Crónicas | De esa memoria que se hace cantando: ciclo de homenajes en el Centro Cultural La Angostura - No hay telón y no hay butacas en los escenarios que el arte construye en cada nota y en cada abrazo desparramados por el aire. La arquitectura de la memoria es aquella dulce libertad que se respira cuando se camina codo a codo. Y donde se encuentran la música y la lucha que fue de […]

No hay telón y no hay butacas en los escenarios que el arte construye en cada nota y en cada abrazo desparramados por el aire. La arquitectura de la memoria es aquella dulce libertad que se respira cuando se camina codo a codo. Y donde se encuentran la música y la lucha que fue de uno y que es de todos, resplandece la pasión de vivir, la fuerza de estar.

Por Lucía Cúneo – Especial para El Corán y el Termotanque

cro1

Casi sin consultar el reloj, ya terminando otro viernes de frío y sol, me envolví en el saco rojo y guardé la timidez en el bolsillo por un rato, justo al lado del papelito donde tenía anotada la dirección, feliz y ansiosa por mi destino.

Caminé algunas cuadras sin saber cuál sería la esquina que me detendría, ya fuera porque había llegado o porque me había perdido, hasta que me topé con el que considero el símbolo universal de que voy por buen camino: un montón de bicicletas frente a una puerta antigua de madera.

Y mientras la ciudad caminaba inquieta por el viento sur, tuve el placer de pausar la rutina bajo la tenue luz rojiza del Centro Cultural La Angostura de la calle Pasco, que esta noche se encontró con la memoria y con los que caminan recordando.

Apenas entré me recibió Estela con una sonrisa y una porción de pizza, que dejó sobre la mesa a la que no tardé en sentarme y sobre la que dejé mi cuaderno de apuntes y mi birome bajo la mirada curiosa de los demás comensales.

Había muchas mesas y poquita gente, en ellos encontré un cruce de generaciones e historias en las que, aún siendo una extraña, me sentí como en un abrazo, fuerte y cálido.

«No te vayas a olvidar» es la consigna que llevan como nombre estos ciclos culturales, pequeños momentos de encuentro que proponen homenajear a aquellos grandes artistas de aquí y de allá que en cada nota y en cada palabra de su camino dejaron huellas de lucha.

Entonces, Víctor Jara, todas las historias que confluyeron en su música, que fueron alma y cuerpo de sus ideas, de sus sueños, de su pasión por la vida. Víctor Jara; a través de una proyección audiovisual conjunta, porque recordarlo es «activar el sentimiento y sentido de una época», contó la pared del Centro Cultural La Angostura. Entonces, Víctor Jara, porque «su canto es una cadena sin comienzo ni final», que en cada fogón, en cada artista y en cada homenaje «encuentra el canto de los demás».

Las geografías del arte son tan diversas y difusas que no entienden de distancias ni de calendarios, y más se siente su eco cuando somos muchos escuchando y respondiendo a su cantar.

Y así, Andrea, Álvaro y su guitarra se ubicaron debajo del trapecio y primero fue «Paloma», luego «Amar es un camino», hasta terminar con «Te traigo una rosa», cuando Carla se levantó del asiento y bailó sus notas; y se llenaron la sala y los corazones de esa bella libertad que se siente cantando, que se siente haciendo desde el amor, que se siente amando.

Cuando el aplauso se esfumó en murmullo, Estela y Marcelo, organizadores del evento, nos invitaron a tomar la palabra con ellos: se habló de las grandezas de Jara, de la belleza que llevaban consigo Andrea, Álvaro y Carla, y también se habló de los momentos así.

De los momentos para encontrarse con un vecino, un desconocido o un amigo y simplemente compartir, vinito por de medio, el arte de los otros y el propio. De los momentos en que el verdadero escenario es la construcción colectiva, ¡y hay espacio para todos! De los momentos para levantar las banderas de ayer, las nuevas y las de siempre, aprendiendo de la pasión de los que luchan y luchando por un arte que transforme y que teja lazos.

Como dijeron Andrea y Álvaro antes de partir hacia otros escenarios, una tertulia por demás de placentera de la cual, estoy segura, todos nos llevamos un pedacito.

Y con el propósito de seguir sumando gente a estos espacios que desde la memoria construyen y unen, me despedí de la última porción de pizza, me envolví en el saco rojo y guardé todo lo que encontré en ese momento lejos de la timidez, justo al lado del papelito donde tenía anotada la dirección.