Crónicas | Uno de cal y Una de arena - Una mujer de cuerdas acostada sobre la falda de un hombre roba las miradas que, hasta entonces perdidas, buscaban espacios de tranquilidad donde posarse. El canto, fino como el cabello de un unicornio, corta el aire y marca el pulso del tiempo. El silencio cómplice gana terreno y deja que los artistas decoren la noche.  […]

Una mujer de cuerdas acostada sobre la falda de un hombre roba las miradas que, hasta entonces perdidas, buscaban espacios de tranquilidad donde posarse. El canto, fino como el cabello de un unicornio, corta el aire y marca el pulso del tiempo. El silencio cómplice gana terreno y deja que los artistas decoren la noche. 

Por Clara Catelli – Especial para El Corán y el Termotanque

Amor a la mexicana

El viernes a la noche fuimos a Mexicas con mi compañero. Teníamos una cita con el dúo Uno de cal y Una de arena, compuesto por Romina Galera, Lisandro Franchi y la participación ocasional de Carla Correale en la percusión. Ellos iban a hacer su música, y nosotros nos dedicaríamos a escucharlos.

¡Tacos para dos cuates!

A las nueve, ni más ni menos, Tadeo y yo estábamos en la puerta. Los dos somos músicos y los dos nos olvidamos del detalle de que todo espectáculo anunciado a las nueve… empieza a las once. Nos reímos y entramos. Así dimos comienzo a la noche de las asintonías: en un bar de estilo mexicano, comeríamos tacos y tomaríamos Coca-cola, escuchando a un trío rosarino con una mezcolanza de estilos, idiomas y ritmos.

 

Era mi primera vez en un lugar de comida mexicana, así que todo me sorprendió bastante. Las calaveras de Santa Muerte, santidad mexicana, estaban pintadas en las paredes, en la barra, en papeles calados que decoraban las grandes ventanas que daban a calle Rodríguez y a calle Santa Fe. Entre paredes con colores estridentes e iluminados por luces rojizas y azuladas, elegimos mi primer menú mexicano: Tacos Cancún.

Mientras tanto, llegaba de a partes el equipo de sonido, que se distribuía en el fondo del salón que pronto tomó forma de escenario. Esa noche me olvidé los lentes y veía poco, pero por los movimientos e idas y venidas, supuse que la cantante estaba ansiosa por que el show comenzara. Un rato después llegaron nuestros tacos, junto con la prueba de sonido.

A eso de las 10.30, la voz y el cajón peruano interpretaron unos segundos de reguetón para romper el hielo: funcionó muy bien. Después sonó «Have you ever seen the rain», de Creedence, en un inglés a la española. Nos ilusionamos y pensamos que seguirían, pero no. Era sólo un chequeo de sonido.

El público llegó y colmó el salón. Todas las mesas se ocuparon mientras yo intentaba armar mis primeros tacos. El ají pica, ¡pica muchísimo!

Mandale Play

El público era un público amigo, y también misceláneo. Lisandro es profe de guitarra y Romina, de canto. Sus fieles alumnos de todas las edades estaban presentes y los dos agradecieron infinitas veces por eso. Además, estaban los comensales y otros espectadores casuales. Una combinación sabrosa para cualquier músico. Más o menos a las once empezó el show. Se presentaron, pidieron disculpas por adelantado –la primera de tantísimas veces que lo harían– e hicieron su arte.

El repertorio pareció haber sido armado siguiendo los caprichos de los músicos –de hecho así lo confesaron después de una interpretación poco afortunada de «Tratando de crecer», de Baglietto. Folklore, música popular, rock, pop… todos los géneros estuvieron presentes esa noche. Romina tiene una voz limpia, clarísima y fuerte.

Su pronunciación del inglés o del portugués lleva marcado el acento castellano, y eso hubiera sido una nota de color exótico para su música si no hubiera pedido perdón tantas veces por algo que le quedaba gracioso y la diferenciaba. El primer tema me atrapó por completo: «Amapola», de Juan Luis Guerra. Tenía un toque de canción infantil, de esas que mi papá me cantaba con la guitarra para que me durmiera, pero también otro toque de canción de amor. Lisandro y Romina se apropiaron por completo de esa música y la compartieron extraordinariamente. Hubo otros temas, como «I´m Yours», de Jason Mraz, o «What´s up», el temazo de 4 Non Blondes, que no resultaron tan impactantes. Son canciones ya demasiado conocidas, que –vaya uno a saber por qué– generalmente le sientan mejor a los dueños y no a los que las reversionan. La música latinoamericana genera otra atmósfera, mucho más propia, y Uno de Cal y Una de Arena fueron el vivo ejemplo cuando se dedicaron a ella.

Las manos de Lisandro recorrieron la guitarra con familiaridad, con confianza, incluso cuando le pifió en algunos punteos –por los que también se disculparon–, y rasguearon todos los ritmos, y jugaron a interpretar todos los estilos como si fuese Goyeneche en el tango, Drexler en sus canciones o Zitarrosa con su guitarra. De hecho «Zamba por vos» fue una de las joyitas de la noche. Otra fue el tango «Nada», de Horacio Sanguinetti. Por los agudos anduvo Romina, con una potencia espectacular, y de marcar el ritmo y la melodía se ocupó él, haciéndonos olvidar que lo que estaba sonando era un instrumento solo.

Otra pieza para el recuerdo fue: «Como dos extraños», el tango de José María Contursi. «Y ahora que estoy frente a ti / parecemos ya ves, dos extraños / lección por fin aprendí, como cambian las cosas los años / angustia de saber, muertas la fe y la ilusión… / perdón si me ves lagrimear, los recuerdos me han hecho mal». Impecable. Quien escribe es exageradamente sensible, llora por todo, y en especial por cada canción que le mueve un poco la memoria, así que si me presienten lagrimear en el texto, es sólo que fue hermosa su música.

Antes de comenzar el último tema, el de 4 Non Blondes, se disculparon (¡de nuevo!) y nos avisaron que íbamos a tener que aplaudir por el bis, entre chistes. Así lo hicimos. Nadie les iba a negar el aplauso, de hecho se lo ganaron. Ninguna de las mil quinientas disculpas pudo más que lo que suena el dúo con el agregado del cajón. Así que terminó la noche con «No voy a ser yo», compuesta por Drexler y Johansen. Geniales, nos dejaron llenos de energía y terminaron.

Disertamos como quince minutos más sobre qué mousse íbamos a pedir, mi compañero y yo, y coincidimos que si bien el popurrí de géneros estuvo genial, lo que mejor interpreta este dúo es el tango. Pedimos el de chocolate con frutos rojos, para calmar las picazones del ají y nos fuimos, no sin antes felicitar a estos grandes músicos, que pidieron perdón demasiadas veces, pero nos alegraron y emocionaron muchas más.

Fotografía / Álbum completo aquí


Contacto

Uno de cal y Una de arena

Integrantes

Romina Galera
Lisandro Franchi

 


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