Lecturas | «Respirar en secreto», de Hernando Quagliardi - Por Herminda Azcuénaga de Puchet

La ausencia de una mujer, la búsqueda de un hombre, el aviso del jefe en Obras Públicas, un profesor de literatura solitario, todos capturados por una historia, múltiples pieles, tejidos epidérmicos que se penetran, se reescriben. Hay un misterio, el secreto que todo lo llena. Todos quieren saber algo, o seguir ahondando en su desconcierto. Esos son los contornos, ahí donde no puede divisarse claramente el paso de la cordura al desvarío. 


La historia es de una ausencia, la partida de una mujer, las vidas de tres hombres encontradas en un punto común. Hasta ahí lo indicativo, después toma forma un clima ilusorio desde narraciones distintas, tres hombres que cuentan la historia, respiran y quieren dar con algo del secreto. Lo real y lo falso se desentienden de lo cierto y lo confuso, toda una nube en la que conviven la realidad y la ficción.

La de Respirar en secreto es una superposición de capas, narración de una narración, entrelíneas de la cordura común a tres hombres, que comparten un ambiente, tensados en sus desvaríos, flotantes en la ausencia de la mujer, su nombre que los lleva por los subsuelos, pilas y pilas de papeles escritos, libros leídos entre formularios, peticiones y cartas. Un cuadro de situación. Entre todos se asfixian. Un empleado público de escasa monta cayendo en la manía; el profesor solterón demorado en su decadencia; y el compañero curioso que ve en la tragedia del subordinado un filo para abrir la historia.

Es el mundo de la Obra Pública, empleados del Ministerio, subsuelo de esa patria contratista aliada a dictadores perdonadores deFoto 1 deuda. Submundo cloacal de coimas, licitaciones fraguadas, arreglos y lavajes. La misma que nos ha entregado nuevos jerarcas y un presidente chic, chetito con onda. Dos planos: la gran inversión del estado por arriba, las componendas mafiosas por debajo.

Todo eso manejado por una figura de ciencia ficción, la Gran Nave. Lo ilusorio vuele a rodear la trama, vuelven a desdoblarse los planos: el de los altos mandos conspiradores de todo mal, el del chiquitaje que amasa la perversión y desfalco desde el hábito mínimo, la partícula de miserabilidad. La novela propone un mundo de funcionarios del montón con extemporáneas costumbres refinadas y hábitos intelectuales, descifradores de jeroglíficos, ajedrecistas. La condensación de la peligrosidad que late e intimida en la superficie. Toda la corrupción de la trama salta a partir de una testigo clave. La desaparición deviene arrepentimiento, reflota el secreto.

Los hombres de cada día

Los personajes son hombres de la burocracia estatal, firmantes de autorizaciones. A su mundo de rutinas y trámites, de charlas entre tareas y la relajación del ajedrez, llega una pasante. Recién llegada que viene a matar las horas en compañía de uno de ellos recitando poemas de Alberti. Llega y se va. Distorsiona, hace saber algo y huye. Deja un vacío, los instantes en los que empieza a percibirse esa respiración silenciosa. Detectarlo es dar paso a la tragedia, avanzar en la historia.

Para ese hombre aburrido, sólo estaban los vicios para romper los endurecimientos de la conciencia reseca, encajonada. Todo sólido, fijo, mecanizable. Ante eso, el humo del cigarrillo. Al tabaco intentaron destruirlo con advertencias, publicidades y normativas, y sin embargo, ahí están las ceremonias que lo albergan. Tomar papel, un puñado de fibras y darle forma. Encender, respirar. Uno de los hombres –a esta altura aún hay diferencias- teoriza y lleva a la práctica con entusiasmo moral sus rituales. Algo melancólico, algo harto, pequeña revuelta contra las circulares oficiales, las jornadas de fichas y firmas, papel y papel.

Por eso cuando la mujer desaparece todo es respiración y silencio, datos del secreto. Como aturdidos con la vida que se les asoma, ahí están los tres hombres que cuentan la historia, en los sótanos de la superficie. «Escribir para ser un poco más incivil», dice uno. Fumar y escribir, ahondar esos pozos de silencio, todo humo penetrante.

Ficciones de la ciencia

Está entonces ese ambiente ilusorio rodeando la historia. Ficción y realidad sin límites. Están las oficinas públicas, las tareas repetitivas, las órdenes, los diálogos, los bares, las partidas, los tragos, el ajedrez; está Buenos Aires y también Rosario, el Obelisco y el Monumento a la Bandera, sus sótanos o sus cúspides, puntos solitarios, lugares de sombra o distancia. Bajar y subir, como motivo, permanentemente. Una mujer desaparece, hay violencia, secuestro, el caso se hace público. La sospecha permanente de un lugar cercano, pero todo parece indescifrable, de otro lugar, como atemporal. El extraño pudor de los protagonistas, los modos ajenos, distantes, en ocasiones, la otra sospecha que se cuela, la de un lugar inexistente, una invención sintetizadora, otro artilugio de ilusionista.

Las rigurosidades del cálculo ingenieril son conspiradas con un truco. Las vidas apretadas entre proyectos de construcción encargados por el gobierno, atadas a objetivos perentorios, conmocionadas con una ausencia. Capa sobre capa entre el abandonado, el que lo ve, el que lo piensa, escritura sobre escritura. Siempre el ruido se corta y hay silencio, tras eso, respiración.

Tienen que volver al sótano, entonces, «crear el encierro»: recuperar sus signos y recrearlos. Es un juego inconfesable que por momentos juegan. Es demasiado peligroso, la conmoción misma de todo lo ordenado y lo previsible. Ella y Robinson tuvieron una cercanía insospechada, un contacto telepático, de otro nivel, desconocido en la superficie, juego de ilusionistas. Sander, el jefe deslumbrado, y Frost, el profesor intrigado, los dos aburridos, los dos llamados, quedan circunscritos a ella también. Se van colocando unas sobre otras las láminas de la historia. Ninguna parece verídica por sí misma, a ninguna le hace falta saber mucho más de las otras.

La prosa desdoblada     

Decir que la prosa de Quagliardi es de abogado sería una injusticia. Casi ningún abogado escribe así, menos en sus edictos judiciales. «Los abogados y sus estrategias, sus guerras llenas de palabras pomposas: presentar el cuerpo, declarar, negar, el imperativo constitucional del derecho de defensa, esperar el movimiento táctico del acto, la notificación». Pero están ahí los golpes puntuales, cuidados, el lugar para el secreto. Nada sobra, hay lo suficiente como para saber que algo está irreparablemente oculto.

El profesor Forst que reescribe el mismo texto que le narra la historia, «desde el lugar de mis sospechas», enhebra otra vez el jeroglífico. «Me propongo, en cambio, salir al encuentro de Noé, del texto de Noé, con la producción de otro texto que recoja los hilos más finos dispersos en el tapiz de su relato en señal de distorsión, de ruptura de la unidad pergeñada desde un aparente lugar de espectador taciturno al que los hechos le van siendo cada vez menos indiferentes hasta caer en una tendencia odiosamente romántica». Los hechos y las páginas escritas, los recuerdos de unos, las anotaciones, reescrituras, los ponen a todos dentro de la historia, la distorsión es su vía posible.

Desdobla las partes de la vida de cada hombre. Ya no hay necesidad de justicia o verdad, la novela avanza en el territorio de los ilusionistas. Una pila de libros, la inmensidad de la biblioteca –también con sus subsuelos, detrás de los anaqueles visibles–, los textos que se componen unos con otros, tirando «los hilos más finos del tapiz», asumiendo las distorsiones, un vaivén lúdico que rodea el silencio, o el sótano. Kircher, teólogo y filósofo de la edad media, juega un papel articulador: indagar los recónditos secretos de la naturaleza, la economía íntima de la tierra, los sótanos, la respiración secreta. En eso anduvo Robinson, escondido en lo alto de la monstruosidad ingenieril, el Obelisco, deformidad monumental en la ciudad compacta que montaban minuto a minuto, geógrafos y geólogos ilustres como los que desdeñó Kircher.

Se pregunta con él –con Quagliardi– qué hay debajo del relato, en ese «limo barroso como un queso», decantación de diluvios, la perfecta simetría entre las historias, como si estuvieran, por fin, indagando sobre la naturaleza del acto divino. Lo subterráneo y la transmutación, a fin de cuentas, operaciones y contraoperaciones de inteligencia, alterar alquímicamente, vivir varias vidas: la de los funcionarios, enredados en vericuetos técnicos y obras anunciadas antes de las elecciones –engranajes de la maquinaria–, y las otras, cruzadas, anudadas al misterio conjugado por abajo, donde todo se unifica en su cantidad, su peso y su volumen, única proporción.

El técnico, el profesor, el narrador y la mujer –¿también el autor?– zambullidos en las mareas bifurcadas, regenerados por el secreto ahora manifiesto. Nunca nadie debería irse para poder seguir viviendo en lo aparente. Pero algo se produce y los tres personajes se transforman en «buscadores de imposibles», bajan a las profundidades donde unos y otros buscan derrotar el tiempo, ya no saber un paradero o resolver una incógnita. Ya casi no importa eso, el asunto es agarrar como riendas los «intestinos de un nuevo Leviatán», del que ellos mismos son órganos vitales. «Un demiurgo modesto que crea un enigma tiene por fuerza que querer compartirlo. Noé ha descubierto su nombre». Con eso se hace una historia, se circunda una interrogante. «Con paciencia puede develarse un misterio, si lo hay, en caso contrario se puede hacer con todo esto, un poco de literatura».

Quagliardi, Hernando: Respirar en secreto, Río Ancho Ediciones, Rosario: 2015.



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