procedimiento histórico del liberalismo unitario: la suerte del gaucho, del indio y del negro echada en un manual pedagógico que se fue escribiendo en forma de libros de viajes, memorias oficiales, textos científicos y literarios o documentos académicos de justísima reputación. La política de la historia como consumación de un proyecto de nación.

La expansión material de esa civilización, que necesitaba de tierras despejadas y productivas, largos llanos sin presencia de ninguna interrupción que impida el funcionamiento de esa imponderable máquina extractiva de riquezas, es el avance de las fronteras contra todo lo extraño. La Argentina agroexportadora, la matriz productiva y su organización estructural, así como sus bases filosóficas, el modo de percibir la realidad, la base racional del pensamiento local, la occidentalidad de la Argentina, se constituyen con la aniquilación de los pueblos indígenas, la desaparición de los negros y la inferioridad del gauchaje y lo criollo, sólo asumidos como elementos de parafernalia para la entronización memorable de la épica histórica siempre necesaria y necesitada.

El trazado de los ferrocarriles sería inglés, pues eran los dueños de la industria y del impulso primario, y en consecuencia, eran también los dueños del mapa. Todos los servicios dispuestos para la conformación de esa patria rendida al imperio de lo occidental: el país edificado de cara al océano. La extensión del proyecto liberal por el resto del territorio se fue dando con esas oleadas de civilización europea extendiéndose por el territorio, inclinándolos de cara al puerto, subordinando las particularidades en su afán universal, midiéndolo todo con sus métodos y sus explicaciones.

Artigas, obviamente, quedó en el medio. La Liga de los Pueblos Libres es la consumación de un proyecto sudamericano, conducido por los sectores profanos, las franjas de la sociedad que representaban toda la bajeza, la inmundicia y la perversidad, aquellas que salían de la fisura que abre la diferencia. Un propósito autóctono atrapado entre los asedios del directorio porteño y las invasiones portuguesas: «yo no hice otra cosa que responder con la guerra a los manejos tenebrosos que el Directorio me hacía por considerarme enemigo del centralismo, el cual sólo distaba un paso del realismo (la monarquía). Pero los Pueyrredones y sus acólitos querían hacer de Buenos Aires una nueva Roma imperial, mandando sus procónsules a gobernar a las provincias militarmente y despojarlas de toda representación política, como lo hicieron rechazando los diputados al Congreso que los pueblos de la Banda Oriental habían nombrado y poniendo precio a mi cabeza».

En 1819 se concreta un plan contraofensivo: Estanislao López y Francisco Ramírez, de Santa Fe y Entre Ríos, irían por Buenos Aires; Artigas, defendería la Banda Oriental. La derrota del caudillo oriental significó una nueva traición, otra expulsión: el acuerdo del Tratado de Pilar que los otros firmaron, lo deja abandonado hasta terminar exiliado en Paraguay.

La expulsión y la desaparición 

La destitución histórica de Artigas, su ausencia en la historia oficial, o su presencia maligna y confusa, entregado como un patrimonio al Uruguay, persigue un criterio quirúrgico: niegan, al mismo tiempo, el contenido específico de su proyecto, la realidad viva de su experiencia histórica, y la de los pueblos que confluyeron en su figura política.

La identidad argentina rechaza a Artigas, lo expatria y se lo quita de encima. El congreso de 1815 como momento histórico queda disuelto: no pasa de una simple anécdota que puede llegar a filtrarse, pero que no redunda ni contribuye en nada a la gesta liberal de los grandes héroes. La particularidad autóctona del proyecto artiguista, la reunión de las clases despojadas de todo gobierno, sometidas, separadas o aniquiladas, esa fuerza de lo marginal que se encarnaba en su potencia política, era una amenaza para el centralismo porteño, donde se caldeaba la nacionalidad etérea de la oligarquía.

Desde su deserción del ejército de la corona y su paso a las filas revolucionarias, Artigas conformó un ejército nutrido por hombres provenientes de los sectores populares, formados por la gauchería empobrecida y sojuzgada: recibió del gobierno porteño 150 hombres y 200 pesos para el levantamiento de la Banda Oriental. La gestión de los patriotas porteños lo traicionó en más de una oportunidad, sufrió en carne propia la firmeza del poder unitario. Fue quedando a un costado en la historia.

La operación histórica, entonces, suprimió a Artigas; quedó abolida, con eso, la expresión de esa organización de los subalternos que se concretó en el Congreso y en una propuesta fundada en una expresión auténtica de sus intereses, que proponían la reforma agraria, darse una propia legislación sobre el comercio interprovincial y con el extranjero, reconocer el lugar de los pueblos indígenas en la economía y la intención de llevar la organización confederal al resto del exvirreinato. Ese primer acontecimiento de lo popular queda desterrado, convertido en aserrín que se vuela de la escultura histórica de los ilustres.

Sin embargo, lo que quedó escrito permite reconocer y recrear aquello que fue borrado, pero que aun así subsiste circulando en el aire que se respira, formando parte elemental del clima que se vive al suceder la historia, en el recuerdo vago que recorre los imaginarios colectivos, en el suborden de la memoria de un pueblo. Es precisamente desde el sentir que se recuperan, que cobran espesura y pueden corporizarse en imágenes y figuras: el deseo de emancipación tensiona la materia histórica y le hace soltar todas las fantasmagorías contenidas. José Artigas es uno de esos fantasmas que merodeando logra filtrarse en la historia que se construye en los libros de textos, los medios de comunicación y las escuelas: asalta la historia como antes hubo asaltado el orden unitario de los porteños. Pensar en Artigas de esa forma es pensar en los mecanismos coloniales hacia dentro de las fronteras, en la reproducción interna del imperialismo occidental que despoja, saquea y desmantela todo lo autóctono.

Artigas reúne a los pueblos libres del oriente para proclamar consignas independentistas ante la falta de determinación de las asambleas centrales. La discusión historiográfica en torno al carácter formal de la asamblea no omite la singularidad política del hecho. De esa forma, la fusión registrada en la historia oficial de todos los afanes de independencia concentrados en Mayo 1810-Julio 1816 se resquebraja: las fuerzas vivas de la historia irrumpen y forcejean los límites de esa argentinidad liberal hasta romperla en mil pedazos y darse al encuentro con su propia historia. «Vidalita orientala, lejana y pura/ a la patria cantala sin amargura/ No hay más huella, canejo, que la de Artigas/ y jugate el pellejo, cuando la sigas», sigue Zitarrosa, y es esa huella abierta de donde renace cada vez José Artigas.

Pinturas: Mauro Calderone