Cuentos | El ascensor - No hace falta más que un movimiento de encuentro entre dos tactos para que el ir y venir se detenga, o se componga con fragmentos inesperados, o se desgrane y se vuelva como una permanencia que subsiste, más allá de los otros movimientos que llegaron a corromperlo y desordenarlo, a dejar todo aquello como una […]

No hace falta más que un movimiento de encuentro entre dos tactos para que el ir y venir se detenga, o se componga con fragmentos inesperados, o se desgrane y se vuelva como una permanencia que subsiste, más allá de los otros movimientos que llegaron a corromperlo y desordenarlo, a dejar todo aquello como una instancia del pasado, un vestigio vago que necesita ser recordado, pero que, en definitiva, también permanece en el tacto.

Por Eva Wendel

«No ser amados es una simple desventura, la verdadera desgracia es no amar».
Albert Camus

Tal vez sea que a veces el universo conspira de manera simbólica o tal vez ese ascensor sólo haya sido creado para que sucediera ese abrazo. Hubo otros ascensores, pero sólo ese habremos de recordarlo por la intensidad de la grieta que se cerró de repente y se llenó de certezas, al menos por unos pocos minutos.

El abrazo que sube y baja.

A lo sumo, con el tiempo, podamos llegar a olvidar detalles como la posición de los dos cuerpos apenas distanciados por el espacio reducido, o el aspecto a viejo y la luz intimidante, blanca, delatadora de gestos, o ese chillido particular de las poleas sin mantenimiento que repetía el tiempo en cada piso y lo multiplicaba hasta el infinito al retenernos en idénticas miradas desesperadas de afecto, de búsqueda sincera del Todo o de nada más que perder, porque ahí y así nos estábamos sosteniendo, sin necesitar más que ese lúcido silencio que nos recordaba el otro final.

La antinomia perfecta de un silencio bipolar. Y el otro de nuestro otro no pudo dejar la armadura en la puerta. Pero el otro del otro más profundamente otro, ese que casi no había aparecido en toda la noche, ese que sólo por momentos nos llenó de magia y de pudor y de rechazo y de llanto, ese otro tan éxtimo para nuestros deseos y nuestra cruz, seguirá siempre en ese ascensor.

Pasarán los inquilinos, abrirán millones de veces más las puertas de hierro y de chapa, atravesarán ese pasillo que lleva del ascensor a la entrada y volverán a entrar y a subir de nuevo y a bajar también, sin saber o sabiendo –porque un mundo tuvo que haberse roto ahí– que dos seres ausentes, dos payasos de circo o dos absurdos personajes de Beckett, se habían encontrado, finalmente, en ese instante perfecto de emociones sin miedos y de amor sin después.