Crónicas | Noche de jazz: Juan Grandi Trío + Lucrecia Aragón - Mientras la noche se adueña del paisaje y despliega su imperio en la majestuosa oscuridad que da protagonismo a la luna, la música embellece el silencio y promete arrancarnos del caos al que la urbe invita. En ésa sintonía, la sonrisa cómplice entre los protagonistas vuelca la armonía que completa el color de la velada.  […]

Mientras la noche se adueña del paisaje y despliega su imperio en la majestuosa oscuridad que da protagonismo a la luna, la música embellece el silencio y promete arrancarnos del caos al que la urbe invita. En ésa sintonía, la sonrisa cómplice entre los protagonistas vuelca la armonía que completa el color de la velada. 

Por Clara Catelli – Especial para El Corán y el Termotanque

IMG_1467Era el día más frío en lo que iba del año. Cuesta salir los días fríos, pero el viernes no fue el caso: Martu y yo íbamos a escuchar jazz en vivo. Fuimos al teatro Pichincha sin idea de a dónde estábamos yendo, hasta que llegamos y vimos una fachada con una vidriera llena de afiches que auspiciaban actividades. Cortinas negras. En el fondo se veía un escenario iluminado y músicos que hacían una prueba de sonido. Era muy temprano así que nos fuimos a dar una vuelta.

Para cuando volvimos, no había nadie en el escenario, pero sí muchas cabecitas negras, iluminadas a contraluz por los reflectores de la escena. Entramos y nos sumamos a ellas. Estábamos curiosas por ese lugar que no conocíamos, un lugar cálido, íntimo. Los pisos de madera siempre generan un estar-en-casa que hace de cada espectáculo algo distinto. Telas y trapecios atados al techo, rincones de un lugar con vida en el que, charlando, nos olvidamos de contar los minutos.

Suenan los aplausos para los dos músicos que salen del costado derecho del escenario. ¿Dos? Nos extrañamos, pero después vimos que el contrabajo y la batería quedaron desocupados, esperando a sus titiriteros.

Ella, Lucrecia Aragón, la voz, vestía un kimono azul y el cabello recogido en un rodete. Él, Juan Grandi, al piano, un pulóver negro. A los ojos de quien escribe, no hay nada más hermoso que un escenario minimalista: un kimono azul, un pulóver negro, un contrabajo color madera, una batería con platillos dorados. Las manos delataron a Lucrecia: estaba nerviosa. Las refregaba todo el tiempo, después explicaría el por qué. Estaban filmando el show. No era para menos.

El dúo de voz y piano dio comienzo al espectáculo. El primer tema fue «Once in a Time», compuesto por Lucrecia, arreglado por Juan. El segundo y el tercer tema fueron versiones de los Beatles: «Yesterday» y «Blackbird». Ambos con una marca personal genuina, que los convirtió en temas propios de los intérpretes.

Finalizado el primer acto, entraron el contrabajista Fermín Suárez y el baterista Román Chiesa, y comenzó el Jazz. El primer tema tuvo la forma clásica, un comienzo alegre, con ronda de solos en la que todos se lucieron haciendo bailar mis pies, que colgaban de la silla. Luego, otro tema de Lucrecia y Juan: «Fui». Volvieron batería y contrabajo para interpretar «Ruby, my dear», un clásico que retrotrajo a quien escribe a las visitas de su tío, fanático del Jazz, que escuchaba discos y discos de Thelonius Monk, uno tras otro. Luego sonó «La niña», otro tema de Lucrecia, interpretado por ella sola en la guitarra.

Finalizado el tema propio, fue momento de que Lucrecia presentara a los músicos, riéndose de los percances en escena: cintas adhesivas para partituras que volaban, nervios, indecisión sobre qué tema habría de seguir; contratiempos típicos que le dan vida a la música en directo. Luego vino una canción de Tom Jobim, «Caminhos».

Hermosa interpretación, de una música que los latinoamericanos llevamos en la sangre, en los modos, en los ojos y en la voz. «Be my babe» fue el tema con el que dieron cierre a la última parte del espectáculo, hasta que retornaron para el bis con «Falta tema».

Las composiciones que interpretaron fueron variadas y si bien no todas eran jazz, este estilo las atravesó a cada una. Tal fue la intención de esta grandiosa puesta en escena, según Lucrecia Aragón. Su voz fue fresca y fuerte, y pudo jugar por todas las escalas, sobre la alfombra mullida que tejieron los tres grandiosos músicos que la acompañaron. Un contrabajo, una batería y un piano indispensables para que la voz se despliegue con confianza, diversión y belleza.