Crónicas | Ojo al piojo - El cielo se abre y reluce, celoso, la fuerza omnisciente de la naturaleza, que obliga a los mortales a reinventar una noche perdida entre la amargura de una posible lluvia y el imperativo del viento sureño. Ellos, atrevidos, y a salvo bajo la pintura que los protege, invitan a molestar a la cotidianidad con interrogantes filosos atravesados por la danza y sostenidos por una batucada que obliga a mover el cuerpo.

El cielo se abre y reluce, celoso, la fuerza omnisciente de la naturaleza, que obliga a los mortales a reinventar una noche perdida entre la amargura de una posible lluvia y el imperativo del viento sureño. Ellos, atrevidos, y a salvo bajo la pintura que los protege, invitan a molestar a la cotidianidad con interrogantes filosos atravesados por la danza y sostenidos por una batucada que obliga a mover el cuerpo. 

Por Teober Lorrat | Especial para El Corán y el Termotanque

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La puntualidad mal entendida puede mostrar la cara del sujeto ansioso que camina dentro de mí. Llegamos considerablemente temprano y eso que con las agujas nunca tuvimos un buen matrimonio. Un ascensor semi oculto nos advirtió que íbamos por buen camino y después de dos o tres saludos, ya estábamos dentro de la sala. Solos, dentro de la sala. Afuera, la ciudad llora un paisaje desalentador para un fin de semana largo, que arrastra las penas nubladas de semanas sin sol, pero cuando la noche le come los ojos a la luz diurna, Rosario te exige salir a recorrerla. La ciudad que no duerme te invita a pasear y si sabés qué baldosa pisar, puede que sobrevivas al impacto.

Nuestra baldosa estaba empezando a poblarse, mientras los aplausos y las felicitaciones entre los que llegaban nos señalaban con el dedo, bajo la incómoda aceptación de entender que no conocemos a nadie, por lo que es mejor no llamar demasiado la atención. Al frente, un escenario matizado con ventanas colgantes y unos cajones que actúan de mesas siembran la expectativa que todo espectáculo ofrece a cinco minutos de arrancar.

Micrófonos solitarios, firmes cual ejército en fila, aguardan, igual que quien escribe, que sus cantantes desgajen la incertidumbre. De pronto, una voz de un locutor que no fue, punteada por la crudeza del relente rosarino o sacudida por la vergüenza de encarar la primer frase, propone un breve atajo sobre la historia de la murga y nos cuenta que en este género, que nació en España y reinventamos en Latinoamérica, de primera mano, aparecen dos estilos distintos y seductores: la uruguaya y la porteña. Excava algunos renglones más sobre el origen del huracán murguero y nos libera de los preámbulos, acercándonos el plato principal.

3Clic, cámara y acción

Ojo al Piojo sale a las tablas y, con un colorido exuberante, roba absolutamente todas las miradas que hasta hace segundos cortaban el aire en múltiples direcciones. Una superposición de cuerpos y gargantas afiladas puebla el horizonte y nos reduce a la simple, pero no menor, tarea de acompañar la fiesta. En un conventillo clásico, de aquellos que marcaron a fuego su papel en la Argentina de los años ‘20, se desata el carnaval que lleva bajo su manta las tonadas de inmigrantes, los problemas de convivencia, las pestes que al cuerpo matan y los secretos que oxidan a la sociedad.

Curtidos por la intemperie, mientras la percusión soporta al mundo y los cantos pueblan la sala, este grupo despeinado, que entiende dónde meter los gritos, lejos de sortear versos que aguijoneen en sus rimas a los hilos de la cotidianidad, saca pecho contra los lugares comunes y redobla la apuesta a través del arte, en una atrevida crítica posmoderna. La política no se salva y queda desnuda (o mal vestida) ante las bocas de muecas exageradas que los piojosos relucen entre asonancias y calzones colgados en la soga; el sentido común, prostituido en cada cita, confirma su condena y se asume como el menos común de los sentidos en un encontronazo de opiniones; el miedo, fantasma centrípeto que todo lo esteriliza, tiene fama de bicho, sabe cantar y baila saltando; y por último, la cultura, que nunca está al final sino en cada respiro, explota en la boca de un borracho que escupe verdades y se multiplica en las chicanas de un gaucho de ciudad que nunca pisó bosta de vaca.

«La murga baja los telones, es de noche otra vez»
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Así como cuando niños en la escuela nos advertían sobre la peligrosidad de los piojos y el poder de su propagación, aquí la ley es contagiarse. En una analogía forzada pero simpática, ellos, los únicos que tienen los pies en la cabeza, dan vuelta los engranajes de la realidad en una celebración redentora hacia dioses paganos que sólo existen en la música –¡cómo si eso fuera poco!– y despliegan un jolgorio que supera, en la totalidad de su performance, el potencial finito de una retórica inocente.

No hay más, cuando la letra se repite es porque terminó el show y mientras arranca la pasarela hacia los abrazos, me queda sobrevolando la pregunta sobre si es más sencillo (o no) encarar al público en grupo y con el semblante pintado. Si el temor que nos invade a nosotros, mortales sin talento en butacas de ocasión, puede anestesiarse con colores y escoltados de otras gargantas. La murga tiene el poder de ahogar la timidez y las miserias en el mismo charco, y por eso se despide cantando, evitando que ambas suelas pisen la tierra al mismo tiempo.

 

(El video pertenece a un espectáculo anterior. Podés conocer otras producciones aquí

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Ojo al Piojo Murga
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