Cuentos | La sombra del tiempo (Parte I) - Por Luis Giménez Pardo

Por Luis Giménez Pardo

El sol dejó en evidencia el mal cálculo que los presagios del matutino anunciaban y apareció media hora más tarde en la última línea que dibuja la vista hacia el fondo del paisaje, simulando el fin del mundo.Foto 1

La mañana, calma, soportó las penumbras durante algunos lerdos  e indescifrables minutos. La oscuridad, amante fiel del silencio, fue muriendo lentamente y durante su descomposición la ciudad cobró vida y ruido.

Sin embargo, nada de eso fue percibido en la habitación de la familia Liverstein, donde el matrimonio permanecía congelado. Atrapados en una misma escena inerte, ambos – dentro de su propio universo – aguardaban el instante correcto para ensayar el siguiente movimiento.

Él debía elegir. Debía elegir el libro indicado para  configurar su destino de tal modo que le permita destruir el presente macabro, en el que ni siquiera se atrevía a respirar sin analizar cada acto con extrema cautela.

La próxima acción definitivamente debía ser lo suficientemente precisa para demoler y levantar al mismo tiempo, dos realidades paralelas, aparentemente contradictorias. Intocables e inasibles en el primer impacto, pero sólidas y reales a la vez.

El porvenir se presentaba ante él como un abanico enorme de posibilidades incontables e indescriptibles, de las que sólo tomaba una, desechando el caudal inmenso que muere o sobrevive en alguna otra parte del cosmos.

El pasado, como sostén único y evidente de existencia, acumulaba sus renglones – los que aún respiraban – en la cárcel de la memoria. Esa era la única certeza de los acontecimientos. Dentro de aquella extraña visión, lo actual no tiene entidad propia, ya que todo se convierte instantáneamente en pretérito, aunque este postulado podría caerse de sólo pensar al sujeto  –situado en el presente– recordando.

Pero la última contradicción no era lo suficientemente vigorosa como para derribar el paradigma sobre el cual nacían las primeras estrategias – vagos planes imperfectos – para el siguiente paso.

Los reflejos detrás del vidrio del engaño fueron, primeramente, indicios falsos que lo llevaban de viaje hacia sitios hostiles, donde la memoria prefería no trabajar. Poco a poco, casi sin entender las jugadas del tiempo, pero viéndole las cartas, las consecuencias últimas se conectaron con los rudimentarios pronósticos que su inconsciente se había animado a trazar.

Las arbitrariedades del destino se mofan de las sonrisas muertas que en los rincones del tiempo se marchitan junto con el néctar de la ilusión, del que ya casi no quedaban gotas.

 «¿Y si tan sólo fuésemos el juego viejo y abandonado de un dios incompleto? ¿O quizá, el arquetipo inestable que, atestado de fallas irreparables, quedó inerme, sujeto a erosión y el óxido que los años inyectan sobre las cosas?», pensó, mientras sus dedos jugaban a encontrar el próximo tomo para leer.

Había gotas de transpiración deslizándose por sus mejillas, serpenteando sobre su piel como los caminos de Capac Ñan, dibujando lentamente nuevos cruces que se perdían entre las irregularidades de su tejido, impregnado de pequeños pozos y lunares marrones.

«¿Y si fuese todo más simple?, pero no así menos trágico. ¿Si el tiempo, que se incrusta en la piel, autografiase su nombre en las lágrimas del viento distrayendo nuestra mirada, sólo para comerse ¡al fin!, las células que se agrupan para configurar nuestra existencia…?».

Ella seguía allí, mirando fijo hacia un horizonte indescifrable que la alentaba a sobrevivir. Curiosos enroques de la vida aquellos que incitan a cuidarla cuando más próxima está a desaparecer. Así se movían sus piernas, entre la niebla pesada de la incertidumbre pero con la certeza de no arrodillarse ante el desengaño.

La invención y el perjurio propio funcionaban como único sostén real. La negación absoluta de un escenario evidente era el mecanismo de amparo más inmune frente a los agrios bosquejos de realidad que le convidaba el porvenir.[1]

Él, taciturno, tomaba notas mentales de la reproducción imperfecta del tiempo: «El pasado es recuerdo y el futuro una sospecha. El presente, claro, no existe. Y es por ello que sólo se convierte en historia aquello que es rescatado, y es el pretérito la viga angular de la existencia. La mentira viola esa memoria, creando recuerdos falsos que elaboraban sonrisas ficticias fundadas en la necesidad de creer».

Entendía, no sin antes detestar el peso de su comprensión, que el recuerdo es una novia del olvido que engalana lo que sucedió según su propia lógica, lo cual genera que fiarse de él sea decididamente peligroso.

Sin embargo, las falacias de su compañera gozaban de veracidad dentro de la óptica con la cual estudiaba al universo, a su universo. Atrapada en una doble tragedia, lo incierto, que por momentos perfumaba la insoportable cotidianidad, se desvanecía cruelmente cuando la consciencia  asumía un papel protagónico.

Mentía sobre la realidad dibujando equilibrios de cartón que agonizaban ante la certeza de descubrir que sólo eran productos de una mente infame, refugiada entre las sábanas frías de pensamientos aduladores.

Mientras tanto, él no podía seleccionar el libro correcto.

***

En la biblioteca había una gran cantidad de libros, acompañados por revistas viejas y algunos cuadernos lastimados por el óxido que el tiempo le imprime al papel. En las revistas, el tono amarillo de las hojas embebía la lectura con condimentos mucho más interesantes que lo que sus líneas contaban.

Los libros, en cambio, eran inmortales. La colección completa de Apuntes del Fénix, compuesta por cuarenta y cinco tomos, decoraba el primer y segundo estante de un mueble de roble del siglo X, que escondía cajones con doble fondo y marcas en sus maderas, que desnudaban la curiosidad de los anteriores dueños, cegados por la codicia de revelar todos los misterios que el anaquel escondía o decía esconder.

Cuentan, aquellos que la conocieron, que cada nuevo dueño encontraba indicios disímiles que conducían al fin último de la búsqueda: la verdad del universo. Alguna vez, en la India, un faquir mugriento y despeinado, pero con rostro de sabio y mentiroso a la vez, le vendió a cambio de cuarenta monedas de oro la biblioteca a un conde ambicioso del sur de Francia.

Conocido por su incansable curiosidad, amigo íntimo de Ébalus de Aquitania o  Ebles el Piadoso, este noble señor de Francia salió a recorrer el mundo oriental con la necesidad de encontrar el sentido último o primero de todo lo que existe[2].

El destino y una brújula de oro lo dejaron en la India, donde las pinturas de la Edad de Piedra en los abrigos rupestres de Bhimbetka en Madhya Pradesh aún eran una reliquia guardada en los devenires de la historia. El conde llegó a la biblioteca por accidente. La viveza del faquir – farsante o vidente – cerró el negocio y el mito se hizo carne. El noble francés volvió a su imperio abrazado a la convicción de que en algún rincón de su compra se encontraba la respuesta al interrogante más ambicioso del hombre.

Reconocidos pensadores y sabios de la época se acercaron a examinar el mueble sin poder encontrar nada nuevo, más que algunos cajones escondidos y libros con páginas ocultas, porque ese es un detalle no menor, la biblioteca traía una serie en sus estantes.

El amplio árbol genealógico, sumado a las jugadas del porvenir, hizo que la biblioteca cayera en sus manos juntamente con el mito que la envolvía. Algunas tardes cuando niño, su abuelo disfrutaba sentarse bajo la única lámpara de bronce de la casa y, después de que su McClelland’s comienzara a escupir humo, iniciaba su ya conocido relato acerca de la magia oculta del mueble de los libros. Ahora, solamente él estaba ante las maderas que juraban esconder aquello que todos creían buscar. Examinó, como cada domingo, los lomos de los 45 libros y desistió al entender que no sería él quien develase el misterio.

Ella seguía allí, recostada sobre sus penas, esperando que el montaje que su mente creaba para sobrevivir se volviera realidad. Él, acongojado y sereno giró la mirada. De pronto, vio a su abuelo sentado bajo la lámpara, con su pipa encendida mirando de reojo la muerte de los hielos en el vaso de whisky, que agonizaban en la lenta metamorfosis que los llevaba a convertirse en agua. De fondo, aún se oían, cuando el lastimado tocadisco lo permitía, los magníficos arpegios de Jeune Homme.

Su rostro era otro concierto, donde el tiempo había escrito sus melodías a la perfección. Las arrugas casi no dejaban lugar para sus ojos, que se esforzaban en aparecer tras las caídas cejas como persianas rotas que pronto cerrarán para siempre. La muerte caminaba lentamente por cada uno de sus discursos, afirmaba que la aguardaba tranquilo sabiendo que no podría escaparle y que las últimas esperas a su llegada ofrendan sensaciones de ostracismo, bajo esa insípida lógica de que sólo repite un mismo estado de ánimo.

Con un esfuerzo sobFoto 2rehumano en la voz, de la que alguna vez se oyó un tango, pronunciaba las mismas palabras sobre el epílogo de cada relato: «¿Y si en un escenario superpuesto aquello a lo que dimos la espalda se vuelve frente? ¿Y si los senderos que se bifurcaron aún sobreviven y nosotros sólo nos limitamos a apreciar las flores de una parte del jardín? Así como el viento cambia su soplido, los libros cambian su posición, casi como la aguja que persigue incesante la zeta invertida».

Miró nuevamente cómo la música apagaba su cálida mirada y se recostaba en el desteñido sillón de la sala, del que una vez simplemente no despertó. Fue un martes por la tarde, llovía. Las lágrimas de las ventanas se traducían en el rostro de su madre: pálido y temeroso.

Jugaba a recordar el relato, intentaba siempre quedarse parado en la historia, analizando cómo unas tablas, a las que alguien acomodó para hacer una biblioteca, lograron trascender tantas generaciones y llegar hasta el presente. Los libros, intactos, gozaban de una inmortalidad envidiable. El arte había sobrevivido a todo. Las guerras, las pestes, el hambre… el tiempo. Las familias se dividieron, los apellidos fueron mal escritos o simplemente dejados en algún escondrijo junto al almagre que el devenir ilustra en el abandono, otros artefactos fueron sisados, el dinero simplemente desapareció, pero la biblioteca y sus libros estaban allí.

El arte se había impuesto ante la vida como la única alternativa real para soportar la tragedia a la que estamos invitados con el sólo hecho de venir al mundo. La vida, como apertura de la flor, desde su génesis sólo confirma dos cosas: dolor y muerte. El nacimiento es sufrimiento, la carne dentro de la carne, el llanto y los gemidos de padecimiento del ser encargado de dar a luz confirman que el arribo lastima. Como segunda – y por qué no primera – verdad está la muerte. Para la misma existencia se necesita de una no existencia, en la oposición aparecen los rasgos básicos de la identidad por lo que sólo se puede afirmar que la muerte confirma a la vida, que aquello que se presenta ante el orbe posee vida porque va a morir.

A esa tragedia llegamos, a esa inestabilidad opresora e insoportable se asoma el hombre que tuvo que inventar o descubrir un método para embellecerla y sobrellevarla. Ante el fracaso evidente de la vida el arte se alza como vía de escape. El origen de la vida y del lenguaje, quizá los dos misterios más seductores de la historia, develan el sentido mismo de la existencia; y es el arte, entonces, el lugar adonde los pesares de la vida no logran llegar. Y si llegan, sangran desde su misma belleza.

El simbolismo mágico que ese mueble abrazaba es la idea fija de la inmortalidad a partir del lenguaje. Esa posibilidad de representación con la que fue bendecido el ser humano le permite romper las barreras del destino y, en algún punto, hasta vencer a la misma muerte.

Nadie, sin embargo, había hecho más que leer los libros o descubrir algunas anotaciones falsas o cajones de doble fondo. El misterio seguía allí, frente a los ojos del Sr. Liverstein que observaba atónito la posibilidad de destrozar el mito y dejarlo ingresar al logos. Esos mismos ojos padecían también la incómoda necesidad de aceptar el desafío en el que perdió la vida su abuelo.

[1] Roberto Arlt simplemente habría dicho: ‘La mentira es la base de la felicidad humana’

[2] Aquí aparece una diferencia en la historia. La primera versión asegura que el acreedor de la biblioteca era conocido como Maltuaer y que su amistad con Ebles el Piadoso se debe a que ambos pertenecieron al ejército que combatió contra los vikingos, mandados por Hrolf Ganger en 910. Sin embargo, existe otro relato que asegura que Maltuaer murió en 906 lo que vuelve imposible su participación en la lucha y, conjuntamente, su amistad con Ebles. Para no destrozar el relato nos apropiaremos de la idea inicial.