Cuentos | Héroes, Herodes y herpes - La incontenible marea de sucesos, eventos vivos que se van plegando unos sobre otros, fuerzas humanas que activan la historia en su transcurso, que recorren surcos, saltan cañones, degüellan animales y carroñas, que topan la temporalidad desde su concretud irredimible y más tarde, entre las habladurías hábiles y las refulgencias de las memorias futuras, se vuelven partículas insignificantes que forman […]

La incontenible marea de sucesos, eventos vivos que se van plegando unos sobre otros, fuerzas humanas que activan la historia en su transcurso, que recorren surcos, saltan cañones, degüellan animales y carroñas, que topan la temporalidad desde su concretud irredimible y más tarde, entre las habladurías hábiles y las refulgencias de las memorias futuras, se vuelven partículas insignificantes que forman una niebla que a veces se huele y otras se toca, que puede mojar como un rocío o atravesarse indisimulada, como pasando por entre miles de partículas insignificantes.

Por Kako

La Guerra Franco-prusiana no dejaba de resonarle en la cabeza, la batalla de Worth, la miseria, la ambición, la muerte. Abrió los ojos y miró el mismo techo que hacía años venía mirando al despertarse. Pensó en levantarse, su cuerpo pesaba toneladas.

Griegos y romanos, no podría distinguirlos ni aunque quisiera, no notaba las diferencias. Guerras Médicas y Púnicas le resultaban isotopos históricos. Muerte.

Se sentó en la cama y se presionó las sienes con las palmas de ambas manos, demasiado vino barato le había dado algo de resaca. Miró el reloj por única vez: 17:30.

Si había alguien cruel, según la crónica occidental, ese era el guerrero Temudjin. Mataba a quien no lo reconocía como Kan pero premiaba al que lo hacía. Esta última meditación le dio el impulso suficiente para levantarse y dirigirse hacia el baño o la cocina, no lo había decidido aún.

Dos porciones de pizza y una de tarta de verduras estaban estratégicamente colocadas desde hacía 12 horas en un Tupper anticipando la ansiedad del bagre que le picaba las tripas. Los Tokukagua y los Vikingos mataron mucha gente, unos por decadencia, los otros por decencia. Nadie se salva. Mordió el primer bocado apoyado sobre el mármol de la bacha.

«Deceso, putrefacción y polvo», pensaba mientras se dirigía a sentarse. A eso reducimos a los grandes héroes, esas minúsculas partículas de las grandes civilizaciones, si es que aún las podemos seguir llamando así. Allí, donde los Persas son Toltecas y los Chinos, Rusos; ahí, en el fin de la existencia, ahí en la muerte. Mientras la palabra se sembraba en su cabeza, se dejó caer sobre un sillón.
No hemos sido más que la consecuencia de las hazañas de personajes extravagantes: césares, augustos, káiseres, führers, zares, reyes, papas, estadistas, mesías, generales, mitos y musas. La mayoría llevó a sus contemporáneos a la guerra, a la muerte, al polvo. Nosotros, hombres decadentes, somos el resultado de esas guerras, de esa muerte, de ese polvo. Miró otra vez al techo, el mismo que hacía 26 años estaba en el mismo lugar y se paró nuevamente.

Se estiró.

Los Unitarios y los Federales están más relacionados con los Yakuza de lo que piensa la gente que cuenta la historia del mundo. La muerte desconoce las fronteras y, como chicle, une a las pandillas japonesas de la era Edo con La Mazorca. Capaz que esto le recordó el final de El Matadero, de Echeverría y esto, a su vez, le recordó (no sé por qué) dónde estaba el arma.

Explicar la historia humana como la historia de la muerte sería más didáctico para inmunizar a los niños de complejos napoleónicos. Sin embargo, esto nos impediría continuar reproduciendo el sistema que nos mantiene tan cómodos comprando placeres en doce cuotas. Se le escapó una sonrisa. Si alguien lo hubiese escuchado, capaz (y sólo capaz) se hubiera reído. Caminó hacia el baño.

El Vietkong usó, para vencer a los yanquis, la misma táctica que Washington utilizó para independizar a las colonias de los ingleses: la muerte. Parece ser una herramienta útil para dominar o, por lo menos, para ser escuchado.

Abrió la mochila del inodoro y, allí donde la había dejado, se encontraba inmutable, cubierta por una bolsa Ziploc, la 38 que su padre había abandonado hace años. Abrió el tambor; estaba cargada. Sonrió.

Buscando otra salida, pensó:

«Puedo estar equivocado, existe gente pacífica que puede ser llamada héroe: Gandhi capaz, algún que otro monje o monja».

Pero no, la idea estaba fija en la cabeza. Estar inmerso en una lógica religiosa nos somete a sus raíces manchadas de muerte. Siempre la muerte.

«¿Y Gandhi?», se preguntó, como un ahogado manotea el salvavidas. Mucha gente murió a causa de él, recordó, los ingleses no escatimaban en matar a sus seguidores; los paquistaníes creo que tampoco. Suspiró decepcionado, de nuevo, la muerte.

Se desplazó casi en dos zancadas hacia la habitación y de un salto cayó boca abajo en la cama. El revólver estaba fuertemente sujetado.

«Parece que no tengo más remedio, la muerte es lo único que une a los grandes héroes. El obrero que trabaja morirá por el desgaste de vitalidad que le demanda la tarea que el patrón (o su gerente) le encomienda. Sí, él también será presa del fin. Si no, no será héroe»

«¿Quiero ser un héroe?», se preguntó.

«Sí, sí quiero», le respondió su ego. Y se disparó en la nuca. Siempre había sido medio rebuscado para todo.

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