Crónicas | Maité - Su nombre, anotado en las palabras de la lengua cántabra, remite nada menos que al amor, tanto como la poesía que regalan a través de sus canciones. Así, las raíces de un pasado vivo atraviesan la tierra y florecen a pesar de que el norte se esconda y el cielo esté en el piso, soplando […]

Su nombre, anotado en las palabras de la lengua cántabra, remite nada menos que al amor, tanto como la poesía que regalan a través de sus canciones. Así, las raíces de un pasado vivo atraviesan la tierra y florecen a pesar de que el norte se esconda y el cielo esté en el piso, soplando el bálsamo del abrazo que se fue.


Por Virginia Gigli – Especial para El Corán y el Termotanque

La cronista espía
Las bienvenidas, como cuan imponente es el ingreso del teatro que recibe, las bienvenidas, como ese primer tibio abrazo que acongoja para siempre, así nos recibe Lavardén en una noche única para vivir Maité.

El frío helante era el complemento perfecto para un escenario tan cálido, donde los instrumentos estaban a la espera de un rasguido, de un susurro, de una voz, de un do o un fa. En la misma espera, sutiles, tibios y tranquilizadores sonaban ellos, con su melodía dulce y por doquier murmullos suaves, ansiosos, garrapiñadas de por medio, almendras, rico todo, la integridad, el ambiente sublime.

Algunos silenciosos, observadores, mirones; entre besos y susurros, así esperábamos. El salón, poco a poco más poblado, mas bullicioso, más impaciente. Algunas caras conocidas, y otras no tanto.

Los rostros jóvenes y entusiastas de los anfitriones, de los músicos y los organizadores. Los vi detrás de escena haciendo un bailecito, contentos, felices, como su música, por hacer lo que más les complace y les apasiona. Caras de orgullo, de felicidad, de felicité en francés, pero argentinos, bien argentinos. Ellos, de Santa Fe, oriundos de Villa Constitución, formados en 2009, estaban por presentar su nuevo material discográfico Amor y Libertad, su segundo disco.

Poco a poco pasaban por detrás en pos del escenario, yo estaba muy cerca, y podía ver todo: lo que pasaba en escena, en el público y en bambalinas.

Mezcolanzas

Eran las 10, las luces menguaban, y una fina melodía de órgano comenzaba a sonar… Una a una las luces se encendían y dejaban ver de dónde provenían aquellas voces, gloriosas, esperanzadoras, únicas y potentes, dejaban a trasluz a cada uno de los integrantes, brillando como brillan los artistas, contagiando con su sonrisa y simpatía.

Un grupo de apasionados, si me permiten llamarlos así, conformado por Ariel De Avelenda, Juan Manuel Quiroga, Lucas Ceraso y Marcos Basílico, con estilo propio, sonando al compás de una melodía sin final, mixtura de nuestro querido folklore con tintes latinos y un toque de rock y de pop.

Los instrumentos también son la clave: guitarras, bajo, órgano, una batería llena de color, charangos y bandoneón. Todos al ritmo de vallenato colombiano y mezcla de música latinoamericana, con un repertorio que incluye baladas, huaynos, zambas y chacareras. Una presentación de faceta romántica, familiar y sensible, matizada por un tono lleno de vitalidad, que les gusta a todos, a grandes y chicos, a jóvenes y risueños.

A medio show, no se hicieron esperar, para traer y contagiar el entusiasmo de Facundo Toro, invitado especial de la banda. Las voces se complementaron a quinteto, en un solo canto, los acordes se inmortalizaron y juntos dejaron entrever una gran melodía, de esas que se producen por un amor en común: la música.

Todo termina

Y el show continuó, la noche ya tibia tenía espacio para más, todos éramos uno, en la misma sintonía de Maité.  Un poco de bombo y chacarera, instrumentos de viento y sueños, chistes y saludos, un clima de compañía, de calidez humana, de amor y libertad, como el disco.

Entonces, como todo momento tiene un final, llegó la despedida, canalizando toda la energía en las últimas notas sonoras, en el goce que denotan las sonrisas, y recibiendo el fervor de quienes, jubilosos y risueños, aplaudimos complacidos el potencial visible de una bella serenata teatral.

 

Fotografía: Cintia Kluczkiewicz y Julieta Pisano – Más imágenes aquí


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